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JUGÁRSELA

 

Bar ANCAR, Villaverde Bajo, Madrid.
Un día laborable del año 88 u 89, sobre las 13:00 horas.

Los personajes: Luis, Andrés y un servidor.
Estamos jugando al billar americano.
Desde detrás de la barra, nos contempla el hijo del dueño:
un chaval de tez blancuzca, labio leporino, mirada estupefacta y hablar incierto.
Todos estamos convencidos de que padece algún tipo de retardo mental,
aunque lo verbalizamos de un modo menos respetuoso.
Algo así como: “eh, gilipollas, otros dos botellines”.
Supongo que alguien puede considerarse afortunado por tener un padre con un negocio
donde poder aprender a su peculiar ritmo.

Hablando de negocio: con nosotros el Ancar hacía caja, desde luego.
Nos pasábamos las horas de clase jugando al billar y bebiendo botellines.
Cuando recuerdo esos mediodías perdidos, siempre me pregunto tres cosas:
¿de dónde coño sacábamos el dinero unos quinceañeros de clase baja?
¿Cómo conseguimos aprobar el curso y evitar una madurez alcohólica y barriobajera?
y, sobre todo, ¿estaría el Ancar abierto a esas horas si no fuese por nosotros?
Probablemente no, pero ésa no es la cuestión.

La cuestión es que estamos jugando al billar.
Y yo juego tan mal como siempre.
Aproximadamente, en el 80 por ciento de mis entornos amistosos o profesionales,
me ha tocado ejercer el papel de graciosillo del grupo,
cosa que ni me enorgullece ni me avergüenza.
Este grupo entraba dentro de ese 80 por ciento.
Así que yo era el que ponía los motes y contaba los chistes,
pero lo que es meter bolas, poca cosa.

Claro que el billar sólo es el McGuffin.
Lo interesante es estar con los colegas, hacerme una reputación de mal alumno,
beber cerveza y llegar a casa teniendo que disimular la borrachera delante de mi madre.
Eso es vida...

Pero hoy es un día especial.
No porque haya ido a clase, dios me libre, ni porque esté sereno a mediodía, vade retro.
Lo especial es que, vaya usted a saber por qué, hoy me ha dado por vacilar a mis amigos.
Hoy no les dejo que se metan con mi forma de jugar.
Por alguna razón, hoy no tengo ganas de hacer el payaso.
Hoy quiero ser como ellos y ganar.
Así que llevo toda la mañana en plan gamba.
Fallando como una escopeta de feria, pero en plan gamba.

Estamos terminando la partida y me toca tirar.
Sólo quedan la roja lisa y la ocho, y llevo las lisas.
Más me vale hacerlo bien o tendré que tragarme unas cuantas borderías y pagar las cervezas.
Normalmente vamos a escote, pero hoy voy en plan gamba y he apostado las cervezas.
Y como el ambiente está tenso por mi culpa, todos hemos bebido un montón de cervezas.

Bien.
Tengo la blanca en la bisectriz de la mesa, en el tercio anterior.
Prácticamente en el lugar de donde se saca.
La roja lisa y la ocho están en el tercio contrario, juntitas, y casi en línea recta con la blanca.
Casi casi.
Para un jugador experto, está tirado: un golpe certero justo entre las dos bolas,
y cada una se irá a una esquina como un perro a su caseta.
Pero yo no soy experto.
Yo tengo quince años, seis cervezas y unas ganas de bronca que no me tengo.
A mi edad, todo lo que he conseguido meter son unas pocas bolas, y eso con suerte.
Algo en mi ser está cabreado con el mundo y, créanme,
esas no son las mejores circunstancias para hacer carambolas.
Ni de las metafóricas ni de las otras.

Y Luis y Andrés se ríen.
Es un golpe fácil para ellos y se ríen.
Sé que voy a fallar, y ellos se ríen porque saben que lo sé.
Pero al fin y al cabo es un golpe fácil, y hay dieciocho cervezas en juego.
Todos estamos nerviosos.
Sobre todo yo, que ya estoy inclinado sobre la mesa, calculando el tiro.
Y entonces Luis (metro ochenta y dos, noventa kilos de peso,
alero del equipo de baloncesto y guapo oficial de la clase; mucho más fuerte que yo) dice la frase clave:

-Le quitamos las gafas y así no ve ná.

Mi padre se quedó miope en una cárcel franquista.
Al poco de terminar la guerra, lo detuvieron, lo juzgaron,
y el fiscal pidió para él la pena de muerte por ser comunista (aunque nunca lo fue).
Siguiendo el protocolo, se le tuvo incomunicado a la espera de sentencia.
Incomunicado en un cuchitril de dos por dos, donde no se podía poner de pie.
(Un hombre de metro sesenta y seis). La única luz era una bombilla de veinte watios en el techo.
La sentencia tardó tres días en llegar.
Mi padre tardó tres meses en salir.
Por un siniestro error administrativo, el papel que decretaba el final de su incomunicación se quedó en la bandeja equivocada durante noventa días de tortura.
Los libros que un carcelero le llevaba por caridad le salvaron de la demencia, pero le arrebataron la vista.
Cuando salió, pesaba la mitad del día que lo metieron allí.
Y estaba ciego como un topo. Siete dioptrías.

Es una historia cojonuda, ¿verdad?

A mí de diagnosticaron la miopía a los ocho años. Y desde entonces llevo gafas.
Sin incidentes clave, sin heroísmo.
Yo no era el puto William Holden de El Puente sobre el Río Kwai, yo sólo era un cuatro ojos de mierda.
Y si a los ocho años es jodido, a los quince es el infierno.

-Le quitamos las gafas y así no ve ná.

Lo había dicho el fuerte de la clase, que para colmo era amigo mío.
No había lugar, además de que habría sido un suicidio, a darle la vuelta al taco y rompérselo en la cabeza.
Pero juro por la memoria de mi padre que pocas veces me he sentido más humillado
y con más ganas de liarme a hostias.

En lugar de eso, tuve una idea mejor.
Qué coño, en realidad fue una idea loca, pero de alguna manera lo que ocurrió a continuación
fue determinante en mi vida adulta.

Me incorporé, compuse ese gesto de solemne indignación que tan buenos resultados me ha dado
–excepto con mi mujer: le provoca una risa incontenible-,
e hice lo único que en ese momento me pareció, y todavía hoy me parece, la única salida digna:

Me quité las gafas con toda parsimonia, y las coloqué suavemente en el borde de la mesa.
He de decir con orgullo que en el bar se hizo un silencio sepulcral.
El hijo del dueño, un par de parroquianos que allí había y, sobre todo, mis amigos se quedaron sin habla.
Fue mi primer ejercicio práctico de puesta en escena, y salió de sobresaliente.
Desde ese día, jamás me han parecido falsas esas escenas en las que entra el malo en el Saloon y la música cesa de repente.
Aquel día del 88 o el 89, a las trece horas aproximadamente, desde el bar Ancar,
parecía que se hubiera detenido el girar de la Tierra.
Poco más queda que decir.
Comprenderán que hoy no estaría contando estas palabras si no fuera porque a continuación ejecuté el disparo más certero de mi vida.
La roja lisa entró en la esquina izquierda una milésima antes de que la ocho
desfilase por el agujero derecho con una diligencia casi castrense.


Desde ese día, he aprendido muy, pero que muy poco sobre el arte dramático.
Incluso sobre la vida.
No es un ejemplo de prudencia ni de sentido común pero, sinceramente,
nuestra generación tiene muy pocas probabilidades de vivir condenas a muerte.
Difícilmente podremos demostrar de qué pasta estamos hechos como lo demostró mi padre y otros miles y miles de sus coetáneos.

Qué menos que jugársela de vez en cuando, aunque sólo sea por el orgullito y unas cañas...

 

Malasombra