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LA CUESTIÓN DE LA HERMANA

 

La reunión estaba animada, se discutía de política, de fútbol, se comentaba de cine. Un chavito de unos doce años, con aspecto de hacer sus primeras armas con el alcohol, iba de grupo en grupo. Y en cuanto se hacía un claro en la plática de los mayores, dejaba caer una frase inesperada:

-Pero tengo dos hermanas que están bien buenotas.

Alguna gente seria se ponía sonriente, otra sonriente se ponía seria y había quienes se volvían buscando con la mirada a los padres del chavito. Y no pasaba de ahí, se retomaba la conversación y nuestro héroe se marchaba al siguiente grupo, donde repetía:

-Pero tengo dos hermanas que están bien buenotas.

Era importante el Pero con que se introducía en las conversaciones de los otros. Con el Pero cuestionaba lo que se estuviera tratando. Más que expresión de orgullo, era abierta e indiscriminada competencia con los mayores, como si afirmara:

-A ver, señores, ustedes, que opinan de cuanto se les ocurre, que si PRIPANPerredé, la franja o las águilas, Titanic o Pulp fiction ¿tienen acaso dos hermanas que estén bien buenotas? ¿No? Entonces, a callar.

En otra época, sus neuronas, activadas por el alcohol, habrían dado distinto argumento:

- Pobre de quien se atreva con alguna de mis hermanas.

Pero los tiempos han cambiado y, en lugar de machismo, el chavito hacía una ingenua propaganda de sus hermanas desde su más profundo Edipo.

 

 

Marcos Winocur