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El cuerpo de
la guerra tiene las alas frías.
El tiempo atrincherado con espasmos
de nubes.
¡No soy el militar! ¡Joder!
No importa si un disparo te
atraviesa el pecho,
si a su salida arrasa con diez
o con veinte hijos de la Gran
Puta:
Reina de los aceros invertidos.
La luz de la noche se quedó
muda.
Rojas tienes las botas de caminar
por los pantanos.
Estallan los tímpanos
y enloqueces.
Te orinaste sobre el abdomen
de un cadáver
y ahora tu miembro quedó
sifilítico, impotente
y sifilítico
¡Me alegro!
Deja de quejarte y avergonzarte
por mojar tu cama,
deja de decir que tienes pesadillas.
Aquel niño tenía
una piel diferente y no era
tu hermano pequeño.
Aquel niño que soñaba
con ser como tú
fue el aspirante perfecto para
ser tu víctima.
Tu boca sabe al coño
de una viuda, también
de una muerta,
también a los ojos que
abandonaste abiertos al horror
como dos gigantescos acericos
de luto.
Tu boca jamás tendrá
otro sabor.
Tu vecino te recibirá
con los honores de un héroe;
posee una casa alfombrada con
el estiércol de las armas,
y de las paredes cuelgan los
últimos trofeos:
la caza del venado, la caza
del corzo, la caza del hombre.
Tu vecino te honrará
si regresas con rayajos de cochinilla
en las solapas de un uniforme,
o si vuelves envuelto en el
paquete sorpresa de una bandera.
Pero en la casa de tu vecino
también resalta un jardín
de minas florecientes,
si te acercas demasiado tu cara
será un clavel
que vuele a los infiernos.
Te vendieron de saldo
el juego virtual de las fronteras,
el big - bang venía de
regalo.
En los sótanos las sirenas
saltan las cuentas de un rosario
mientras con sus escamas confeccionan
los mantos de las vírgenes
de loza
y con sus cabelleras los escapularios
que luces en la clavícula.
Las sirenas cantan con las repetitivas
notas marcadas por el miedo:
el director de orquesta levanta
su estilográfica
emborrona sobre blanco y es
el momento.
Para la rúbrica carmesí
siempre es el momento.
Queda por hacer un círculo
dorado sobre la latitud de un
mapa
destartalado y extenso.
La diana, el punto concreto,
el centro del esperma.
La maqueta de tus manos sobre
la mesa.
El director reclama la textura
del ébano satinado.
Tus manos atienden a una piel
que comienza a enfriarse.
A 451 grados Fahrenheit
arde una hoja de papel,
no sé cuantos grados
necesita un cuerpo para arder,
pero un montículo de
cuerpos consiguen ser un espectáculo
de fuegos artificiales,
la cremá indígena
con llamas ciclícas,
la feria ambulante.
Los cubitos de corazón
refrescan el güisqui de
malta,
otros corazones se evaporan
como las cenizas del incienso
mezclándose con el aire.
El olor de una guerra debe parecerse
al de una barbacoa
en el jardín trasero
de tu vecino.
Tuviste suerte de poder enterrar
a tu familia;
tuviste mucha suerte
al inscribirlos en el registro
de defunciones
y grabar sus nombres encrucijados
en un mármol veteado
y pulido.
Ahora,
dormirás tranquilio.
La marcha sobre la escombrera
la ofrecieron los noticiarios,
la sonrisa imprudente y vanidosa
del locutor sin nicotina.
Los púlpitos coreaban
a los hijos de la patria:
¡Cumple con tu deber!
Lo confirman los titulares
de los diarios.
Hasta cuándo piensas
que te compadezca...
Hasta cuándo
recibirás la moneda de
metralla como premio
de cromos repetidos.
Yo sólo tengo a los
hijos nacidos de mi vientre
sin anestesia
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