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Descuelgo el
teléfono casi sin dejarlo
sonar, está al alcance
de mi mano, como si estuviera
allí, esperando su llamada.
- Sí,
dígame.
- Soy yo, Clara.
- Sí, dime ¿qué
tal estás?
- Estoy bien ¡fenomenal!
Acabo de recoger los resultados.
Ahora tengo que ir al Oncólogo.
Dice el Cirujano que apenas
un tratamiento con pastillas,
una "quimio ligera".
Su voz es potente,
alegre, llena de vida. Hace
una semana a la misma hora,
salía del quirófano
con una sóla mama. Cinco
días antes, en una ecografía
de rutina la detectaron un "tumor
cancerígeno". El
diagnóstico es seguro:
"El tumor esta situado
en el costado izquierdo, oculto
por la mama y hay que quitarla".
Su vida da un giro de 180º
un martes de julio. Está
dispuesta, tiene miedo pero
quiere vivir -" siquiera
diez años más,
tengo cuarenta y siete y dos
hijos"- Pide un crédito
a plazo fijo, no importa que
el interés sea muy alto.
Ayer, una semana
después, llama ella,
para dar las gracias por el
ánimo que la hemos infundido:
yo, todos, los compañeros
de trabajo. Me transmite su
alegría, su emoción.
La "quimio" será
pan comido, de eso ya se encargará
ella. Dice que la cicatriz está
casi seca. Mira su pecho plano
y sonríe y el espejo
la devuelve una mirada dulce,
valiente, esperanzada. Sólo
es necesario un poco de relleno
en el sostén - "el
algodón si engaña."
Contagia sus
ganas de vivir, su increíble
capacidad para recuperarse.
"Sabes, hay que luchar,
hay que decir a la gente que
no tengo miedo. El cáncer
no mata si tú no le dejas.
Él puede pero tú
también. Te lo quitan
cuanto antes y ya. ¡Cuánto
antes! Al día siguiente
me hubiera operado yo. La semana
de espera ha sido lo más
duro. No hay que tener miedo".
La escucho
impresionada, veo su gesto afable,
sus ojos muy abiertos, las cejas
arqueadas hacia arriba, abarcando,
queriendo decir todo, preguntando,
hablando sin descanso, vibrando,
viviendo... Cuelgo el auricular.
La noche es tuya, Clara y tu
vida también, la has
conquistado.
Este relato
me lleva a otro, a otra llamada,
a otro tumor, a Feli –
Acaba de nacer
el otoño pero ella quiere
alargar el verano. Quiere explotar
su moreno provocador, la curva
de sus caderas, los rizos de
su pelo negro y abundante. Calienta
octubre y se dispone a conquistar
el Nuevo Mundo, Méjico
la espera. Ha planeado el viaje
minuciosamente, allí
tiene una amiga de hace muchos
años, de las que nunca
se olvidan, pero además
quiere conocer el país,
no se la va a escapar ni una
sola piedra ¡ temblad
mayas y toltecas!
Decide pasar
por su médico antes de
viajar, arrastra una anemia
desde hace meses (las mujeres
ya se sabe, las reglas...) Esta
vez insiste y trata de forzar
al facultativo para que le dé
una explicación. Ante
tanta insistencia, nuevas pruebas,
nuevos análisis. Diagnóstico:
"Cáncer de estómago",
hay que operar rápidamente.
Cambia el billete de avión
por los volantes de Adeslas.
La primera
noticia también me la
dió por teléfono:
"necesito verte, tengo
un tumor de cinco centímetros
en el estómago y tienen
que operarme". Vino a casa,
salió a mi encuentro
en el parque. Juntas le pedimos
al cielo que cambiara el diagnóstico.
El veintiuno de octubre le quitaron
el tumor cancerígeno
y alguna cosa más, pero
ella decidió darse la
vida. Desde ese
día ha luchado contra
viento y marea. No importa que
no pueda comer casi de nada,
ni beber,
ni a veces dormir. Sólo
importa vivir. Vivir cada día,
desde sus ojos grandes, cada
día, desde su sonrisa
impecable y abierta. Cada día,
con palabras emocionadas, dando
gracias por poder contemplar
el vuelo de una paloma, las
estrellas del carro boca abajo,
la luna de naranja escondida
tras las montañas de
Buitrago. Ama la vida y la vida
la ama a ella. Así un
día y otro, y otro más,
seduciendo, conquistando lo
amado, sin descanso. Las manos
extendidas, esperando y el corazón
abierto al infinito.
Seguro que
todos conocemos a alguien que
tiene o ha tenido cáncer:
un padre, un amigo, un hermano...
En los últimos años
yo he tenido experiencias muy
cercanas, uno se llevó
a mi padre, otros, sólo
han coqueteado con la vida de
seres muy queridos. Todos estáis
en mi memoria, vosotros sois
la razón de estas palabras
en las que va mi reconocimiento
y mi admiración por vuestra
lucha diaria, valiente y silenciosa.
Creo que merece
la pena que se conozcan algunas
de estas historias personales
por lo que puedan aportar a
otros, para que sirvan de consuelo
y transmitan la capacidad de
sobrevivir que tiene el ser
humano. "Que Dios no te
mande todo lo que puedes soportar",
dice el proverbio. Que no te
lo mande, que no te ponga a
prueba, porque es posible que
sorprendas a todos, a tí
mismo, venciendo a tu enemigo
(tumor, maltrato, amenaza, abandono...)
con tus propias fuerzas. Sólo
tienes que amarte, amar la vida,
confiar en tí. Como dice
Fernando Savater: "mientras
dure la vida y el dolor sea
soportable, no hay que dar por
perdida la aventura".
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