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LA SONRISA

 

Al igual que la descarga de una tormenta una sonrisa llena de sinceridad puede hacer que toda la energía que contiene se desplace por todas las fibras nerviosas que forman tu cuerpo haciéndote partícipe de los más blancos pensamientos de aquel que te ha correspondido. El impulso eléctrico pone en marcha tu actividad vital y te hace levantarte de tus cenizas con el sentimiento de un dios naciente dispuesto a conseguir el reinado de la armonía y la felicidad en un mundo devastado por la soledad y la tristeza. Un impulso, una ayuda simple pero poderosa, la debilidad de algo que es un hilo que te hace salir de las ocultas y oscuras cavernas de tu existencia así como de aquellos momentos en los que la caída es tan grande que te da igual no atisbar el fondo del agujero, sabes que el punto negro contra el que debes golpearte y desmembrar tu cuerpo no aparece nunca porque el descenso aún no ha terminado y la angustia crece dentro de ti hasta esparcir tus restos por parte de la tierra desconocida y que así sirvan para que todos sepamos que el más bajo sentimiento que compartimos con el resto de personas de nuestro planeta es la amargura y la impotencia por intentar arreglar aquello que no tiene solución.

Y después de eso mirar a los ojos a quien lo ha hecho y trazar una línea imaginaria entre tus pupilas y las suyas, una línea que sirve como canal para transmitirle a través de la mirada todo lo que te ha llevado ese gesto y que se establezca una corriente, un círculo perfecto de unión y fraternidad demostrando que la amistad es un sentimiento más grande incluso que la fe y que si esa mueve montañas esta puede con cordilleras.

Y acabar esa fracción, esa milésima de segundo que transcurre desde el comienzo de su acción hasta el final de la tuya y llena de toda esa carga emocional con algo igual de sencillo que sirve para que el proceso se repita en esa persona, únicamente decir una de las palabras más sencillas y bellas de este mundo: Gracias.

Y cerrar el círculo, y encontrar finalmente... la perfección.