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El sol lucía
en todo lo alto cuando me encontré
con mi amigo el policía
municipal Bonifacio Tigretón,
era una hermosa tarde de mayo
y todos los viandantes lucíamos
nuestras mejores sonrisas primaverales.
No tardaría la expresión
en tornárseme en un rictus
bastante menos agradable, pero
eso fue más adelante
y por acontecimientos que ni
en mis sueños más
descabellados habría
sido capaz de profetizar.
-Hombre, Bonifacio,
dichosos los ojos, tienes un
aspecto estupendo –dije
con voz alegre -. ¿Cómo
te van las cosas, amigo mío?.
-Bastante mejor,
Cosme Patroclo, bastante mejor.
Ya no estoy tan estresado como
antes, los ciudadanos me sonríen
y no siempre con dientes cariados,
y después de tres años
de ejercicio empiezo a reconciliarme
con ésta mi profesión.
-Sí,
mi mujer suele venir a pasear
el perro por aquí, y
me cuenta que el barrio ha mejorado
muchísimo, y que además
han puesto unas estatuas de
granito muy saladas en el parque
de los botelloneros.
-Que ya no
hay ningún motivo para
que se llame así -apuntó
Bonifacio triunfante -. Gracias
a la actuación de los
poderes públicos, y a
la mía en particular,
esa ponzoñosa plaga ha
sido totalmente erradicada,
y no sólo el lugar está
que da gloria verlo sino que
los vecinos vuelven a poder
dormir por las noches.
-Anda, pues
me alegro. ¿Cómo
lo has conseguido?.
-Creo que te
comenté que mi tío
Justino, que es mi padrino y
por tanto me hace regalos a
punta de pala, ha estado de
enviado especial del programa
de Ana Rosa Quintana en la guerra
de Irak. Y, si te fijaste sus
crónicas, o las de cualquier
otro periodista destacado en
la zona, estarás al corriente
de que los museos arqueológicos
de ese país fueron saqueados,
y que de sus tesoros de valor
incalculable no quedan ni las
raspas.
-Si, lo sé.
¿Pero qué tiene
que ver eso con tus éxitos
frente al vandalismo urbano?.
-A ti que te
gusta la mitología griega,
supongo que conocerás
la historia de Perseo.
-Vagamente.
Si no recuerdo mal, era hijo
de Zeus y de una princesa, y
por alguna razón extraña
le fue encomendada la misión
de cortar la cabeza de una de
las gorgonas...
-Que eran unos
seres con cuerpo de mujer y
con cabelleras a lo afro constituidas
con marañas de serpientes,
y que tenían la propiedad
de que todo aquél que
las miraba quedaba convertido
instantáneamente en granito
–me interrumpió
Bonifacio.
-Exactamente.
¡Venga, hombre, no me
irás a decir que tienes
en tu poder la cabeza de una
de ellas!.
-No has frecuentado
últimamente el parque
del Visir Iznogud, ¿verdad?.
Porque si lo hubieras hecho
habrías observado que
sus estatuas nuevas se parecen
sospechosamente a jóvenes
emborrachándose, dejando
aparte que también hay
botellas, vasos, radiocassettes,
bolsas de patatas y hasta discos
de Los Chunguitos petrificados.
Y, si consultaras los presupuestos
municipales de este año,
cosa que deberías haber
hecho porque para eso se han
molestado los del Servicio de
Informática en colocarlos
en Internet, constatarías
que dichas esculturas no le
han costado ni un céntimo
al erario público.
-Si no fuera
porque te conozco desde hace
mucho tiempo, y sé que
no eres persona dada a mentir,
te mandaría ahora mismo
a hacer gárgaras.
-Te voy a enseñar
unas instantáneas que
saqué ayer mismo, a ver
si así terminas de creértelo
-sacó de un bolsillo
un sobre de un conocido laboratorio
de fotografía, extrajo
su contenido del mismo y me
lo pasó -. Fíjate
bien, ¿no es el chico
que sale en la primera vecino
tuyo?.
Lo era, no
cabía ninguna duda al
respecto. Rosaurete, hijo mayor
de los Téllez del Prostíbulo,
un chaval con aspecto de humanoide
simpático, unos pocos
orificios practicados en su
cuerpo para encajar aros metálicos
y objetos de artesanía,
y una encantadora afición
por las películas de
artes marciales y la música
de artillería pesada.
Ahora había sido reemplazado
por un pedrusco y me invadió
un gran pesar, el vecindario
al completo iba a lamentar la
ausencia de sus alegres decibelios
a las cuatro de la mañana.
-¡Pero
esto es una barbaridad! -exclamé
-.¡No puedes matar a la
gente simplemente porque beba
alcohol en la calle!.
-Eso mismo
me decían al principio
mis superiores, hasta que el
concejal de Urbanismo se llevó
una de las esculturas a su adosadito
de la sierra. Además,
nadie los va a echar de menos.
-Algún
familiar, tal vez.
-Bah, pamplinas.
Por cierto, hablando de todo
un poco, ¿cómo
te va la vida de casado?. A
ver si me presentas a tu señora,
tengo muchísimas ganas
de conocerla.
-Pues seguro
que te has cruzado con ella.
Se fue a pasear al perro hace
cosa de una hora, precisamente
al parque del Visir Iznogud.
-No sería
una rubia vestida de Escarlata
O´Hara que llevaba un
pequinés... -mi amigo
se puso lívido súbitamente.
-¿Cómo?.
¡No puede ser! –grité
mientras sentía cómo
la tierra se hundía bajo
mis pies -. ¡No me estarás
diciendo que has petrificado
a mi mujer!. ¡Esto es
increíble!. ¿Cómo
has podido hacerme esto?.
-¡La
culpa fue suya, por no recoger
las cagaditas de su perro! -
Bonifacio optó por la
vieja táctica de contraatacar
para defenderse -. ¡Las
ordenanzas municipales son tajantes
al respecto, hay que recoger
las deyecciones de las mascotas,
sean perros, gatos o chipirones
en su tinta, y depositarlas
en contenedores con vistas a
su reciclaje!.
-¡No
me fastidies...
-¡A ver
si te crees que es agradable,
no poder andar por la calle
sin que la gente huya de ti
porque tienes los zapatos llenos
de mierda!. ¡Claro, tú
como vas en limusina a todas
partes ni te enteras, pero ya
va siendo hora de que tomes
conciencia de que los peatones
también tenemos nuestros
derechos!.
-Mira, Boni...
-¡No,
no me vengas ahora con el "mira,
Boni", que no te lo admito!.
Ah, y ya que estamos fíjate
tú que te voy a poner
una multa por obstrucción
a la justicia y encubrimiento.
¡Y da gracias de que no
tenga la cabeza de la gorgona
conmigo, que si no ibas a saber
tú cómo se defiende
la ley de sus enemigos!.
-¡Al
menos ten la decencia de pedirme
excusas, porque lo que me has
hecho es una canallada!. ¡A
ti te vale con los peluches
que confiscas a los niños
de las guarderías, pero
estás muy engañado
si crees que es fácil
hoy en día conseguir
una chica que te haga caso!.
-Anda, por
eso estás tan enfadado
-Bonfacio recuperó la
tranquilidad -. Haber empezado
por ahí, hombre. Menuda
tontería, ese tema te
lo tengo solucionado mañana
mismo.
-Ya. Estoy
totalmente seguro.
-Cuando te
pones tan negativo no hay quien
te aguante, tienes suerte de
que sea tan buen amigo tuyo
ya que si no me largaba ahora
mismo y te dejaba que lloraras
tus penas con las farolas. Bueno,
a lo que voy. Supongo que habrás
oído hablar de las increíbles
ofertas que hay en Rusia en
ese terreno.
-¿Cómo?.
-Muchacho,
Franco murió, los Beatles
hace años que se separaron,
y ya puedes salir de casa sin
miedo de ser embestido por un
triceratops. ¿Pero en
qué mundo vives?. ¿No
has oído hablar de las
páginas web que se dedican
a la importación de rusas?.
-Sí,
claro.
-Fíjate
qué bombón -me
enseñó una fotografía
que se había sacado de
uno de sus bolsillos -. Se llama
Nadia, y la tengo en mi casa
desde hace dos semanas. Y no
sólo es una preciosidad,
sino que además lava
la ropa, friega los suelos,
cocina y no sabe ni papa de
español, con lo que no
tiene ninguna posibilidad de
llevarme la contraria.
Mi amigo no
exageraba, la chavala era verdaderamente
impresionante. Me quedé
boquiabierto.
-Mira, ya sé
lo que vamos a hacer -continuó
-. Nadia tiene una amiga que
está ahora mismo de galeote
en un buque sardinero, y que
en cuanto se le acabe el contrato
se va a venir para acá.
Pensaba haberla usado los días
impares y en mis sesiones de
sexo en grupo, pero si quieres
te la puedo alquilar por un
módico precio.
-Muy módico,
ten en cuanta que has sido tú
el que me ha dejado sin esposa.
-No te pongas
tan melodramático, ¿eh?,
que la culpa fue suya porque
nadie le obligaba a desafiar
al orden natural de las cosas.
El precio del alquiler será
el que fije la ley de la oferta
y la demanda, ni más
ni menos, y no admito ningún
tipo de coacción ni de
chantaje emocional.
-¿Me
dejarás llevarme la estatua
como recuerdo, al menos?.
-Bueno, vale
-asintió, antes de despedirse
saludándome con la mano
e irse a proseguir su particular
cruzada contra el crimen.
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