Principal / Relatos / Lucía
LUCÍA

 

Acababa de encenderse un cigarrillo.

Instantes después de la primera calada su mente parecía dispersarse en el espacio en compañía del humo que luego expulsaba por la boca. En el sinuoso movimiento del humo en el aire reposaban por unos momentos el martirio y la sensación agónica de la desesperanza, que le oprimía tanto el pecho que le era imposible respirar con normalidad. Podía sentir también el descanso del tiempo sobre sus ondulaciones y el silencio y la calma que afuera la luna declaraba con su tenue irradiación blanquecina.

De repente, advirtió su presencia justo detrás de él y sin volver la cabeza, se puso de pie y le extendió su mano, complaciente, mientras giraba su cuerpo ante ella. Tenía puesta como única prenda su camisa blanca de seda, abrochada solamente a la altura de la cintura, y que ella había tomado prestada de su armario cediendo así ante la súplica de su amante de lucirla para la ocasión. Llevaba la melena suelta por debajo de los hombros y sus ojos felinos le miraban encendidos entre mechones de pelo en busca de sus caricias. Él resbaló sus manos bajo su camisa desabotonada seducido por la tersura de su piel. Fue elevándose sobre cada parte de su cuerpo hasta detenerse en el cuello, momento en el cual llegó al punto culminante de su excitación. Acarició su garganta palpitante con el dorso de la mano lentamente. Rodeó el cuello en el hueco de sus manos entrelazadas y, cegado por la pasión, atrajo enérgicamente sus labios hacia él y los besó con intensidad en un arrebato de locura irrefrenable. Y la calma regresó en un instante mientras ella caía sobre el lecho como una hoja de otoño desvaneciéndose en el silbido del viento.

Lucía era para él la mujer más sensual y hermosa que había conocido nunca. Desde el primer momento en que la vio se sintió inevitablemente atraído por su enigmática belleza. Parecía encerrar en si misma un gran misterio que él se había propuesto desvelar obsesivamente desde la primera vez que sus ojos le miraron. Algunas veces actuaba de una manera tan distante que daba la sensación de ser parte de dos mundos, el que él le había ofrecido por su amor y el suyo propio, que ocultaba con tanto sigilo. Y ese velo de sedosa indiferencia parecía envolverla como a un espíritu errante que vaga entre pensamientos. Su pose inalterable de musa en un cuadro pictórico, tumbada sugerentemente sobre la cama, que muestra desnudo uno de sus pechos, con los ojos quebrados en algún lugar lejano, que sostiene en una mano un par de flores radiantes pero de plástico y sin aroma, le era parte de una obra maestra que él guardaba como su más preciado tesoro.

Había noches en que a él le era imposible conciliar el sueño. Le gustaba sentarse frente a la cama después de hacer el amor y observar el dulce descanso de Lucía mientras se fumaba un cigarrillo. No había sensación más deliciosa que dejarse llevar por la serenidad de ese momento. Le parecía una niña pequeña en un profundo y placentero sueño inducido por las notas armoniosas de una nana. Pero su cuerpo de mujer, inerte y sosegado, ligeramente contorneado por la claridad de la noche, le era tan excitante que se pasaba horas y horas contemplándolo.

La combustión de su cigarrillo le recordaba el imparable curso del tiempo a través de la noche. Afuera el día no tardaría en desvestirse. La luna comenzaba a difuminarse como si la brisa de la mañana la fuera absorbiendo lentamente. El misterio de la magia mantenía en suspenso todo aquel que había permanecido atento al magnífico truco que a punto estaba por resolverse. Entonces el sol apareció en el horizonte con su solemne majestuosidad.

Esa misma mañana se despertó sobresaltado preso de una terrible pesadilla. Soñó que había asesinado a una mujer que acababa de conocer en un bar de copas. Y sentía sus manos agitadas después de haberla estrangulado y que ahora temblaban sobre su cara e intentaban secar el sudor frío que empapaba su frente. Su cadáver había sido encontrado semanas después de su desaparición en la casa de él, embalsamado, sobre la cama, y vestido únicamente con una camisa blanca de hombre. Decidió levantarse cuanto antes y olvidar un sueño tan horrible. Cuando se reincorporó sobre el suelo de la habitación casi no podía destapar sus ojos. La luz de la mañana había entrado con energía en lo que, poco a poco y a medida que abría sus párpados y, sobre todo, su mente, iba identificando angustiosamente como la sucia, lúgubre y desalentadora celda de un psiquiátrico.

 

 

Indalecio Machuca

Ilustración: Abril