Acababa
de encenderse un cigarrillo.
Instantes
después de la primera
calada su mente parecía
dispersarse en el espacio
en compañía
del humo que luego expulsaba
por la boca. En el sinuoso
movimiento del humo en
el aire reposaban por
unos momentos el martirio
y la sensación
agónica de la desesperanza,
que le oprimía
tanto el pecho que le
era imposible respirar
con normalidad. Podía
sentir también
el descanso del tiempo
sobre sus ondulaciones
y el silencio y la calma
que afuera la luna declaraba
con su tenue irradiación
blanquecina. |
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De repente,
advirtió su presencia
justo detrás de él
y sin volver la cabeza, se puso
de pie y le extendió
su mano, complaciente, mientras
giraba su cuerpo ante ella.
Tenía puesta como única
prenda su camisa blanca de seda,
abrochada solamente a la altura
de la cintura, y que ella había
tomado prestada de su armario
cediendo así ante la
súplica de su amante
de lucirla para la ocasión.
Llevaba la melena suelta por
debajo de los hombros y sus
ojos felinos le miraban encendidos
entre mechones de pelo en busca
de sus caricias. Él resbaló
sus manos bajo su camisa desabotonada
seducido por la tersura de su
piel. Fue elevándose
sobre cada parte de su cuerpo
hasta detenerse en el cuello,
momento en el cual llegó
al punto culminante de su excitación.
Acarició su garganta
palpitante con el dorso de la
mano lentamente. Rodeó
el cuello en el hueco de sus
manos entrelazadas y, cegado
por la pasión, atrajo
enérgicamente sus labios
hacia él y los besó
con intensidad en un arrebato
de locura irrefrenable. Y la
calma regresó en un instante
mientras ella caía sobre
el lecho como una hoja de otoño
desvaneciéndose en el
silbido del viento.
Lucía
era para él la mujer
más sensual y hermosa
que había conocido nunca.
Desde el primer momento en que
la vio se sintió inevitablemente
atraído por su enigmática
belleza. Parecía encerrar
en si misma un gran misterio
que él se había
propuesto desvelar obsesivamente
desde la primera vez que sus
ojos le miraron. Algunas veces
actuaba de una manera tan distante
que daba la sensación
de ser parte de dos mundos,
el que él le había
ofrecido por su amor y el suyo
propio, que ocultaba con tanto
sigilo. Y ese velo de sedosa
indiferencia parecía
envolverla como a un espíritu
errante que vaga entre pensamientos.
Su pose inalterable de musa
en un cuadro pictórico,
tumbada sugerentemente sobre
la cama, que muestra desnudo
uno de sus pechos, con los ojos
quebrados en algún lugar
lejano, que sostiene en una
mano un par de flores radiantes
pero de plástico y sin
aroma, le era parte de una obra
maestra que él guardaba
como su más preciado
tesoro.
Había
noches en que a él le
era imposible conciliar el sueño.
Le gustaba sentarse frente a
la cama después de hacer
el amor y observar el dulce
descanso de Lucía mientras
se fumaba un cigarrillo. No
había sensación
más deliciosa que dejarse
llevar por la serenidad de ese
momento. Le parecía una
niña pequeña en
un profundo y placentero sueño
inducido por las notas armoniosas
de una nana. Pero su cuerpo
de mujer, inerte y sosegado,
ligeramente contorneado por
la claridad de la noche, le
era tan excitante que se pasaba
horas y horas contemplándolo.
La combustión
de su cigarrillo le recordaba
el imparable curso del tiempo
a través de la noche.
Afuera el día no tardaría
en desvestirse. La luna comenzaba
a difuminarse como si la brisa
de la mañana la fuera
absorbiendo lentamente. El misterio
de la magia mantenía
en suspenso todo aquel que había
permanecido atento al magnífico
truco que a punto estaba por
resolverse. Entonces el sol
apareció en el horizonte
con su solemne majestuosidad.
Esa misma mañana
se despertó sobresaltado
preso de una terrible pesadilla.
Soñó que había
asesinado a una mujer que acababa
de conocer en un bar de copas.
Y sentía sus manos agitadas
después de haberla estrangulado
y que ahora temblaban sobre
su cara e intentaban secar el
sudor frío que empapaba
su frente. Su cadáver
había sido encontrado
semanas después de su
desaparición en la casa
de él, embalsamado, sobre
la cama, y vestido únicamente
con una camisa blanca de hombre.
Decidió levantarse cuanto
antes y olvidar un sueño
tan horrible. Cuando se reincorporó
sobre el suelo de la habitación
casi no podía destapar
sus ojos. La luz de la mañana
había entrado con energía
en lo que, poco a poco y a medida
que abría sus párpados
y, sobre todo, su mente, iba
identificando angustiosamente
como la sucia, lúgubre
y desalentadora celda de un
psiquiátrico.
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