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El minicuento
más mini, más
micro y más famoso de
la historia de los cuentos pertenece
a Augusto Monterroso. Casi podríamos
jurar que le vino dios a ver
cuando le dictó estas
siete palabras: gracias a su
atrevimiento le conocemos algunos
del otro lado del Atlántico
y se le estudia en las Facultades
de Filología española.
Sin que nos
arriesguemos tanto ¡el
diablo nos libre! os lanzamos
el guante a la lectura de minimicros,
pero también, por qué
no, de vuestras minicreaciones.
El reto está servido.
Ninguno de
sus cuatro hijos trabajaba.
El segundo lelo y el último
maricón. Cuando llegó
a casa un espasmo ebrio le provocó
asir la escopeta y disparar
contra el mayor. Ahora queda
una cicatriz en la pared del
tamaño de una sandía.
El guardabarreras
se echó las manos a la
cabeza. Pensó en el pan
de sus hijos. Se quedó
sin trabajo y sin el oído
derecho. Ni él se lo
perdonó.
Le daban miedo
las alturas y se compró
un piso bajo. Le provocaba miedo
el gas butano, propano, natural
y de ciudad. Sentía miedo
a los ladrones e instaló
rejas. Tenía miedo a
los incendios y llenó
la casa de extintores. Se estremecía
de miedo con los insectos, las
ratas y los perros de cualquier
raza y tapió las ventanas.
Le inspiraban miedo los accidentes
de tráfico y jamás
viajó. Le causaba miedo
el viento con el desprendimiento
de aleros y dejó de salir.
Le suscitaba miedo ser envenenado
y vivía solo. Le producía
miedo la gente y se deshizo
de televisión y espejos.
Murió de un sobresalto
y nadie se enteró.
Al parir gritó:
“¡Éste es
mi hijo!”.
A solas con
él, le hizo picadillo
para colgarse un relicario que
la perpetuara.
A las dos de
la madrugada sonó el
teléfono y era él.
Cuando colgó, la mujer
que esperaba ya con muy poca
paciencia, miró la cómoda.
Se armó de valor, respiró
agitada mientras la arrastró,
y la detuvo frente a la ventana.
Respiró hondo, miró
cuatro pisos abajo. Respiró
hondo y recopiló fuerzas.
Le costó trabajo lanzarla
al vacío. El estruendo
de la madera al hacerse añicos
la reconfortó, se apoyó
en el borde de la ventana e
imaginó su cuerpo junto
a las astillas. Respiró
hondo, respiró hondo,
no oyó los gritos en
la calle.
Tenía
el coraje de decir la verdad.
La ingenuidad de no mentir.
Cuando le preguntaron lo confesó
todo. Desde entonces le ha quedado
el hábito de desollarse
las manos con polvos Ajax, pero
no consiguió jamás
lavar su culpa.
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