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ÓRBITA

 

Se encendió la luz del comunicador. Pulsé para abrirlo.

—Hola —me golpeó una voz en algún rincón del cerebro o fuera, en el espacio—. Me llamó Dancerus Vanus, caigo hacía la órbita de los cometas, estaré en tu campo visual en unos segundos.

—Hola —contesté—. Soy Fauno Dzingarao, lanzado hacía la órbita de Marte.

Surgió a mi derecha. Viajaba en una antigua cápsula Ford T, parecía un individuo joven pero con un Cerus la edad era algo relativo, imposible de determinar. Sonreía con su boca desdentada. Los Cerus siempre sonríen. Y siempre viajan. Su vida es un viaje perpetuo, nadie, ni ellos mismos, sabe de donde proceden. Están desparramados por el Sistema Solar en sus viejas cápsulas, en un ajetreo interminable. Son correveidiles cósmicos, buenos informadores y bastante fiables.

—Hay invasión de Milhojas en los Canales de Marte —me dijo cuando orbitamos—. El planeta rojo se está volviendo blanco, parece que el merengue ha empezado a rebosar. Aquello está lleno de gente, todos muy ocupados. Los de la Benemérita se las ven y se las desean para controlar la red de impulsos y evitar accidentes.

Sacó la lengua un segundo para humedecerse los carnosos labios, alargó los ojos sin dejar de sonreír, en un extraño gesto de batracio y se quedó quieto y callado como una estatua.

—Cuéntame más sobre Marte. ¿Qué pasa exactamente? ¿Quiénes están allí? ¿Qué hacen? —Le interrogué para que siguiera.

—Espera... Para el carro. Sabes como funciona esto, se llama Intercambio Aleatorio de Información. Intercambio ¿entiendes? Yo te he dado datos muy importantes como prueba de buena voluntad —me dijo la eterna sonrisa—. Si quieres más tendrás que darme algún informe a cambio.

—Poco tengo para decirte. Vengo impulsado desde Palace, he pasado allí los últimos meses y todo era normal... bueno, no tan normal, pero como siempre —dije poniendo cara de pena a ver si le enternecía y me informaba gratis.

Volvió a hacer la estatua.

—Por favor —le rogué al cabo de un minuto.

Siguió haciendo la rana congelada.

Me tenía harto, no pensaba soportar su estúpida presunción. Cuando iba a romper el orbitaje se dignó a hablarme:

—Está bien. Te aceptaré chismes o informaciones privadas. Por ejemplo: ¿lo has hecho alguna vez con una Cerus?

—¿Cómo “una” Cerus? Los Cerus no tenéis sexo.

—Porque tú lo digas. Yo me siento muy hembra, soy hembra.

—Un degenerado, es lo que eres.

—En todo caso degenerada, ¿o es qué ves algo masculino en mí?

—Ni masculino ni femenino. No tenéis sexo. Además me da lo mismo. Por supuesto nunca lo he hecho con “una” Cerus y te aseguro que jamás lo haré.

—“Jamás” es una palabra muy fuerte, ¿no te parece?

Todavía no me explico cómo pudo convencerme. Salté a su cápsula. Dancerus Vanus estaba loca, pero era la hembra más apasionada y, a la vez, delicada que había conocido. En cuanto a mí, debo reconocer que fue más agradable de lo que pensaba.

—¿Hay Simbis en Marte? —pregunté cuando la sapo sonriente se cansó de jugar.

—Desde luego —contestó—. El resto se limita a mirar mientras ellos se introducen en el pastel. Ya sabes que pueden respirar hasta merengue, lo malo es que no pueden ver a su través, todavía no han encontrado nada y dudo que lo consigan.

Me miró fijamente. Apareció en sus ojos saltones una chispa traviesa y creció su sonrisa de mulata estupenda.

—Vienes de Palace y preguntas por los Simbi... —Susurró—. Los humanos siempre vais a la Patata a lo mismo. En pocas generaciones todos seréis Simbis, habréis desaparecido como raza.

—Las razas no tienen por qué conservarse. Deben mezclarse para desarrollar la vida, para continuar la evolución.

—Vaya, vaya... Así que eres Mestizante.

—Claro, si no ¿cómo podría haber hecho el amor contigo? Y tú... ¿no lo eres?

—Yo no puedo mezclarme con nadie.

—Pero quieres ser hembra. Por cierto, deberías cambiarte el nombre. En vez de Vanus, Venus, le va mejor a tu condición femenina. Y no suena mal: Dancerus Venus.

—Dancerus Venus. Sí, sí, me gusta.

Bebí otra vez su risa fresca y perfumada. Me dejé envolver de nuevo por su piel suave y fría, levemente viscosa. Pensé en una princesa encantada, convertida en rana.

Volví a mi cápsula, teníamos que separarnos. Venus siguió hacia la órbita de los cometas, quizás encontraría allí el polvo mágico que desharía su hechizo. Yo continué mi ruta hacía Marte, en busca de la diosa que guardaba mi semilla en su vientre.