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“Y
debido a que sabemos poco,
nos gustan mucho los pobres
de espíritu,
más si son mujercitas.”
Nietzsche.
Es increíble
lo equivocados que a veces podemos
estar con respecto a las personas
y a los acontecimientos. Voluntades
y sucesos que vemos como una
verdad grande, acaso no serán
solo mera fantasía. Y
es que la gente saca conclusiones
de la escasa información
que recibe y luego les extiende
el certificado de veracidad.
Hoy, con el paso del tiempo,
cualquiera podría jurar
que el Chato murió víctima
del mal de amor. Las pasiones
dejan más victimas que
un terremoto, dicen los vecinos,
y en todas estas tramas, según
ellos, siempre hay una mujer
que se encarga de encenderlas.
A la pobre Molly le tocó
personificar el papel de mujer
fatal. Y yo, como el tercero
en discordia, no salí
muy bien librado.
No cabe duda,
la verdad es democrática.
Los hechos propenden a borrarse
cuando los olvida la gente.
Pero algunos se transforman,
y prevale la versión
que circula entre la mayoría,
hasta convertirse en lo único
cierto. Cuando recuerdo al Chato,
veo sus ojos absortos, su semblante
ensimismado, sus hábitos
literarios que hablaban de un
Salvador impostor predominando
sobre el Dios verdadero. También
recuerdo el tajo preciso con
que abrió la panza de
un gato, y la extraña
inscripción que grabó
a fuego en la piel ya curtida,
y que aun hoy no he logrado
descifrar. Pero nadie habla
de ello, es lógico, hasta
hoy, no tenían manera
de saberlo.
Al principio,
fue el propio Chato quien me
citó en su casa con el
propósito de presentarme
a su prima Molly. Ella, recién
llegada de los Estados Unidos,
había venido a pasar
con ellos la semana de pascua.
En el camino,
yo iba pensando en una chiquilla
flaca y desgarbada. Así
que ensayé mentalmente
un ademán de hombre de
mundo y un: “much pleasure”.
Cuando la tuve delante. Sorpresa.
Todo se vino abajo. Mi mirada
se extravió entre las
cuatro paredes y el techo de
la sala, buscó después
asidero en los detalles de la
decoración. Mis manos
se hicieron de trapo, y golpee
sus dedos al saludarla torpemente.
De repente, no me atreví
a mirar de lleno y a los ojos
a esa diva púber de pelo
trigueño alisado en dos
largas colas; piernas largas
y torneadas, y el cuerpo envuelto
en la novedad de las turgencias
y las sinuosidades. Y cuando
finalmente fijé en ella
la mirada, de golpe me pilló
observándole los senos.
Esa noche
no logré conciliar el
sueño. En ese punto de
mi temprana existencia nacía
en mí una agitación
y un desvelo anteriormente ignorado.
Todas las compañeras
de la secundaria se me antojaron
insustanciales y llanas como
tablas.
Al segundo
día de su estancia, por
la vergüenza de haber sido
pillado, no me aventuré
a encarnar el papel de pretendiente
enamorado. Más bien opté
por darme aires de interesante.
Esperaría a que fuera
el Chato quien primero me buscara.
Como había sido siempre.
Sobre todo desde que andaba
inmerso en esas lecturas místicas,
de cabalas, de luces y de sombras,
y asumía que yo era el
depositario fiel de sus ritos
y secretos.
Lo más
triste, sin embargo, fue que
del Chato y su parafernalia,
no tuve noticia en todo el día,
menos de Molly, la deidad de
la belleza encarnada. La jornada
se me dilató haciéndose
eterna. Aun así, me propuse
transitarla dignamente encerrado
en mi cuarto.
Al tercer
día me levanté
más temprano que de costumbre
con dos propósitos. El
primero, el de escurrirme cuanto
antes de la imprudente sombra
de Fernando, mi hermano de siete
años. Y el fundamental,
observar de cerca el misterio
de la insondable hermosura de
Molly.
Me acicalé en silencio
y salí a la calle a la
carrera, tratando de no ser
visto.
El plan era
sencillo. Buscaría un
pretexto para acercarme a ella
haciéndome el encontradizo
con el recurso de, pasaba por
aquí. Aparte que, de
cualquier modo, normalmente
yo me la vivía ahí,
en la casa del Chato.
Con todo,
todavía con cierto encogimiento
me parapeté en una esquina
tanteando el terreno. Observé
movimiento en el jardín
exterior. Luego escuché
risas infantiles provenientes
del patio. Decidido emprendí
la marcha.
Al irme aproximando
reconocí a Molly, que
en ese instante, apoyándose
con una rodilla en el piso,
de espalda a la calle, daba
un beso tronado a un niño
que a esa altura estaba fuera
del alcance de mi vista. La
ansiedad que en ese momento
me dominaba se transformó
en angustia al advertir de quien
se trataba. ¡Era Fernando,
mi hermano! Éste, al
notar mi presencia levantó
la vista, lo que indujo a que
ella, instintivamente girara
el cuerpo hacia mí y,
tropezara yo con un paisaje
inédito y perturbador:
Su sonrisa a contraluz enmarcada
por los rayos del sol mañanero
rozándole el pelo, y
el ondulado nacimiento de sus
blancos senos.
-Está
idéntico a ti -dijo ella
a modo de saludo.
Y le dio otro
beso a Fernando, que acaso terminó
rozándole los labios.
Siguió
un compás de silencio
ante el momentáneo desajuste
que me sobrevino por la insinuación
que noté en sus palabras.
Ay, Dios mío.
Pensé. Que tonto me siento.
¿Y ahora que digo?
El corazón
empezó a latirme con
violencia. Entonces percibí
al mundo entero girando en derredor
mío, como a la espera
de esa frase ingeniosa que me
sacaría del apuro. Pero
nada. Me quedé parado
ahí, mudo. Y de no haber
sido por el Chato, que en ese
momento irrumpió por
la puerta salvándome
del ahogo, me hubiera quedado
con el estigma de idiota por
el resto de mi vida.
-¿Eh?
¿Aquí estas tú,
atarantado? Ven, vamos.
Y jalándome
del brazo me alejó de
mi fundamental propósito
del día.
Por esas fechas
llegó al pueblo un circo.
Era una horda de húngaros
trashumantes que acarreaban
tras de si una ristra de jaulas
con un revoltijo de animales
famélicos y hediondos.
Se instalaron en las orillas,
dispuestos a seguir viviendo
a costa de la candidez de la
gente. Las mujeres, ataviadas
con un amasijo de vestiduras
floreadas y unas bolsas colosales
recorrían las calles
ofreciendo la lectura de las
palmas con sus correspondientes
conjuros. Más de un pleito
con navajas provocaron con sus
solemnes certificaciones de
los designios del pasado y del
destino.
Esa tarde,
asistimos a la función
los cuatro: Molly, el Chato,
Fernando y yo. Anunciado por
los magiares con gran estrépito
y frenesí como la apoteosis
traída de las grandes
carpas de Francia, el espectáculo,
más que asombro nos dio
lastima. Encerrados bajo el
intenso calor de un tenderete
remendado, nos dedicamos por
dos largas horas a ver como,
en la pista, cinco maromeros
sucedían las representaciones
valiéndose de los más
desatinados recursos. Socorriéndose
de un niño maestro de
ceremonias, que con gran pompa
iba presentando a la trouppe.
La cual consistía en
tres viejos percherones que
se dedicaron a pasear por la
pista, encaramados en ancas,
a tres changos impúdicos.
Además, en el centro
de la pista, Rudy, el Tarzán
más hermoso del mundo,
a lomos de una falsa cebra,
fustigaba a un viejo león
afligido y asmático.
Al regresar
todos a casa me sobresalté
incapaz de dominar mi emoción
cuando en un alto en el camino,
Molly, mostrando cansancio,
recargó su cabeza en
mi regazo.
Al otro día,
si no me creía su novio,
ya me sentía con derechos.
Fuimos todos los compañeros
de clase al río, distante
dos kilómetros del pueblo.
Yo, con Fernando vestido de
príncipe colgado de mis
brazos, me retrasaba en la caminata
alejándome del grupo
compacto que se había
formado alrededor de Molly.
-¡Apúrate!
Nos estas atrasando a todos
-nos gritó el Chato
-Váyanse
adelantando, allá los
alcanzamos –le contesté,
y tomé de la mano a mi
hermano.
Pínche greñudo
ridículo, de seguro lleva
días sin bañarse.
Que se largue. Pensé
-Ustedes irse
delante -atajó Molly
en su español mocho.
Y sin duda percatándose
de mi disgusto se acercó
a nosotros y tomó ella
también a Fernando de
la mano.
Y así
nos lo fuimos llevando. A ratos
columpiándolo, a ratos
dejándolo que correteara
delante de nosotros. Cuando
quedamos rezagados del resto
del grupo, en mi fuero íntimo
me figuraba a nosotros dos caminando
juntos tomados de la mano.
-¿Y
cuándo te vas? -le pregunté.
Tratando de ahuyentar la zozobra
que me abrumó de repente
al verme frente a ella, por
primera vez sin la presencia
del Chato.
-Am... Pasado
mañana. ¿Por qué?
-Fernando
te va a extrañar mucho.
¿Sabes? Se esta encariñando
mucho contigo.
-¿Nada
mas Fernando?
-Bueno...
todos. En realidad… yo,
el Chato. Todos, sí,
todos.
-Me conformaría
con que aparte de Fernando me
extrañara uno más.
-¿Quién?
Si se puede saber... ¿Alguien
que yo conozco?
-Sí,
y muy bien –cuando contestó,
arropó mi rostro con
su mirada.
-Y ese alguien,
que yo conozco muy bien ¿Significa
algo para ti? -Insistí.
-Sí.
-¿Y
quien es ese que tu dices que
conozco?
-Tú
dímelo.
-Te digo si
me dices con que letra empieza...
Y súbitamente
se plantó frente a mí,
estática, respirando
hondo. Con los ojos entornados
parecía esperar un beso.
-Este momento
lo voy a guardar siempre en
mi corazón –susurró
ella.
Yo me quede
atónito, incapaz. Temblando
de alegría y recelo.
Entonces ella
tomó la iniciativa y
me cogió el rostro con
ambas manos. Luego me dio un
beso húmedo y suave,
impregnado con el sabor a fresa
de su labial americano.
Y yo. Me quedé
callado.
Sí.
Callado.
Ya en el río,
ella se introdujo primero. Luego
me pidió a Fernando con
las palmas arriba moviéndolas
hacia sí, haciendo un
mohín gracioso. Por los
bordes de su talle la mansa
corriente formaba ondas imprecisas
que con el vaivén del
agua provocaba que la camiseta
mojada se pegara a su cuerpo,
descubriendo la forma de su
vientre y su cintura estrecha.
A todo esto,
el Chato se mantuvo ajeno. Se
le veía abstraído
y ausente. A ratos como con
un desasosiego.
Al regresar
esa tarde entré en un
estado de exaltación
extraño en el que todo
el universo me abría
la puerta de las posibilidades.
Como si de repente todo fuera
posible, inclusive volar si
me lo proponía.
Repasando
las acciones y las omisiones
hice un balance en el que de
cualquier modo salí ganando.
Sopesaba lo acontecido camino
al río con la actitud
huraña del Chato.
Aunque por
mi parte, Molly era ya el amor
de mi vida, la estrella de mi
corazón, en interior
sentía algo parecido
a un reproche.
La víspera
de la partida de Molly, me aparecí
por la casa del Chato desde
temprano. Éste no pudo
evitar se le desfigurara el
rostro al verme. Bruscamente
me tomó del brazo.
-Ey, tú,
atarantado ven p’a acá
-me jaló hacia el jardín
posterior y no me permitió
ni siquiera asomarme al interior
de la casa.
-Es que...
-¡Es
que nada! ¿Que no te
das cuenta, idiota?
Y me metió
al viejo y oscuro almacén
en el que sus padres depositaban
los utensilios de labor, y que
en los últimos tiempos
nos había servido de
escondrijo, a salvo de miradas
extrañas.
-¿De
que? –pregunté.
-Desde cuando
no vienes a buscarme... andas
atareado ¿eh? Desde que
llegó ella, ya hace casi
una semana que nomás
te estorbo. Crees que no me
he dado cuenta. Bueno. Pues
para que te enteres, Molly se
va a ir de aquí y yo
me quedo. Y en cuanto a ti,
Molly, te exijo le muestres
la verdad.
Tornó
el Chato la mirada hacia un
rincón. Ahí descubrí
repentinamente a Molly, quien
se acercó a nosotros
poco a poco, emergiendo de la
penumbra.
-No seas rudo
-dijo ella, y al tiempo que
surgía, como si angustiada
acabara de salir de un mal sueño,
me miró como ausente.
Decir ahora
que si en ese momento me hubiera
ido de ahí, dejando las
cosas como estaban nada hubiera
pasado, sería ocioso.
Pues en ese punto chispeaba
en mi cabeza la curiosidad provocada
por la palabra pronunciada por
el Chato: la verdad.
-¿Cuál
verdad? –pregunté,
y dirigí a Molly una
mirada desolada y suplicante.
-Jurar que
guardar este secreto por siempre
-contestó ella.
Y estirando
los brazos me tomó una
mano y la colocó en su
seno izquierdo
>>tocar el símbolo
del poder creativo. La nueva
sexualidad, planta de la vida
después de la muerte
–añadió.
Mi corazón
empezó a palpitar fogosamente
al palpar la suavidad del contorno.
Ella estaba vestida solo con
una bata camiseta de tela delgada.
-¿Cuál verdad?
–insistí.
Cuando vi
que el Chato se acercaba a mí
blandiendo un extraño
verduguillo, retiré instantáneamente
la mano.
-Nuestro proyecto.
Que pronto lo olvidaste -contestó
éste. Y al hablar lo
hacia de una forma teatral.
De repente, artificial y grandilocuente–
Bastó una semana de amor
con esta perrita para que olvidaras
nuestro pacto. Pero no importa.
Al fin que ella va a ser el
camino que nos despertará
la libido para adentrarnos en
el alfabeto del deseo del libro
del placer, ante la postura
de la muerte.
-Vaya, vaya.
Ya entiendo -entoné-.
Tu viejo amigo el dios Zos ¿Eh?
¿Y yo que papel juego
en esta representación?
¿El de la víctima
inmolada?
-Tú
vas a acompañarme en
el viaje de ida y vuelta a la
casa de la muerte. Necesito
ayuda y bien que lo sabes.
-¡Pero
como no! ¡Claro! Morimos,
y luego regresamos. Fácil
-agregué, sarcástico-
¿Y a fuerza tiene que
ser así, Chato? ¿De
casualidad no te diste cuenta
que todo este tiempo solo jugábamos
un juego? Una travesura que
tú estas llevando demasiado
lejos. ¡Molly! -Traté
de despabilarla- No sé
que te haya hecho o que droga
te haya dado este estúpido,
pero ya despierta y vayámonos
de aquí.
-¡Molly!
–exclamó el Chato.
Y ella, como
obedeciendo una orden, se encogió
de hombros, y dejó resbalar
por su cuerpo la delgada bata,
descubriendo la blancura de
su desnudez que como un destello
saturó mis ojos con sus
tetillas de sonrosadas salientes.
Y la finísima senda de
incipiente vello que bajaba
de su ombligo y surcaba su vientre
hasta llegar al pubis, coronando
su sexo, invadió el espacio
de mi discernimiento, impidiéndome
razonar con claridad. La excitación
consiguiente indujo a que la
sangre, agolpándose en
mis sienes, empezara a desbocarme
los sentidos.
-¡Eh
aquí! La luminosidad
de la belleza, el símbolo
supremo del culto a la sexualidad
concentradora del deseo del
Zos, el relámpago soberano
liberador de la energía
de la libido -clamó de
nuevo el Chato, con gran desparpajo-.
El ojo de Ayin. La muerte acoplada
al sexo en la unión de
las almas.
Bastó
que escuchara la palabra muerte
para que regresara yo de ese
letargo en que me tenía
la visión del mórbido
y delicado cuerpo desnudo.
-¡Vete
al diablo! –le grité.
Después
de la exclamación, mi
puño hendió el
aire y fue a estrellarse contra
la fachada grotesca del Chato.
Inmediatamente,
salí corriendo.
De la bella
Molly, desde que se regresó
al norte, no he sabido nada.
No sé, quien me asegura
que no venga estas pascuas.
Al Chato es
al que sigo esperando. El pobre,
no ha de poder retornar sin
mi ayuda.
FIN
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