Principal / Relatos / Polillas
POLILLAS

 

Una pared de color vino, con sus dibujos dorados en línea. La mano de Aris repasando sus contornos. Una lámpara y su bombilla que guiña con su luz a una polilla que no se atreve a acercarse. Gurd persigue a la polilla por toda la sala convencido de cogerla, y enfadándose a veces, queriendo explicarle a Sig que si no seria una polilla tan inquieta ya la hubiera atrapado. Vuela tras de ella, escondiéndose. Al igual que un perfecto camaleón queda camuflado en la pared. Su piel es ahora granate, con dibujos dorados y la textura va cosida desde la punta de sus zapatillas hasta los cabellos. Unas zapatillas rojas se cuelgan de los tiradores de un armario valiéndose de sus cordones blancos. Como si se tratara de un plan silencioso, se balancean de un lado a otro igual que si quisieran llevarse el armario en un esfuerzo enorme. Sig desde el sofá de dos plazas completamente inmóvil, moviendo únicamente los ojos intenta arrastrar el armario hacia delante y cuando cree haberlo movido un poco ríe escandalosamente llamando a Aris para impresionarla. Esta se da la vuelta y encogida en un ovillo juega con sus dibujos dorados pegándoselos por todo el cuerpo. Gurd ha perdido de vista a la polilla y se tumba boca arriba sonriéndose para si mismo sin saber bien porque. Siente hambre. Los ruidos de su estomago resultan ser una melodía angustiosa. Su deseo por comer algo se incrementa a medida que lo piensa cada vez más. Aprieta su estomago pensando que así el hambre se paliará más rápido. No es así. A medida que piensa en su estomago vacío y como aumenta el hambre, se inquieta cada vez más, igual que si le quedara únicamente una oportunidad para terminar con esa agonía y la fuera a perder. El calor le recorre la espalda entera hasta subir a su cuello. Pasa minutos con ese calor e intenta concentrarse en la polilla. La polilla vuela por encima de su cabeza. Se levanta de un salto sin pensarlo más. Con grandes zancadas persigue a la polilla que ahora se ha metido en la cocina y cierra la puerta tras de sí para que no pueda escapar.

Sig concentrado completamente en el armario y sin apartar la vista de este llama a Aris.
“Fíjate en el armario, Aris”. Aris asiente con la cabeza y empieza a toser creyendo que se ha tragado uno de los dibujos de la pared. Sig ensimismado ahora en los tiradores le pregunta si esta bien. Estira sus brazos haciendo ejercicios de calentamiento como un nadador antes de lanzarse a la piscina. Moviendo la cabeza hacia los lados, calentando el cuello para no sufrir el tiron de algún músculo.

“Voy a buscar más dibujos”. Aris se ha quitado la camiseta decorándose así la piel con dibujos de la pared. “Espera a que mueva un poco más el armario, estoy apunto de conseguirlo. Espera, Aris, espera y ahora te acompaño” La cara de Sig es pura concentración. Casi se diría que es concentración para su propio rostro.

Se escuchan las pisadas de Aris bajando la escalera de caracol. “Madera vieja” piensa Sig. “No como la de este armario. Esta madera debe de ser por lo menos de roble. Si no, no pesaría tanto.” En medio de sus reflexiones observa como el armario se acerca hacia él, casi de puntillas. Sus patas se mueven despacio. La madera cruje con cada movimiento. A Sig se le enciende la cara. Cuando el armario esta justo enfrente de él, a menos de medio metro, se inclina hacia su oreja. Cierra los ojos para poder pensar en lo que esta ocurriendo, pero su corazón se acelera y tiene dificultades para respirar. “No vuelvas a despertarme”.

Aris escucha un grito desde el portal. Pero no tarda más de cinco segundos en reanudar la búsqueda de sus dibujos. Su cuerpo esta desnudo y debe taparlo, pero no encuentra más dibujos en las paredes. Una luz dorada atraviesa la estancia. Los escasos rayos de luna que entran por el cristal de la puerta del edificio van a caer a una da las paredes que alumbran un cuadro. La imagen es la ascensión de la virgen al cielo, y esta cubierto de colores ocres y dorados. Aris queda maravillada y no duda en arrancarlo y colocárselo como atuendo. Se sienta en el suelo para terminar de enmendárselo.


La policía llegó tarde. Siempre impuntual. Siempre haciéndose esperar. La vecina que vivía justo en la casa de al lado de Sig había llamado a la policía al menos cuatro veces aquella noche.

Cuando entraron al edificio a la primera que se encontraron fue a Aris, acurrucada y temblando con papeles de la pared pegados por todo su cuerpo.

En la mesita de la sala donde se habían reunido los tres era una condena a muerte.

La mezcla les dejó atrapados en un mal sueño, en el que la muerte alcanzó incluso al más rápido.

Heroína, alcohol y algo de metadona.

Sig totalmente trastornado en una esquina miraba con recelo al armario, tapándose los oídos, sollozando como un niño.

Gurd apareció en una silla de la cocina. Al desesperarse en su lucha por coger la polilla había tomado tranquilizantes. La espuma de su boca era un río que iba a parar a un bote de cristal. Una polilla quedaba dentro atrapada.