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Conocí
un taxista. Conocí cien,
y todos ellos sin excepción
alguna asumían perdidas
de visión. Retinas con
carencia de asombro. Pupilas
esperando sorpresa.
Los espectáculos
usados, las calles repetidas.
La lente de cada uno se desgasta
con el tiempo.
Conocí
un taxista. Uno que recorría
una misma plaza todo el tiempo.
Un día para cambiar la
rutina decidió dar la
vuelta. Ir en dirección
contraria a como lo hacia siempre.
Chocó contra si mismo
al encontrarse de frente. El
coche salió despedido
varios metros más allá.
Fue a pedirse disculpas. Tuvo
que cruzar toda la calle. Se
miró desde arriba. Percibió
marcas de relojes en sus muñecas,
marcas de corbatas en el cuello,
en sus tobillos...sintió
lástima y asco. Se acercó
un poco más mirando el
lugar. Al verse en otro sitio
por el que siempre circulaba
se asustó y echó
a correr. Vio como él
mismo se perseguía por
toda la calle y se asustó
aún más. Se perseguía
sin permitirse el perdón
o la culpa. Corrió tanto
como pudo para que él
mismo no se pudiera alcanzar.
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