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Inspiró.
Retiró la sábana
de flores. Suspiró y
se le cerraron los ojos. Volvió
a inspirar, esta vez con más
ímpetu. Mirando de costado
a la ventana solo veía
cielo. Cielo y una nube con
forma de ballena amorfa. Se
dejó levantar con el
calor del sol dorándole
el cuerpo. Mantenía los
ojos cerrados esculpiendo la
ballena. Palpando los muebles,
y sin querer abrir los ojos,
comenzó a vestirse. La
ropa, esperando en la silla
desde la noche, ansiaba el cuerpo
caliente. Se vistió sin
que el acto durara más
de minuto y medio.
Caminó
por la moqueta, tiró
los libros de la mesilla, la
esquina de uno de ellos fue
a caer justo a su pie, abrió
los ojos seguido de un gemido
y se destruyó la ballena.
Terminó por calzarse
velozmente cuando vio la hora
que le marcaba su reloj de pulsera.
Metió sus pies en los
zapatos haciendo fuerza con
todo el cuerpo hacia abajo.
Le faltó poco para calzar
su mano también. Escuchaba
a su estomago pidiendo un maldito
desayuno decente por una vez
en meses, y a la vez al ascensor
llegar a su planta. Viviendo
en el catorce, y llegando tarde
al trabajo eso podía
esperar. Una vez más
esperaría. Siempre esperan
los mismos. Una punzada le advirtió
que no le iba a pasar otra más.
Salió
al descansillo abriendo la puerta
de casa de forma cómica,
con el pelo danzándole
en la cabeza y la ropa estirándose,
despertándose aún.
Pero X no sonreía lo
que hacia más ocurrente
la situación. La señora
del 14B frente al ascensor se
llevó la mano al pecho,
tomando aire con la boca abierta
y soltó una carcajada
saludándole con la otra
mano. X le respondió
con la cabeza, mientras intentaba
ajustar su corbata en el cuello
y sus pies en los zapatos. Y
pensó en que el aire
debe de entrar por la nariz
y por la planta del pie.
Como quisiera
sacarme los zapatos, pensó.
Llegó
el ascensor y con él
el alivio de evitar una conversación
en el rellano.
X apretó
el botón de planta baja
e inspiró.
Un ascensor
pequeño, pensaba, ¿Por
dónde entrará
el aire?.
Seguro que
ni ha desayunado, suponía
ella mirándolo desde
abajo.
Si tomo la
segunda avenida, y voy por la
Rambla, puedo ganar unos minutos
y llegar a la primera reunión.
Seguro que
no conoce su sonrisa. Seguro
que es de esas que inflan las
mejillas.
Planta diez. Planta nueve...contaba
X.
Yo tengo que
romper el hielo, pensó
la mujer.
Me encantan
sus zapatos, le hacen unos pies
pequeños, le dijo.
X sonrió
condescendientemente. Se los
regalo, yo estoy deseando quitármelos.
A ella esto
le hizo reír.
Risa escandalosa
para un ascensor tan minúsculo,
pensó X.
Rió
tanto que un movimiento brusco
del ascensor se la cortó
de golpe. Como si el director
de orquesta hiciera callar a
todos los instrumentos.
El ascensor
quedo parado entre la planta
ocho y siete.
Ni siquiera
hemos llegado al número
de la buena suerte, susurraba
X en su cabeza.
Apretaron el
botón con forma de campanita
tantas veces que quedó
atrancado y obstruido hacia
dentro.
¿Por qué no prueba
de nuevo a ver si sale hacia
fuera?
X la miraba
desde arriba, miraba el reloj,
la campanita, sus zapatos y
de nuevo el reloj.
Inspiró. Volvió
apretar, pero en vano. Ella
insistía. Él apretaba.
Ella insistía.
No sale señora,
ya lo ve. A quedado atorado.
¿Y no
sale?
¿Cuántas
veces se lo tengo que decir?
X suspiró
y golpeó la puerta del
ascensor.
Ella miró
hacia arriba negando con la
cabeza.
X encendió
el móvil para avisar
en el trabajo del imprevisto
que le acababa de suceder. No
hay cobertura. Quiso estrujarlo,
pero abandonó la idea
al clavarse la antena en la
palma de la mano. Inspiró
y se giró hacia la señora.
Es la primera vez desde que
se mudó al edificio que
se detenía en su rostro.
Y pensó que hace falta
más de lo que dura unos
“Buenos días”
para recordar la cara de alguien.
La observaba,
y ella a su vez se repasaba
las manos que jugaban con las
llaves. Se diría que
aun no se ha enterado de que
ha quedado atrapada en este
cubículo, se decía
X. La miraba y le parecía
no haberla visto nunca. Se quedó
tiempo mirando su cara como
quién cree desaparecer
del lugar y parece no estar
presente para el resto. La mujer
se hacia la despistaba mientras
su vecino la contemplaba. Sacó
un papel arrugado de su bolsillo.
Lo que parecía ser la
lista de la compra, e inspirando
lo estiró, pasando la
mano por los pliegues. “Pelar
y comer tres choclos”
fue lo único que acertó
a leer.
X seguía
allí, de pie, mirándola,
observando la escena, jugando
a ser invisible. Pasaba la mano
por los pliegues del papel tan
delicadamente que aquella lista
se volvía en los ojos
de X una nota de amor, el mapa
de un tesoro, o cualquier otro
sentimentalismo escrito.
Él, quedó en trance
con aquel insignificante acto.
Por un momento su ropa parecía
haberse despertado con él.
Su respiración caía
en el hombro de la mujer, está
a su vez lo inspiraba.
La luz parpadeó
un momento. Los dos miraron
hacia arriba. X tomó
aire muy suavemente, se sentía
descansado, bajo la cabeza,
y reparó en el espejo.
Poco más o menos se dejó
impresionar en silencio por
su gesto. El espejo le miraba
y se reía. Y pensó
si ella había reparado
en el tipo del reflejo.
Se sentó
en una esquina y se quitó
los zapatos. Ofreciéndoselos
le dijo que ya no los necesitaba.
Ella reía
de forma contagiosa, preguntándole
para qué querría
un par de zapatos de hombre.
Le invitó
a sentarse contagiado por las
carcajadas. ¿Para plantar
geranios? ¿Más
regalos en Navidad? ¿Colocarlos
al lado de los suyos?
La luz parpadeo
nuevamente, soltó un
chispazo, dejándoles
a oscuras con un hilo de luz
que entraba por la puerta del
ascensor proveniente del descansillo
de la planta.
Una bombilla
aflojada, le dijo ella sin querer
parecer asustada.
Él le
afirmó sonriente.
Permanecieron
largo rato en silencio sin decir
nada. Mirando el hilo de luz
o la lista de la compra. Él
inspiraba, ella le escuchaba
respirar.
Una voz de
la que no pudieron entender
lo que decía les abrió
la puerta y se marchó
mascullando por lo bajo. A X
le costó un poco más
levantarse.
Abrieron la
puerta, y les llegó el
aire del invierno. Ella se levantó
y caminó con su papel
estirado en una mano y los zapatos
amarrados por los cordones en
otra, balanceándolos.
X los observaba. Inspiró
tomándose su tiempo,
cerró los ojos visualizó
su ballena amorfa, reparó
su forma y dijo; Salgamos juntos.
La mujer giró
la cabeza levemente, de la que
se adivinaba una sonrisa.
-Prefiero los
zapatos.
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