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A Genaro lo
iban a matar. Tan cierto como
que ahora lo llevaban, amordazado,
atado de pies y manos con cinta
canela, en el portaequipajes
de ese automóvil sin
placas, sin duda robado en la
víspera.
Conocía
bastante bien a los sicarios
como para estar al tanto de
que les importaba un bledo su
historia. Para ellos, él
ya estaba condenado, fatalmente.
Algo debe.
Habrá pensado más
de alguno de los que presenciaron
la escena cuando lo levantaron.
Eran las diez
o las diez y media, la noche
aun era joven para Genaro. Pero
no lo era tanto para aquellos
rezagados que de repente raleaban
por las calles despoblando las
cantinas; precipitándose
hacia las paradas de los camiones
urbanos con el propósito
de no perder la ultima salida,
parecían los encargados
de entregar la plaza a los predadores
nocturnos, a las putas y a sus
clientes, a los borrachos insomnes
atiborrados de coca, a los rateros
y a sus compinches, a la horda
de mendigos andrajosos que aprovechaban
la noche para pepenar en los
depósitos de basura del
mercado viejo. Había
dejado a la novia en casa; dueño
de la calle, manejaba distraído
en su camioneta del año,
el brazo recargado en el marco
de la ventanilla, el estéreo
a todo volumen con la música
de la banda.
En una angostura
del camino, un automóvil
sin placas bloqueaba el paso.
Al frenar bruscamente, el carro
se fue derrapando hasta detenerse
limpiamente con un golpe leve,
en el parachoques del auto imprudente.
Estaba pensando en bajarse a
reprender al conductor idiota,
cuando desde atrás, un
segundo vehículo lo sorprendió
con un empujón que terminó
encajonándolo contra
el auto parado adelante. Al
verse atascado, Genaro quedó
desconcertado por unos segundos.
Pero un sujeto corpulento, seguramente
salido desde atrás, revólver
en mano se encargó de
sacarlo de su letargo. Luego
abrió la puerta de golpe
y le dio un cachazo en la oreja.
Instantes
después eran tres los
que se agolpaban a su lado,
jaloneándolo. A punta
de pistola lo llevaron hacia
el vehículo parado adelante;
todavía se dieron tiempo
para patearle las costillas,
como para dejar en claro de
que lado estaba la fuerza.
Que estúpido,
no haber tenido una reacción
rápida al advertir lo
extraño del hecho de
que un desconocido te atranque
el paso. Si hubiera estado más
alerta, ahora estaría
huyendo por las calles, o parado
en una esquina reponiéndose
del susto. Pero es que la comodidad
y la molicie lo vuelven a uno
tan confiado.
En la cajuela,
ya convertido en bulto, en cuestión
de segundos los sicarios le
amordazaron y le ligaron las
extremidades con la cinta flexible.
Una vez cerrada la puerta, quedó
hecho un ovillo en la oscuridad
del portaequipaje. Entonces
pensó que su cara podría
estar descolorida y plomiza,
podría tener ojeras oscuras,
sus ojos seguramente desorbitados.
Y cuando la policía llegue
a recoger su vehículo
nadie habrá visto ni
oído nada.
A su edad
había pasado por momentos
ingratos, tantas tragedias.
De hecho, tal parecía
que la tragedia rondara su vida.
Como, si no, se le podría
llamar al hecho de ver caer
a sus amigos y compadres abatidos
por las balas de aquellos que
se ostentaban como dueños
de la plaza, o a tener que reconocer
el cuerpo de su padre, hinchado
y tumefacto, con el clásico
balazo en la sien como tiro
de gracia. Es un aviso, le había
dicho su madre. Salían
del depósito de cadáveres,
él todavía sobrecogido
por la imagen aciaga.
Sus manos
atadas a la altura de los glúteos
empezaban a cosquillearle anunciando
el instante previo en que se
entumiría toda la extensión
de sus brazos. La sensación
se intensificaba en los pulgares
que sacudió violentamente
tratando de irrigarlos con el
movimiento. Además, tenía
las rodillas algo encogidas
en una posición difícil
y el ángulo de sus hombros
estaba en desacuerdo con la
posición de su espalda.
Se enderezó
suavemente, tratando que su
movimiento pasara desapercibido
a los que iban en los asientos
traseros del carro. Ahora el
codo izquierdo quedó
rozando algún recipiente
metálico.
Pero estaba
vivo, ¿Y no dice el dicho
que mientras hay vida hay esperanza?
¿Acaso no había
pasado por situaciones difíciles?
Como la vez aquella en que el
ejército llegó
a su casa después de
días de estar pisándole
los talones. Y con tal de salvar
el pellejo, se olvidó
del miedo y se lanzó
al monte en medio de una lluvia
de balas.
La cabeza
le dio de golpe en el techo
de la cajuela, y con la humedad
en su oreja, ahí donde
le habían dado el cachazo
con el arma, vino la certidumbre
de que ahora dejaban el asfalto
y tomaban un camino de terracería.
Alcanzó a oír,
como en sordina, que en el estéreo
del auto sonaba el corrido de
Catarino y los Rurales.
-Gasolina.
Huele a Gasolina.
La oscuridad,
el traqueteo y el entumecimiento
de sus miembros no era lo peor.
¿Para que querrían
la gasolina?
Genaro trató
de apartarse de esa realidad.
Esa verdad dolorosa, en donde
él, confinado en la cajuela
de un auto, aguarda a la muerte
como algo tangible e inevitable
¿Y que sería de
su madre? ¿Quien le daría
la noticia? Entonces pensó
en las mujeres que habían
pasado por su vida, en las mujeres
hermosas que sonríen
antes de irse a la cama a entregarse
por completo al placer, dispuestas
a todo con tal de ser bien retribuidas.
¿Qué sería
de todas ellas? ¿Se mantendrían
queriéndolo como decían
que le querían? Seguramente
habría alguna buena entre
todas.
Que noche
tan extraña. Cerró
los ojos y penetró en
una oscuridad más profunda.
Como el negativo de las películas,
se le fue revelando la imagen
de Lupita.
Esa tarde
la habían pasado fornicando
en un motel de paso. Después
del trance amoroso.
-Tú
no me amas –Le reprochó
él.
-¿Y
crees que estoy aquí
contigo, sin sentir algún
cariño?
-Como pesan
esos cariños cuando son
parientes del agradecimiento.
Ella se quedó
muda.
-¿Tiene
algo que ver con lo de las mascotas?
-¿Qué
mascotas?
-El perrito
que quise regalarte ¿Te
acuerdas? Un día después
de conocerte pensé en
granjearme tu cariño.
Luego tú parecías
tan fría. Que porque
te daba horror encariñarte
con los animales.
-Te lo dije
una vez Genaro, ahora te lo
repito. Esos son amores que
duelen, y duelen más
porque no duran. Tuve muy malas
experiencias con tanto animalito
en la casa. Cuando no era un
perro, era un gato. Y una los
va viendo todos los días,
luego el trato y las caricias,
en seguida vienen sus sandungas.
Total, ahí estás
prendada. Y cuando menos lo
esperas, cuando el animalito
ya forma parte de tu vida, resulta
que el destino se atraviesa.
No ha faltado, que lo atropelló
el camión en una esquina,
que algún vecino maloso
le dio veneno, o que neciamente
se marchó con sus huesos
a otra parte. Y ahí estás
tú, llorando por idiota.
Calladamente se vistieron y
se marcharon.
-¿No
sientes que nos persiguen? –le
dijo ella, ya afuera de la casa.
-Tu siempre
viendo moros con trinchetes.
-¿No
pasas a saludar a mis padres?
-Ya han de
estar dormidos. Mejor mañana
vengo temprano, sirve que me
traigo un guisky para brindar
con mi suegro.
Cuando conoció
a Lupita, ésta llevaba
un niño en sus brazos.
Al encontrarla de casualidad
en el parque, le atrajo el tono
blanquecino de su piel, casi
albino y las pecas que la blusa
dejaba entrever en el nacimiento
de sus senos. Lo único
que se le ocurrió preguntarle
fue que si ella era su madre.
-Tonto, que
no ves que es una niña,
y es mi hermana –contestó
ella inmediatamente.
Tonto. Le
había dicho tonto. Por
un momento se quedo mudo por
el arranque de la muchacha.
Pero era su voz tan pura, su
mirada tan transparente. Y cuando
por fin consiguió hablar.
-¿Y
donde están tus padres?
En la sencillez
de su atuendo se veía
lo humilde de su condición.
Llevaba un pantalón de
mezclilla ajustado al cuerpo
que sin duda habían pasado
ya por mejores tiempos y que,
no obstante, rezumaba la belleza
de un cuerpo pulcramente torneado.
-Por ahí,
dando la vuelta. Ya es tarde,
me voy.
-¿Me
permites acompañarte?
-Mejor no.
Si ni siquiera se como te llamas.
-Me llamo Genaro.
Y no te preocupes, aunque tengo
la facha de casado, soy soltero.
-Eres rápido.
Y a mí que me importa
si eres casado o soltero.
-Bueno, esto
te lo digo solo para que no
veas mala intención en
mi interés por sacarte
plática.
-Como quieras.
Algunos piensan que las mujeres
nomás venimos aquí
a ligar.
-Ya te pedí
una disculpa.
Ella lo miró
fijamente, apenas una media
sonrisa.
-No me acuerdo.
Me dijiste que eras soltero.
¿Te disculpas de no estar
casado?
Luego se quedó
mirándolo un momento.
Parecía decir ¡Y
este fulano!
¿Qué
es lo que tenía esta
muchacha? Lo turbaba tanto su
mirada, que ya no supo que decir.
Por fin, ella se marchó
por una vereda, aun llevaba
a la niña en brazos.
Genaro quedó solo y derrotado.
A fin de cuentas no le había
dado ni su nombre, ni su número
de teléfono. Nada.
Entonces,
tratando de no parecer apresurado,
se encaminó hacia donde
había partido la muchacha
con la niña.
Un momento
después la vio sentada
en una banca, atacaba con furia
un vaso con frutas mientras
en el suelo la niña jugueteaba
con una pelota.
Un ratito
se detuvo, mirándolas
con disimulo.
-Mi buen amigo
se ha empeñado en seguir
a mis hijas. Tengo rato observándolo.
-Está
loco -murmuró ella.
El viejo había
aparecido de pronto entre los
arbustos. Tenía el aire
de extraviado, tal como si acabara
de despertar. Era un hombre
rústico, vestido humildemente,
y calzaba unos viejos huaraches
de baqueta.
Genaro se
dijo: Con que le saldré
al viejo. Podría empezar
por preguntarle el nombre de
su hija. También podría
mostrar indiferencia, dar una
explicación más
o menos falsa. Pero por un momento
terrible no pudo encontrar las
palabras, se sentía uno
de esos idiotas enamoradizos.
Dejó que pasaran los
segundos sin aventurarse a dar
una explicación. La escena
ya se estaba volviendo francamente
ridícula.
-Me creerá
loco o atrevido, pero es que
vi a sus hijas, las dos tan
lindas y tan parecidas, que
no me quise quedar con la duda.
Primero pensé que podría
tratarse de la madre con su
hija, pero luego la vi tan joven
a la que supuse como la mamá.
-Tuvo suerte
de que mi Lupita no lo mandara
a volar. Es tan repugnante.
-Yo solo quería…
-Salgamos de
aquí –dijo el viejo-
no tarda en oscurecer. ¿Y
tu madre?
-Nos va a esperar
en la puerta.
Caminaron
todos lentamente hacia la salida.
La muchacha y la niña
iban adelante.
-Es el destino
–murmuró Genaro.
-¿Cómo?
-El destino,
que a veces, muy pocas por cierto,
empalma a la necesidad con la
fortuna.
La muchacha
se había sumergido en
un silencio incomodo. Jalaba
a la niña de la mano.
Nunca se habló
de matrimonio. Lupita jugaba
a ser la esposa. A veces salían
al jardín en la tenue
luz de la tarde y suponían
que se amaban.
El auto se detuvo de repente.
A Genaro le llegó el
sonido amortiguado de un portón
eléctrico ¿Abriéndose
y después cerrándose?
Tenía que ser así
y no al revez. Luego el estrépito
de portazos, y pasos y más
pasos, ¿Acaso saludaban
a alguien?
Tres o cuatro
hombres lo sacaron en peso de
la cajuela. Tenía las
piernas entumidas, y un sabor
a sal y a sangre en la boca.
De su oreja manaba el líquido
vital en una gota intermitente
que fue dejando un rastro a
lo largo del pasillo por donde
lo fueron internando, y alcanzó
a ver una mancha cuajada en
la alfombra en el momento en
que lo levantaban.
Lo llevaron
al interior de una casa. Si
no hubiera sido por esa nausea
en el estomago, casi se hubiera
sentido bien. La comparación
de la oscuridad y el encierro,
con la iluminación casi
le pareció benévola.
Curioso, aunque
la casa aparentaba estar desabitada,
sólo una mesa con cuatro
sillas de madera y un sillón
desvencijado en esa sala enorme,
estaba llena de olores. Olía
a alcohol, a hospital, quizás
a gasolina o a grasa quemada.
Después de que lo lanzaron
al sillón, alguien se
acercó y se puso a mirarlo.
Era un hombre macizo, corpulento
y panzón a quien no había
visto antes. Olía el
odio en esa mirada envilecida,
y de nuevo, con la nausea vino
el miedo.
-¡Nombre!
La voz marcial
del desconocido le brindó
una débil esperanza.
Posiblemente se tratara de alguna
especie de interrogatorio policiaco.
-Genaro x
-¿A
que te dedicas?
-Ganadero.
-Ganadero...
Déjate de pendejadas.
¿Crees que me chupo el
dedo?
-¿Qué
quieren de mi? ¿Quiénes
son ustedes?
A Genaro la
voz le temblaba. Una patada
en pleno rostro hizo que le
floreciera una burbuja púrpura
en los labios.
-¿Siquiera
sabes porque te quebramos?
-Ustedes me
están confundiendo. Están
cometiendo un error. Un error
grave. Por su madrecita santa,
no me maten. No cometan conmigo
una injusticia.
-No gastes
saliva con nosotros. Lo tuyo
está decidido. Hay pendejos
que no escarmientan. Tú
eres uno de ellos. Te mandamos
un aviso con lo de tu viejo.
No tuvimos respuesta. Luego
nos ensañamos con tus
socios, y ni así te acercaste
a nosotros a pagar el derecho
de piso. Te imaginaste que todo
era free. Te estábamos
dando chanza porque eres bueno
pa’l bisnes. Pero ya ves,
todo tiene un límite.
Imagínate nomás,
si no ponemos freno a los gandallas
como tú. Al rato nos
quitan la plaza.
Cuando encontraron
el cuerpo, tardaron semanas
en identificarlo. Estaba calcinado
dentro de un tambo. Se habló
entonces de los métodos
crueles empleados por la policía
y el ejército en su lucha
contra el narco; de la guerra
desatada por las mafias interesadas
en conservar la plaza.
A Lupita solo
le quedó el recuerdo
de los ojos grises de Genaro,
ojos de perro triste, y en su
interior la firme convicción,
de jamás aceptar una
mascota.
FIN
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