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Al principio,
parecía impaciente y
nervioso. Sentado en el borde
del pupitre, recorría
con la mirada todos los rincones
del salón de clase. Buscaba
alguna cosa, aunque inútilmente.
Luego se paró. Recorría
el aula, tanteaba los respaldos,
y cavilaba:
La tuve
que haber dejado en alguna parte,
pero no... Allí tiene
que estar... Si aquí
la dejé, estoy seguro.
Alguno lo tiene que saber, la
tiene que haber visto. No puede
ocultarse, no puede esconderse...
Alguien ha de haberla escondido.
Pero no...
Media hora
después, ya se hallaba
francamente alarmado y molesto.
Y nadie parecía prestar
atención a su búsqueda.
Y es que cuanto ruido, cuanta
agitación. Desde que
se había marchado el
maestro del turno de cuatro
a cinco, la media hora había
transcurrido sin que compareciera
el de cinco a seis. Estaba claro
que no se presentaría
ya. Por lo que quedaba relajo
para rato. Eso sí, cada
grupo concentrado en lo suyo.
Los de su equipo, aquellos en
quienes tenia puesto el corazón
y que ahora lo ignoraban, estaban
enfrascados en una ruidosa discusión
sobre el próximo partido
del América. Los otros,
los casanovas, echaban a la
suerte el rumbo que tomarían
en la caza de la tarde; las
cifras se estaban inclinando
por las tres morenitas del quinto
semestre. Y a todo éste
barullo, las compañeras,
como siempre, se mantenían
al margen; todas aglutinadas
en una sola cuadrilla, compacta
y silenciosa, tal parecía
que no estaban allí.
-Déjate
ya de pendejadas cholo, tú
has de haber escondido mi mochila
–exclamó de repente.
-¿Nomás
la mía te gustó,
Pedrito? ¿Porque no le
preguntas al costeño?
Había
en las palabras del cholo un
dejo de sarcasmo. Y no se movió
cuando respondió a la
bravata, solo se acomodó
la cachucha, y siguió
con la mirada fija en los tantos
que uno de los casanovas apuntaba
en la pizarra.
En ese momento, ninguno sospechaba
el secreto que guardaba el Pedrito.
Y sin embargo, el infeliz, como
un caracol taciturno, inocentemente
les había ido dejando
un rastro. Esos zapatos a modo
de sandalias de colores pastel;
sus camisas, invariablemente
con las mangas plisadas; el
andar suyo, como reprimido,
y la mirada contenida. Sobre
todo esa mirada; nada que ver
con la de resto de sus compañeros,
escrutadora e implacable, capaz
de desnudar a una muchacha al
primer reojo.
Pero ya se
sabía quien era el bandido
que había dado en esconder
la mochila, y de seguro también
lo sabía el Pedrito,
solo que su coraje no llegaba
a tanto como para encararse
directamente con el costeño,
antes bien, con ese reclamo
al enclenque cholo, le estaba
mandando un comedido recado.
Fue inútil.
Por fin se quedó sentado
en el pupitre, quieto y callado.
Este Pedrito,
mofletudo y simpático,
con su inevitable piochita desdibujada,
el bigotito de llovizna, y su
mortificada mochila siempre
terciada a la cadera, había
rolado los dos primeros años
de la facultad rondado por las
aulas casi como uno más
entre todos. Como lo quería
Raquel. En las confidencias
del receso, le aspiraba su aliento,
y hasta a veces le remendaba
los harapos.
Y todo había
transcurrido así esos
dos primeros años. Hasta
que finalmente su recato fue
vencido por ese descuido torpe:
abandonar su mochila por un
instante.
Sin otro remedio
que encarar al grupo. Se levantó
resuelto de su asiento, y se
dirigió a la puerta del
salón. Desde ahí,
trató de llamar la atención
del grupo haciendo grandes aspavientos.
-¡Compañeros!
Por favor, no se trata de acusar
a nadie en particular, compañeros.
Mi mochila es una mochila negra.
La han de haber visto. A quien
sepa donde está, compañeros,
le pido por favor, por favor
que lo diga, compañeros.
Raquel quiso
reaccionar, ir a su lado y apoyarlo.
Pero no se movió de su
asiento. ¡Por Dios! Que
patético se veía
el pobre. La voz le temblaba,
y hasta parecía que ya
se le asomaba una lágrima.
-... ¡Que
baile!... ¡Mucha ropa!...
¡Vuelta! ¡Vuelta!...
Los gritos
se sucedían sin identificarse
la fuente. Sin duda animados
porque el bullicio permitía
el anonimato.
Al Pedrito
la mirada se le contrajo. Atormentado
por la chacota, no esperó
la respuesta, dio la media vuelta
y salió arrebatadamente.
Raquel sentía
una opresión en el pecho.
Si hubiera tenido más
audacia. Pero la carrilla era
tan fiera, los muchachos tan
despiadados. Sólo cuando
lo vio marcharse hacia la seguridad
de los pasillos, saltó
de su pupitre y, corrió
a su alcance.
-Te la van
a regresar la mochila. Ni modo
que se la lleven a su casa –le
dijo. Al tiempo que trataba
de emparejarse a su paso atropellado.
-¿Yo
que le hice para que se porte
así conmigo? ¿Eso
es lo que le duele?
-Me estas hablando
en ingles ¿A quien o
a que te refieres?
-¡Al
costeño! ¡Al desgraciado
del costeño! Yo, que
no he hecho otra cosa que tratar
de ignorarlo. De hacer como
si no estuviera ahí...
-¿Y
que te importa el pendejo del
costeño? Él o
cualquiera que te haya escondido
la mochila, viene siendo lo
mismo. El caso es que no es
para tanto, hombre. Te la van
a devolver. Ven, regresemos.
Estoy segura que ya está
en tu pupitre.
-Y tendría
suerte si no apareciera ¿Sabes?
Si hubiera desaparecido. Si
se hubiera evaporado en la nada.
Ojala hubiera sido solo eso,
la nada.
El Pedrito
estaba de pie, apoyado en el
barandal de la escalera. Mientras
Raquel se instalaba a su lado,
apoyaba la mano en su hombro.
Eran tan semejantes. De todas
la compañeras de clase
no había una con quien
congeniara tanto como con él,
tan tímido, tan sensible
e ingenuo. Y compartían
la misma pasión por el
cine y sus estrellas. Y que
decir de aquellas historias
de amor que se contaban, sobre
todo las que concluían
con algún desenlace trágico
y romántico.
-No es para
tanto. Nada mas piénsalo
¿Qué ganarían
con llevarse la mochila a su
casa? ¿Es que guardabas
algo valioso? –el tono
de Raquel era severo.
-Ese costeño.
Parece estar peleado con todo
el mundo...
Cuando regresaron al salón,
lo primero que vieron fue la
mochila. Solo que en ese momento,
el costeño la sostenía
en sus manos, esculcaba en su
interior y, frente a toda la
clase, les iba mostrando el
contenido. Describía
articulo por articulo en tono
de falsete; afectando sus modales
con una exagerada y fingida
afeminación.
-¡¿Y
ahora que tenemos aquí?!
Mira nada más... ¡Para
acentuar esas facciones, para
prender ese tono apagado de
los labios! Este estupendo estuche
de cosméticos.
El cholo se
hallaba convertido en una especie
de ayudante. Cada nuevo articulo
descubierto, lo recibía
en sus manos y lo iba mostrando
en señal de triunfo.
La batahola
era general. Las carcajadas
eran al punto de las lágrimas.
Allí, en la puerta, los
ojos sombríos del Pedrito
parecieron apagarse en medio
de su descolorida cara. Y como
movidas por un impulso solidario,
las muchachas se levantaron
todas y fueron a fortalecer
a Raquel con su presencia.
El Pedrito
no se movió. Pero ya
no estaba ahí, se había
retraído a su refugio
secreto. Soñaba con un
rió, la superficie encrespada,
brillando bajo la luna llena.
Raquel comenzaba
a salir lentamente seguida por
sus compañeras. Cuando
de reojo, alcanzó a ver
que del interior de la mochila,
el costeño sacaba una
revista. Era una de esas publicaciones
coloridas de las que se encuentran
en cualquier puesto del mercado.
Raquel se detuvo y esperó,
los sentidos alertas.
-Mira nada
más... Lo que tenemos
aquí. Párense
muchachas, de seguro querrán
pedírsela después
para ojearla con más
calma. ¡Un bombón
gay! Y así se llama la
revista ¿Eh? Miren a
este cuero de chamaco que viene
en la portada.
El Pedrito
se detuvo en la salida de la
escuela. Mantuvo la espalda
derecha. Su figura regordeta
se erguía ahora con altivez.
Sus ademanes, ahora más
sueltos; su pelo teñido,
con esos mechones plateados
como las crestas de un rió
bajo la luna llena, le daban
un aire distinguido de señorita
digna. No se hubiera detenido,
pero le pareció que era
Raquel la que venía cruzando
la calle, directo a su encuentro.
Era la hora de la entrada del
turno siguiente. Ese turno que
había cambiado porque
ahora le parecía más
cómodo estudiar por la
mañana. Y es que estudiar
en la tarde, tal parecía
que se pasaba todo el día
en la escuela. Además,
así tenía todo
el crepúsculo para él
solo; para repasar sus apuntes,
buscar algún dato en
la biblioteca; para soñar
con historias de amor con algún
final trágico y romántico.
Sí,
era Raquel, solo que de seguro
no alcanzó a verlo, y
menos porque se le veía
la mirada mojada, como si de
repente hubiera derramado una
lagrima.
FIN
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