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Para qué
negarlo, cuando lo vi a través
de los cristales del bar donde
habíamos quedado, y en
lugar de la Vespino de siempre
conducía un clon perfecto
de la Harley de Peter Fonda
en “Easy rider”,
lo primero que pensé
fue que el mundo se había
vuelto loco de repente. Mi amigo
Tertuliano trabajaba como celador
en un monstruoso complejo sanitario,
y aunque llevaba ya un trienio
su sueldo no le alcanzaba ni
para pagar una rueda de la maravilla
que tripulaba. Mientras la aparcaba
y entraba apuré mi cerveza
y le pedí al camarero
otras dos, Tertuliano tenía
una historia que contar y de
ninguna manera quería
escucharla delante de un vaso
vacío.
-¿Qué
te ha pasado? -le pregunté
después de estrechar
su mano -. ¿Has vendido
a tu abuela, o a algún
otro pariente tuyo?.
-Algo mucho
menos edificante, y mucho menos
apto para todos los públicos
–me contestó risueño
-. Acerté quince en las
quinielas.
-¿Cómo?.
¿Qué te ha tocado
la quiniela a ti?. ¡No
puede ser, pero si tú
desconoces absolutamente todo
lo que tenga que ver con el
fútbol!. ¡Si ayer
mismo te tuve que explicar en
qué consiste el fuera
de juego!.
-Digamos...
que mis fuentes de información
son de una calidad contrastada
a lo largo de muchos milenios–me
susurró enigmático.
-¿Qué
me estás contando?. ¿Que
te has convertido en un Nostradamus
de Segunda B, que de repente
has descubierto que eres la
reencarnación de Merlín
el encantador?. ¡Vamos,
hombre, no pensarás que
me voy a creer semejantes monsergas!.
-Tú
habrás oído hablar
de los pactos con el diablo,
supongo.
-Sí,
y del pacto con la botella que
te has bebido antes de venir
para acá. ¿Me
vas a explicar qué es
lo que ha sucedido de verdad,
por favor?.
-¿No
me crees, eh?. Bueno, pues te
lo voy a demostrar. A ver, elige
alguna mujer al azar.
-Valeria Mazza.
-No, idiota,
alguna de las que están
aquí. Sea cual sea la
que escojas, dentro de exactamente
tres minutos se acercará,
me dará un beso de tornillo
y me escribirá su número
de teléfono en una servilleta.
-Ah, bien –recorrí
el bar con la mirada unas cuantas
veces, hasta que finalmente
di con la candidata idónea
-. La cocinera.
-¿Esa?.
No vale, te he pedido una mujer,
no semejante espantajo.
-¿Ah,
ahora te echas atrás?.
Si ya sabía yo que iba
a pasar esto. Bueno, cuando
aprendas a tirarte faroles me
avisas.
-¿No
puede ser otra?.
-No.
-De acuerdo.
Pero que conste que esto me
parece una jugada muy fea.
A continuación
cerró los ojos y puso
cara de concentración.
Yo bebí un par de sorbos
de mi cerveza, apoyé
mi codo izquierdo sobre la barra
y lo miré con una sonrisa
que no hice ningún esfuerzo
por disimular.
Pero, al cabo
de un tiempo que no cronometré,
pero que supongo no distaría
mucho de tres minutos, sucedió
exactamente lo que mi amigo
había pronosticado. La
cocinera se quitó su
mandil, cruzó la barra,
vino adonde estábamos,
rodeó a Tertuliano con
sus grasientos brazos, y le
dio un beso digno de las más
románticas películas
de Hollywood. Escribió
después unas cifras en
papelito y, antes de volver
a su puesto de trabajo, lo dobló
y lo depositó en el interior
de los calzoncillos de su remiso
amante.
-Pero, ¡esto
es increíble! –exclamé,
en cuanto remitió la
cerrada ovación con que
los clientes del bar agasajaron
al héroe -. Me vas a
contar ahora mismo todo con
pelos y señales.
-Fue el lunes
pasado. Como bien sabes, una
de las obligaciones que trae
consigo mi oficio es la realización
periódica de guardias
nocturnas. Al ser el sueldo
de celador rayano en el cero
absoluto la motivación
de los integrantes del cuerpo
es muy escasa, y menos aún
en esas situaciones. Así,
es práctica mía
habitual el salir corriendo
en cuanto el médico de
guardia no mira y refugiarme
en el departamento de hematología,
donde, desde que se difundieron
unas extraños rumores
de ataques vampíricos,
rumores que por otra parte no
son más que patrañas
porque de hecho me los inventé
yo, ya no hay nadie a partir
de las cinco. Esa noche tocó
un doctor conocido en todo el
hospital por su gran capacidad
de abstracción, o sea
por su pasmosa facilidad para
estar todo el día en
Babia, con lo cual a las once
ya estaba en mi refugio. Como
no tenía nada que hacer
me puse a hurgar en los armarios,
y he aquí que encontré
un tocadiscos del año
de la polka y una pila de discos
de vinilo igualmente vetustos,
entre los cuales uno me llamó
especialmente la atención.
-Conociéndote,
dudo mucho que fuera de Beethoven
–apunté malicioso.
-No, querido
e irónico amigo, era
algo mucho peor. Tú frecuentas
mi casa, y conoces la admiración
sin límites, o tal vez
sería mejor llamarlo
embobamiento, que siente mi
madre por Mocedades. Eres tú
para desayunar, Amor de hombre
a la hora de la siesta, Maitechu
mía como postre de la
cena. Va a todos los conciertos
que dan en Madrid, cada vez
que alguno de sus miembros sale
en la televisión ve el
programa y se echa a llorar
y, por supuesto, hace acopio
de todo lo que encuentra de
ese dichoso grupo. Pues bien,
en el lote había un disco
del que jamás había
oído hablar, lo que me
sorprendió hasta extremos
que tú no te puedes figurar.
Evidentemente, decidí
ponerlo, pero a setentaicinco
revoluciones por minuto, para
que la voz de Amaya sonara como
el pato Donald y disfrutar así
de una pequeña venganza
de tantos años de opresión.
Tertuliano
bebió un par de tragos
de su cerveza, e hizo un gesto
de disgusto al comprobar que
su temperatura no era tan heladora
como mandaban sus peculiares
cánones. Una vez repuesto,
prosiguió.
-No había
podido disfrutar ni de un minuto
de gozo cuando la habitación
se vio invadida por unos destellos
parecidos a unos que recuerdo
haber admirado en un episodio
antiguo de “Star Trek”.
No siendo yo entonces nada dado
a creer en fenómenos
paranormales, atribuí
las lucecitas a alguna broma
pesada, pero cuando el tocadiscos
pegó un triple salto
mortal y a continuación
se apareció un señor
vestido de Elvis Presley me
temí lo peor.
-Y era Lucifer,
que quería comprar tu
alma a cambio de dinero y mujeres.
-Fuera quien
fuera, la verdad es que estaba
más bien desinformado.
Las fotos que me mostró
eran de Marisol y Gracita Morales,
y cuando como gran cosa me ofreció
una televisión en color
estuve a punto de sufrir un
ataque de risa. Pero, en fin,
el demonio, por llamarlo así,
era uno de los mejores comerciales
que he conocido jamás.
Bastó con que le explicara
a grandes rasgos lo que es Internet,
y con que le enseñara
un par de páginas web
escogidas al azar, para que
adoptara el aspecto de Lawrence
Fishburne en “Matrix”
y reformulara su propuesta hasta
hacerla realmente apetitosa.
-Y le vendiste
lo que quería.
-Esa afirmación
no es del todo exacta. Creo
recordar haberte contado anteriormente
que toda esta escena tuvo lugar
en el departamento de hematología,
e incluso un analfabeto funcional
como tú está al
tanto de que los departamentos
de hematología están
repletos de muestras de sangre
de las que cualquiera puede
disponer a voluntad. El demonio
se puso a jugar al FIFA 2002
mientras yo examinaba la versión
definitiva del contrato, y aproveché
el descuido para firmar con
una sangre que no era la mía.
-Ya. Así
que has mandado al infierno
a un pobre diablo al que no
conoces y que no te ha hecho
nada. Pues menuda faena, ciertamente,
no me parece ni medio bien.
-Aunque te
cueste creerlo, no soy tan carente
de principios éticos
como tú piensas. Esa
objeción que has planteado
me causó un terrible
conflicto interior según
iba llegando el momento de estampar
mi rúbrica, aunque finalmente
lo resolví adoptando
una solución sencillamente
brillante.
-¿Qué
fue?.
-Usar tu sangre,
claro. Tú no eres ningún
desconocido, con lo que cuando
llegue el momento sabré
perfectamente quién se
va para abajo en mi lugar.
-¿Qué?.
¿Cómo has podido
hacerme esto?. No sé
qué decir, me has dejado
sin palabras.
-Pero qué
mal amigo eres. ¿No te
das cuenta de que si te lo he
contado es por que estoy ligeramente
arrepentido?. O sea que te cuento
mis penas, y en lugar de apoyarme
como es tu deber te pones hecho
un basilisco. Y, además,
tú sabías a lo
que te exponías cuando
donaste sangre en mi hospital.
-Hombre, supongo
que si invocas al demonio y
se lo explicas todo accederá
a devolverme mi espíritu.
-Tanto el tocadiscos
como el disco de Mocedades están
en lugar seguro. No pensarás
que voy a dejar que me arrebates
mi Harley Davidson nueva, con
lo que me ha costado conseguirla.
-¿Y
entonces qué hacemos?.
-No sé,
ya se te ocurrirá algo.
Mientras tanto, ¿me dejas
que te invite a un botellín,
para compensarte?.
-¿Me
ayudarás a recuperar
mi alma?.
-Ya sabes que,
dentro de lo escaso de mis posibilidades,
puedes contar conmigo para lo
que te haga falta.
-Pues venga,
pide esas cervezas.
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