|
Eran más
de las doce de la noche cuando
por fin crucé el pórtico
del salón de mi casa,
extenuado tras una semana de
travesía por las ciudades
y autopistas de la República
Federal Alemana. Mi esposa me
recibió con una dulce
sonrisa, estaba preciosa repantingada
en el sofá y leyendo
una novelita presumiblemente
romántica.
-Lo he conseguido,
cariño, las siete cadenas
de supermercados más
importantes del país
han accedido a comercializar
nuestro producto -dije mientras
me desplomaba sobre una butaca
-. Ya verás tú,
de aquí a nada la sidra
pre-escanciada “Pinín”
estará presente en los
mejores escaparates de la Unión
Europea.
-Ajá
-replicó Ágata,
sin levantar la vista de su
libro.
-Podrías
aunque sea fingir un leve interés,
¿no?.
-Tú
nunca me preguntas por mi trabajo,
mi amor. Ya sé que las
enfermeras no tenemos ni punto
de comparación con los
superejecutivos vendemotos como
tú, pero aún así
deberías mostrarme de
vez en cuando un poco de consideración.
-Cariño,
tus acusaciones carecen de ningún
fundamento -repuse sin muchas
ganas de iniciar una discusión
doméstica -. Tu éxito
profesional figura en el tercer
puesto de mi lista de preocupaciones
improductivas, y me pasaría
el día interrogándote
acerca de tus pacientes si no
tuviera que deslomarme para
hacer frente a los gastos en
que incurres cada vez que practicas
una de tus expediciones a las
“boutiques” de la
calle Serrano.
-Si me voy
de compras es únicamente
porque me aburro, tantas horas
aquí sola y sin poder
contar a nadie cómo me
va -repuso melosa.
-A ver, si
no recuerdo mal -enuncié
conciliador, mientras consultaba
a la agenda -, hace tres meses
te mostraste inquieta por la
escasez de las reservas de sangre
de los grupos A, B y O en tu
hospital, y fue tal tu indignación
ante la poca disposición
de la gente a donar que te viste
obligada a adquirir un abrigo
de visón en un comercio
cuyo nombre preferí no
apuntar.
-¡Pero
si desde que tenemos a Pichi
ese problema está solucionado!.
De verdad que me tienes abandonada,
seguro que a las secretarias
de tu departamento no las tratas
así -respondió
Ágata, acompañando
a sus recriminaciones de un
muestrario de mohines especialmente
adecuados para la ocasión.
-¿Quién
es ese Pichi del que hablas?.
-Un cielo de
vampiro, nos lo trajeron unos
inmigrantes rumanos a quienes
iban a expulsar, para que lo
cuidáramos y le hiciéramos
compañía.
-Cariño,
la imaginación nunca
ha sido una de tus cualidades
más destacadas, y esa
es precisamente una de las razones
de que accediera a casarme contigo
-busqué con la mirada
un “Financial times”,
u otra publicación seria
en cuya lectura pudiera refugiarme
-. Si no te importa, me gustaría
que las cosas siguieran como
hasta ahora.
-Al principio
no sabíamos muy bien
qué hacer con él
-continuó impertérrita
-. Le dejamos quedarse en urgencias,
pero era un engorro porque cada
mañana se nos moría
y había que enterrarlo,
aparte de que el pobrecito tenía
que comer y a los demás
pacientes no les hacía
mucha gracia su régimen
alimenticio, especialmente cuando
dicho régimen les hacía
llegar a los quirófanos
sin una molécula de sangre
y perecer allí como chinches.
Y así estuvo la situación
hasta que al doctor Lentejo,
que como supongo ignoras es
el gerente de mi hospital, se
le ocurrió una idea fabulosa.
-Interesante,
parece ser que esta primavera
va a ser muy propicia para invertir
en calzoncillos marcapaquete
-comenté mientras fingía
hojear las páginas de
un suplemento de moda.
-Bien, por
una parte teníamos un
vampiro muy capacitado para
extraer ingentes cantidades
de sangre, pero a quien la política
urbanística de Ceaucescu
había quedado sin castillo
y más tirado que una
colilla, y que vagaba por los
pasillos de nuestro edificio
con una cara que daban ganas
de pegarle dos bofetadas; por
otro lado, y tal y como te has
acordado, nuestras reservas
estaban próximas al cero
absoluto, hasta el punto que
estábamos planteándonos
usar salsa de tomate en las
transfusiones. Así, la
solución del doctor Lentejo
fue sencillamente brillante:
permitirle instalar su mausoleo
en la cafetería de subalternos,
y que a cambio él nos
entregara la mitad de sus extracciones
nocturnas.
-A ver... Dos
vertical: “Héroe
mitológico griego”,
ocho palabras. Vaya, “Onassis”
no sirve.
-Este pacto,
como te puedes imaginar, originó
no pocos escrúpulos de
conciencia entre los sectores
más cercanos al Opus
Dei, y que por tanto tomaban
el juramento hipocrático
en un sentido literal y no como
los demás. Pero, al contrario
que el asesinato, el vampirismo
no está tipificado en
el Código Penal, con
lo que si Pichi se limita a
succionar menos de una cierta
cantidad por persona no incurre
en ningún delito, y el
prestigio de los médicos
y ATSs de mi centro se mantiene
fuera de toda tacha. Y, por
otra parte -añadió
tras una pausa de unos segundos
-, ya te he explicado antes
que es un encanto, y sus setecientos
años de existencia le
han dado tablas de sobra para
complacer a una mujer sin necesidad
de dejarla sin sangre.
-¿Quieres
decir que... ? -levanté
la cabeza en su dirección,
súbitamente alterado.
-Que folla
como Dios, mi amor.
-¡Pero
esto es increíble!. ¡Me
acabas de soltar la historia
más ridícula de
la historia de las historias
ridículas para justificar
el haberme puesto los cuernos!.
¡No me lo puedo creer,
esto es lo nunca visto!.
-No es una
invención mía,
cariño, fíjate
bien -Ágata se acercó
hacia mi posición, y
me mostró dos pequeñas
incisiones en su cuello -. Como
las jeringuillas de mi hospital
se esterilizan rociándolas
con agua bendita nunca había
donado hasta su llegada, y Pichi
se aprovechó del estado
en que me dejó para seducirme.
¿Verdad que es una ricura?.
-¿Y
con eso qué me quieres
decir? -contesté furibundo.
-Que como pidas
el divorcio alegando lo que
te acabo de contar no sólo
ningún juez te va a creer,
sino que te tomarán por
loco y no me resultará
muy difícil obtener tu
incapacidad y con ella la totalidad
de tus bienes. Y ni se te ocurra
hacerme seguir por un detective
-añadió -porque
Pichi tiene un talento especial
para detectarlos, y en convertirlos
en bombas humanas dispuestas
a autoinmolarse junto con la
persona que los contrató.
-¡Ágata,
esto... !.
-¿Pero
no te das cuenta de que lo he
hecho todo para salvar nuestro
matrimonio? -dijo, tras acallarme
con un beso -. Con el estado
de abandono en que me tienes,
tarde o temprano me habría
acabado buscando un amante,
y a poco que tuviera dinero
te habrías quedado tú
solito con tus cifras de ventas
de monopatines. En cambio Pichi
será todo lo maravilloso
que quieras, pero no es más
que un vampiro sin posibles,
y como no voy a irme a vivir
a un sepulcro ni atada nada
ni nadie podrá arrancarme
de tu lado. ¿No es maravilloso,
querido?.
Por primera
vez en mi vida no supe cómo
contestar a una pregunta.
-¡Venga,
mi amor, alegra esa cara, que
estás de un mustio que
parece que te hubiera atropellado
un tranvía! -añadió
pizpireta, mientras se levantaba
y cogía un bulto de la
mesita para revistas-. He bajado
al videoclub y te he traído
una cosita que ya verás
tú cómo te va
a encantar, para que luego no
vayas por ahí quejándote
de que no me preocupo por ti.
No me sorprendió
mucho cuando me percaté
de que la película era
“Drácula”.
|