Yo
tenía una bici
roja,
yo tenía un amigo
en África...
Nació
a orillas del Almar, un
río pequeño
y ambicioso que se dirige
inevitablemente a su destino:
Al-mar, a los océanos,
a lo desconocido. Almar,
una metáfora de
su propia vida.
Fue a
un colegio de curas, logró
aprender todo lo que no
enseñan y a sumar
y escribir casi a la perfección.
Enseguida se hizo director,
organizó las clases,
el recreo, incluso la
limpieza ¡agua vaaa!
Calderos y calderos se
deslizaban por corredores
con tal fuerza que llegaban
a la vez al piso de abajo
por el techo y la escalera.
En los deportes era un
hacha –siempre el
campeón- campeón
de pantalones rotos, bolsillos
descosidos y algún
que otro chichón
¡ahí va el
balón, esa cabeza!
Pero los balones no siempre
eran inteligentes y confundían
la portería con
la ventana del Director,
el otro, el que llevaba
sotana hasta los pies.
Cuando esto sucedía
se producía el
“choque de competencias”. |
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De Mancera
a Macotera...
Y pronto el
colegio se hizo pequeño
y el pueblo demasiado llano
y la torre de ladrillo rojo
demasiado baja para vigía
de su mar. Y así, un
día partió “de
Mancera a Macotera, de San Juan
de la Cruz a Lucifera...”
al Madrid de Carabanchel, a
la pandilla a los primeros cigarros,
las primeras correrías,
a los cines de barrio, a la
doble sesión, no sé
muy bien si porque había
dos películas o porque
aprovechaba las últimas
filas. Y surgió su amor
por el cine, adoró los
primeros planos y voló
a Casablanca unos cientos de
veces.
Poco a poco
fue dando rienda suelta a su
“libertad”, a sus
impulsos, a su afán de
transformación de todo
lo que tocaba o percibían
sus sentidos. Fue generando
una enorme pasión por
aprender todo lo que aprehendían
sus manos, su vista, su oído.
Su retina fue su primera cámara
fotográfica, sus manos
¡ay sus manos! Eran capaces
de modelar, reparar o destrozar
todo lo que caía en ellas.
Y al igual
que aquel colegio, su casa,
su entorno, se le hizo pequeño,
comenzó a vivir su propia
vida. Dejó la familia,
buscó trabajo, hizo mil
y una chapuzas, fue pinche,
camarero, monitor, arreglador
de máquinas y enseres
varios... y un día decidió
estudiar, así como lo
hacían otros, con matrícula,
escuela y un horario fijo. Superó
todas las pruebas que le pusieron
y decidió hacerse maestro
–MAESTRO- y quiso ser
el mejor, el director que había
sido cuando niño.
Madrid y los
Reales Sitios...
Comenzó
su andadura pedagógica
por los Reales Sitios, Aranjuez
fue su primer destino –no
podía ser menos- las
falúas, el Tajo, los
niños, el colegio, las
fresas, los paseos, fueron testigos
de su buen hacer. Sacó
el “cole” a la calle
y en los ratos libres se ocupó
de esa gente de calle que nunca
fue al colegio. Su atuendo peculiar,
deportivo, informal, atrevido
quizá, le abrió
todas las puertas, le cerró
algún salón. Frutas
en el mercado, flores en los
kioscos, risas en las aceras,
las madres y los niños
–como en Fuenteovejuna-
iban todos a una. Y se sintió
feliz, ya estaba todo hecho
. Preparó su macuto y
se vino a Madrid.
Madrid castizo
y progre, cultural y anarquista,
que bullía de ganas de
vivir, donde cantaban aires
de libertad hasta la Puerta
de Alcalá, le pareció
maravilloso, único. Podía
enseñar y aprender al
mismo tiempo, enseñaba
a leer, rodaba cine, escribía
cuentos y mientras sus alumnos
sumaban, él hacía
logaritmos, raíces cuadradas,
para estirar el presupuesto
y así poder comprar balones,
botas, camisetas para el equipo
del G.G. ¡ Que foto con
la melena al viento, la camiseta
roja y los chavales...!
Y otra vez
el mundo se le hizo pequeño
y se acordó de Almar
y cogió la mochila, un
avión y Casablanca y
comenzó su vida, otra,
en otras tierras, con otras
gentes, otro color, un nuevo
calendario. En una de sus cartas
decía:
“...
el desierto es inmenso, tanto
que desde arriba los ríos
son como dedos, como huellas
sobre la pared y de vez en cuando
una palmera...”
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