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LA
HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...
Bodas de Sangre
cabría aplicarle la etiqueta
de clásico contemporáneo,
si el término no estuviera
tan sobado. En rigor lo es.
Federico García Lorca
tejió un relato realista
a la vez que alegórico,
en un tono naturalista combinado
con elementos simbólicos.
Una historia popular que contiene
buena parte de los elementos
de las grandes tragedias. Hace
poco volví a ver Las
Troyanas de Eurípides
y veía muchas similitudes
en el desgarro de Hécuba,
la ex reina de Troya, con el
dolor, la ira, el resentimiento
y la fortaleza de la madre de
Bodas de Sangre. Quizás
sea azaroso, quizás no,
pero el caso es que en Lorca
encontramos los grandes temas
del teatro mostrados de una
manera accesible al pueblo llano
de su época, sin renunciar
por ello al lirísmo.
Creo sinceramente que Bodas
de Sangre es el mejor exponente
del teatro Lorquiano, un texto
redondo en el que cada frase
tiene su significado, cada objeto
encierra una simbología
y cada escena tiene una justificación
dramática.
Con esa convicción
acudí al Centro Dramático
Nacional para ver un montaje
dirigido por José Carlos
Plaza en coproducción
con el Centro Andaluz de Teatro.
Como cabía esperar el
montaje es perfecto en cuanto
a la producción: una
escenografía sencilla
y austera pero a la vez majestuosa
en la evocación de los
espacios naturales; una iluminación
naturista, precisa, bella; vestuario
adecuado y generosidad en el
número de componentes
del elenco. Las canciones de
la obra están interpretadas
con mimo y naturismo. La coreografía,
firmada por Cristina Hoyos,
es sencilla, quizás demasiado
para tan ilustre firma que además
conoce a la perfección
el montaje, pero sin duda efectista.
José
Carlos Plaza ha optado por un
montaje respetuoso con el texto
de Lorca evitando cualquier
tentación a la adaptación,
algo natural dada la grandeza
del libreto pero digno de agradecer.
Sin embargo en la dirección
de actores si que se aprecian
decisiones arriesgadas de resultados
irregulares. El tono de tragedia
contagia las interpretaciones
desde los primeros cuadros,
convirtiendo la premonición
en el primer capítulo
del drama propiamente dicho.
Los personajes aparecen afectados
desde el principio, sus antecedentes
les marcan de manera intensa
y dejan entrever con su actitud
el desenlace de la obra. Es
curioso como por ejemplo el
papel de la madre, fundamental
en la obra, va perdiendo intensidad
hacia el final cuando la tragedia
le toca directamente. También
hay tramos en que el tono de
las actuaciones entra en perfecta
consonancia con el drama lorquiano
y hay personaje, como la criada,
el hijo, el padre de la novia,
las muchachas que nos transportan
con facilidad al escenario al
que el poeta quiso llevarnos.
Entre los hallazgos, también
se encuentra el tratamiento
del calor asfixiante del verano
andaluz, como un factor importante
en la obra y palpable en todo
momento por el espectador.
La parte más
alegórica y simbolista
de la obra está resuelta
con cierto alarde tecnológico
y condicionada por la inclusión
de la voz de Ana Belén
que musica los poemas de la
luna sedienta de sangre. Su
voz grabada obliga a la mendiga
a usar microfonía en
su diálogo con la luna,
algo que para mi gusto debe
ser un recurso de utilización
restringida en teatro. No obstante
el efecto ofrece un resultado
aceptable y evocador de esa
parte simbólica y terrorífica
que hace aún más
grande esta historia.
Siempre es
un placer asistir a una representación
de Bodas de Sangre, también
ocurre con la propuesta del
CDN, al que hay que alabar el
gusto de recuperar a Lorca en
su repertorio y hacerlo además
con esta obra. El día
que asistí a la función
estaba lleno de adolescentes
que a buen seguro fueron conducidos
al redil del teatro por sus
profesores. Temí una
función difícil,
interrumpida por el desinterés
del forzado público,
pero Lorca sigue conectando
con el pueblo, también
con el del s. XXI, porque su
teatro es universal y Bodas
de Sangre sigue conmoviendo,
emocionando y haciendo vibrar
a todo el que presencia este
drama ubicado en la España
rural de principios del s. XX
e inspirado en hechos reales.
Las cosas… |






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