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Arrastrado por una publicidad
extremadamente atractiva somos
muchos los que nos hemos acercado
al Nuevo Teatro Alcalá
esperando encontrarnos tras
sus puertas un espectáculo
que difícilmente podamos
olvidar. Lo cierto es que todo
apuntaba en esta dirección:
empezando por entradas para
todos los bolsillos, desde unas
relativamente baratas (15 €)
que, aunque se anuncian en zona
de visibilidad reducida, lo
cierto es que permiten apreciar
los mismos detalles que desde
los asientos vendidos a 20 o
25 €; hasta otras, a 65
€, desde las cuales llegamos
a formar parte de la función,
ocupando un lugar del legendario
Kit Kat Klub mientras disfrutamos
de una copa de champán
incluida en el precio.
Todo idílico.
Y una vez que entras para ocupar
tu lugar la vista se pierde
rápidamente en un escenario
exquisitamente recreado, que
sin necesidad alguna de actuación
ya comienza a transmitir todo
el sentimiento que esperabas
apreciar cuando decidiste acudir
a disfrutar de una tarde de
cabaret. Una espléndida
iluminación de sutiles
candiles y bombillas se esparce
por toda la sala, y durante
la obra se irán conjugando
a la par de las emociones que
se vivan sobre las tablas, mientras
crean una dulce contradicción
en sí mismos: las luces
de las mesas, suaves, reflejan
la melancolía que las
artes escénicas en general
han dado a todo espectáculo
de cabaret, contrastando con
las bombillas que anuncian la
función, la alegría
de cartón.
Así,
mientras te descubres embebido
entre tanta belleza y tanto
gusto se pone en marcha la obra.
Basada en la mítica película
de Liza Minelli del mismo nombre,
“Cabaret” nos cuenta
la historia de uno de tantos
clubs que poblaban el Berlín
de los ya avanzados años
30, donde el nazismo cada vez
iba asentándose más
en una sociedad que parecía
haber olvidado demasiado pronto
antiguas desgracias. Sally Bowles,
una bailarina que observaba
como sus tiempos de mayor gloria
se iban esfumando conoce a Cliff,
un escritor americano que ha
viajado hasta la capital alemana
deseoso de vivencias que reflejar
en sus libros. La historia gira
en torno a la relación
entre los dos y con los demás
huéspedes de la pensión
donde compartirán estancia.
El amor en la tercera edad,
las dudas sobre la propia sexualidad,
la vida de una prostituta y
la amistad por encima de las
ideologías son temas
que se ponen encima de la mesa.
Pero una vez
enfocado el argumento todo parece
resquebrajarse. Quizá
la mala suerte me hizo presenciar
la obra en un mal día,
pero lo cierto es que no hay
excusas. Natalia Millán
peca con una Sally Bowles sobreactuada,
irremediablemente impulsiva,
hiperactiva hasta en momentos
donde debía imponerse
la mayor de las calmas. Quizá
su mejor baza sea su notable
voz, vertida con cierta brillantez
en la representación
de la canción principal,
la cual se desarrolla en solitario
y en un momento en que los sentimientos
deberían estar al límite.
Sin embargo, es una abulia real
la que se llega a apoderar del
espectador durante la mayor
parte de la obra. El escritor
entusiasta y soñador
de Manuel Bandera es un personaje
extremadamente frío,
aburrido, plano, mientras que
el grupo de bailarinas que acompañan
a Natalia parecen estar realizando
un trabajo realmente pesado
y desagradable.
La apatía
que debería tratar la
obra aquí parece que
es una apatía real: la
triste sensación de que
casi ninguno de los actores
quería estar ahí
en ese momento. Pero una afirmación
como ésta sería
tremendamente injusta si no
hablamos de Emcee, el personaje
al que da vida Asier Etxeandia,
un joven actor al que conocemos
de series televisivas como “Un
paso adelante”. Emcee
es el maestro de ceremonias,
un ser descarado, sensual, atrevido,
que hace las veces de “alma
de la escena”, de reflejo
de aquellas cosas que los personajes
sienten. Un papel complicado,
pero realmente bello. Digno
de admirar el trabajo de este
actor que aunque se encuentra
al alba de su carrera parece
llevar a su actuación
las arrugas de muchos años
encima de los escenarios. Sinceramente,
lo mejor.
Pinceladas
sobre historias que carecen
del amor de los actores por
sus personajes, éste
es el gran punto débil
de la obra. Llamada a ser recordada
como uno de los mejores musicales
que se anunciaran por las calles
de Madrid, este “Cabaret”
necesita de mucha reflexión
y autocrítica para alcanzar
este objetivo. Ahora cierran
por agosto, y esperemos que
este periodo de descanso les
valga para entender que un gran
musical se hace día a
día, obra a obra. Esa
pasión es lo que más
se echa en falta en este bello
Kit Kat Klub. |



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