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CABARET

Autor: Fred Ebb, John Kander y Joe Masteroff
Directores: Sam Mendes y Rob Marshall
Adaptación y dramaturgia: Jaime Azpilicueta
Con Natalia Millán, Manuel Bandera y Asier Etxeandia, entre otros.

NUEVO TEATRO ALCALÁ

Arrastrado por una publicidad extremadamente atractiva somos muchos los que nos hemos acercado al Nuevo Teatro Alcalá esperando encontrarnos tras sus puertas un espectáculo que difícilmente podamos olvidar. Lo cierto es que todo apuntaba en esta dirección: empezando por entradas para todos los bolsillos, desde unas relativamente baratas (15 €) que, aunque se anuncian en zona de visibilidad reducida, lo cierto es que permiten apreciar los mismos detalles que desde los asientos vendidos a 20 o 25 €; hasta otras, a 65 €, desde las cuales llegamos a formar parte de la función, ocupando un lugar del legendario Kit Kat Klub mientras disfrutamos de una copa de champán incluida en el precio.

Todo idílico. Y una vez que entras para ocupar tu lugar la vista se pierde rápidamente en un escenario exquisitamente recreado, que sin necesidad alguna de actuación ya comienza a transmitir todo el sentimiento que esperabas apreciar cuando decidiste acudir a disfrutar de una tarde de cabaret. Una espléndida iluminación de sutiles candiles y bombillas se esparce por toda la sala, y durante la obra se irán conjugando a la par de las emociones que se vivan sobre las tablas, mientras crean una dulce contradicción en sí mismos: las luces de las mesas, suaves, reflejan la melancolía que las artes escénicas en general han dado a todo espectáculo de cabaret, contrastando con las bombillas que anuncian la función, la alegría de cartón.

Así, mientras te descubres embebido entre tanta belleza y tanto gusto se pone en marcha la obra. Basada en la mítica película de Liza Minelli del mismo nombre, “Cabaret” nos cuenta la historia de uno de tantos clubs que poblaban el Berlín de los ya avanzados años 30, donde el nazismo cada vez iba asentándose más en una sociedad que parecía haber olvidado demasiado pronto antiguas desgracias. Sally Bowles, una bailarina que observaba como sus tiempos de mayor gloria se iban esfumando conoce a Cliff, un escritor americano que ha viajado hasta la capital alemana deseoso de vivencias que reflejar en sus libros. La historia gira en torno a la relación entre los dos y con los demás huéspedes de la pensión donde compartirán estancia. El amor en la tercera edad, las dudas sobre la propia sexualidad, la vida de una prostituta y la amistad por encima de las ideologías son temas que se ponen encima de la mesa.

Pero una vez enfocado el argumento todo parece resquebrajarse. Quizá la mala suerte me hizo presenciar la obra en un mal día, pero lo cierto es que no hay excusas. Natalia Millán peca con una Sally Bowles sobreactuada, irremediablemente impulsiva, hiperactiva hasta en momentos donde debía imponerse la mayor de las calmas. Quizá su mejor baza sea su notable voz, vertida con cierta brillantez en la representación de la canción principal, la cual se desarrolla en solitario y en un momento en que los sentimientos deberían estar al límite. Sin embargo, es una abulia real la que se llega a apoderar del espectador durante la mayor parte de la obra. El escritor entusiasta y soñador de Manuel Bandera es un personaje extremadamente frío, aburrido, plano, mientras que el grupo de bailarinas que acompañan a Natalia parecen estar realizando un trabajo realmente pesado y desagradable.

La apatía que debería tratar la obra aquí parece que es una apatía real: la triste sensación de que casi ninguno de los actores quería estar ahí en ese momento. Pero una afirmación como ésta sería tremendamente injusta si no hablamos de Emcee, el personaje al que da vida Asier Etxeandia, un joven actor al que conocemos de series televisivas como “Un paso adelante”. Emcee es el maestro de ceremonias, un ser descarado, sensual, atrevido, que hace las veces de “alma de la escena”, de reflejo de aquellas cosas que los personajes sienten. Un papel complicado, pero realmente bello. Digno de admirar el trabajo de este actor que aunque se encuentra al alba de su carrera parece llevar a su actuación las arrugas de muchos años encima de los escenarios. Sinceramente, lo mejor.

Pinceladas sobre historias que carecen del amor de los actores por sus personajes, éste es el gran punto débil de la obra. Llamada a ser recordada como uno de los mejores musicales que se anunciaran por las calles de Madrid, este “Cabaret” necesita de mucha reflexión y autocrítica para alcanzar este objetivo. Ahora cierran por agosto, y esperemos que este periodo de descanso les valga para entender que un gran musical se hace día a día, obra a obra. Esa pasión es lo que más se echa en falta en este bello Kit Kat Klub.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
Miguel Caballero