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SINOPSIS
Un músico
de orquesta lucha contra su
instrumento(el contrabajo) cómo
si luchara con su propia vida,
cansado de ser el último
de la línea de los músicos.
Esa lucha le hará analizar
los porqués de la música,
el trabajo o el amor, justo
antes de tener que acudir, un
día más, a un
concierto.
LA
HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...
La mayor parte
de las veces en que una obra
o un actor en concreto es nombrado,
entrevistado, envidiado o mentado
en cualquier situación,
ni me acerco al teatro donde
se dé cobijo a ese fenómeno
mediático.
El caso es
que este es un país donde
la existe una categoría
de actores que se engloban en
el grupo de “actores de
teatro de siempre” y dentro
de él se encuentra Rafael
Álvarez “El brujo”
y, a pesar de salir por todas
partes con su trilogía
El lazarillo, San Francisco
Juglar de Dios y El Contrabajo
y llegar a hartar, a veces hay
que ver tragarse esa ética
y apoyo de lo “alternativo”
y ceder ante el teatro de actor.
Según
uno se introduce (porque no
entras, te introduces) en el
patio de butacas, se puede observar
en el escenario una estructura
redonda, sin techo de aproximadamente
dos metros de altura, de tela
que recuerda a las pantallas
de las lámparas, de hecho
tiene una forma parecida.
Él ya
está ahí hablando
con el público, sin saber
muy bien si es el actor o el
personaje. Se observa la silueta
del contrabajo, instrumento
que da titulo a la obra basada
en una novela del mismo autor
de El Perfume, Patrick Süskind.
A la orden
de ¡ale hop! la pantalla
de la lámpara se abrió
para dar paso a latas de cerveza,
papeles, partituras, desorden
y caos de artista. La obra en
sí es entretenida, hace
pensar a quien quiera pensar,
y si no te apetece pensar, pues
no tampoco te hace darle muchas
más vueltas. La vida
de un músico de orquesta,
hastiado de su vida, enamorado
sin reconocerlo y en continua
lucha consigo mismo y con sus
sentimientos es el eje (no central,
sino único) de la obra.
Una hora y
45 minutos de espectáculo
en el que un único actor,
sin parar de hablar, oír
música y beber cerveza(creo
que es lo que más me
impacto, la cantidad de latas
que pudo llegar a vaciar en
escena), dialoga de forma directa
con un publico que puede interactuar
con él casi en todo momento,
aunque solo sea de palabra.
Un hombre que dice lo que quiere
manteniendo cuatro pinceladas
de lo que era su idea original
y lo demás lo improvisa.
O no. O se sabe el texto al
dedillo y deja al público
con la duda.
El argumento
de la obra no es una maravilla,
pero hay pocos actores que sean
capaces de engancharte solo
con la palabra y cinco objetos
a su alrededor y que, además,
produzcan, versionen, diseñen
y sean capaces que mantener
cuatro obras más en cartel
al mismo tiempo.
Me quedo con ganas de volver
a verla y apuntar todos los
cambios a ver quién engaña
a quien.
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