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SINOPSIS
Una obra, sobre
el difícil proceso del
crecimiento. Narra tiempo después
y a través de los recuerdos
un momento clave en la existencia
de tres adolescentes, unas horas
en las que todo cambió.
Los protagonistas se enfrentan
a situaciones crudas, dramáticas,
pero que desde sus pocos años
viven con la coraza del humor,
el desgarro y la camaradería.
LA
HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...
Siguiendo la
estela argumental de la película
Barrio, uno de los
colaboradores de Fernando León
y coguionista de Los Lunes
Al Sol, Ignacio del Moral,
ha desarrollado este pieza teatral,
aunque según sus propias
aclaraciones, el proyecto surge
de una obra breve, llamada “Oseznos”,
que se representó en
el 92, junto a otras.
Sea como fuere,
nos encontramos ante una obra
protagonizada por adolescentes
de diferente estrato social,
pero unidos por el barrio y
por una acusada y variopinta
problemática dentro de
sus respectivos senos familiares.
Sin rozar la marginalidad estética
y económica, del Moral
carga en exceso el drama de
cada uno de los chavales, hasta
el punto de afectar al realismo
pretendidamente perseguido.
Desde luego hay hallazgos dentro
del texto y sentido del humor,
aunque éste entre demasiadas
veces en conflicto con el dramatismo
de situaciones, que bien merecen
otro tratamiento distinto a
una salida de tono para provocar
la carcajada. El aporte de los
tres actores al lenguaje utilizado
parece fundamental para imprimir
frescura y cierta credibilidad
a los diálogos, sin embargo
en ellos reside el principal
problema de la obra.
Eloy Yebra
y Críspulo Cabezas se
dieron a conocer por sus papeles
en Barrio, y después
han hecho alguna incursión
en el cine. Fernando Ramallo
fue el descubrimiento de David
Trueba para su Buena Vida, y
después ha intervenido
en numerosas películas
como adolescente en perpetuo
conflicto (Carreteras Secundarias,
Krampac, El Corazón del
Guerrero...). Es decir,
son chavales sacados de castings
cinematográficos que
han dado buenos resultados en
el cine, pero que carecen de
cualquier formación teatral.
Y eso se nota. Sus textos no
son interpretados, sino más
bien recitados y los recursos
actorales con que cuentan se
antojan limitados. Se detecta
cierto agarrotamiento ante la
perspectiva de las tablas y
se desvela así un aspecto
deficitario en el montaje de
la obra que ha optado por aprovechar
su tirón como actores
conocidos en las pantallas,
antes de plantearse un reparto
cualificado. Un nuevo y triste
ejemplo del poco respeto que
la gente del cine y la televisión
muestra ante el teatro.
Si el espectador
es capaz de olvidarse de estas
circunstancias, quizás
pueda disfrutar de una obra
entretenida, que toca temas
espinosos y en ocasiones interesantes,
y que no cabe duda, esta bien
estructurada y contada. Hay
un esfuerzo en hacer un libreto
que trasciende de la corriente
monologuista y musical que nos
asola, y en el que se da paso
a otros temas, aunque esten
notoriamente manidos por el
cine y la televisión.,
pero aún así,
ese esfuerzo de resultados tibios,
no hay que dejar de reconocerlo.
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