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METAMORFOSIS
La Fura del Baus

Dirección: Àlex Ollé (La Fura dels Baus)

Dirección escénica y dramaturgia: Àlex Ollé y Javier Daulte

TEATRO MARÍA GUERRERO

SINOPSIS

La metamorfosis de Franz Kafka supone para La Fura dels Baus y Javier Daulte un inmejorable punto de partida para explorar las angustias del hombre urbano del siglo XXI.


LA HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...

De nuevo, una vez más, me encuentro acudiendo a presenciar la última propuesta artística de La Fura Dels Baus (esta vez en el Teatro María Guerrero, de Madrid) y... si ya hablar de los montajes que son experiencias propias de ellos me ha resultado siempre complicado... comentar los espectáculos que no tienen origen en una idea que haya surgido directa e inicialmente de las entrañas de este colectivo me supone de verdad un arduo ejercicio de funambulismo. Quiero decir que —aunque tengo más o menos asimilado el concepto de esta organización delictiva dentro del panorama actual del arte, por haber “estudiado” y asistido a casi todos sus montajes— si la génesis de la representación parte de un texto ya escrito, en esta ocasión se trata de “La Metamorfosis” de Kafka, la combinación de parámetros teatrales más habituales y los elementos novedosos que ellos siempre aportan hacen que tenga que estar replanteándome el sentido del equilibrio de manera casi constante. Creo que ir al teatro, sentarme a ver una obra montada por La Fura Dels Baus es un vertiginoso “paseo” por esa cuerda floja que ellos tienden entre el concepto clásico de teatro y los nuevos territorios escénicos que tanto les apasiona descubrirnos y que a mí me fascinan. Digo esto porque cuando estrenaron “Faust 3.0.”, basado en “Fausto” de Goethe, y posteriormente —aunque de una manera menos ”traumática”— cuando vi “XXX” (versión libre de “La Filosofía En El Tocador”, de Sade) ya experimenté aquél vértigo y todavía hoy recuerdo la poderosa sensación de ir a caer en el vacío al siguiente paso.

Bueno... Ya hace tiempo de eso y poco a poco he logrado controlar ese temor. No es que no me cause ninguna impresión tener que andar de esa manera, pero es verdad que no me preocupo demasiado... ahora siempre me preparo algún arnés de seguridad. Ahora bien, es verdad que aunque también tenía la red debajo, en esta última obra —“Metamorfosis”— la percepción de esa inestabilidad no ha sido tan acentuada, y no porque ya no me vayan a pillar por sorpresa (que algo de eso puede haber), sino porque creo que en la adaptación del mítico libro de Kafka han hecho más hincapié en la idea de que lo que le acontece al protagonista, y las repercusiones que tiene para los demás personajes, es algo que puede llegar a ser tan cotidiano (con todo lo que de terrible tiene que eso se pudiera aceptar así... sin apenas inquietarnos) que en la espectacularidad que tendría semejante hecho y el estupor que debería causar. Y tan bien lo han sabido plantear y desarrollar, tan cercano nos lo han presentado que yo en todo momento me noté seguro. Ahí reside el principal mérito de la puesta en escena de este singular texto: en que, de una forma verdaderamente sutil, la representación de la metamorfosis que sufre el personaje principal pasa a convertirse en algo que asimilamos rápidamente, a pesar de que tanto emocional —como visualmente— debería dejarnos impactados de por vida. Esa es la esencia del libro de Kafka y que La Fura Dels Baus ha sabido captar con toda la mezcla de miserabilidad, incredulidad, angustia y resignación que genera el episodio del que arranca “la Metamorfosis”.

Evidentemente para conseguir esta sensación de manera tan acertada, los personajes que pueblan y recorren la escena están perfectamente definidos (son fácilmente reconocibles por todos en nuestro entorno) y sus impulsos completamente subordinados a lo que se considera llevar una vida normal y sin sobresaltos. Pero nada de esto nos llegaría así de forma tan rotunda de no ser —y no podía ser de otra forma— porque el reparto realiza un trabajo verdaderamente fantástico al lograr imprimir a cada una de sus reacciones toda la cotidianeidad que implica esa vida monótona. Realmente admirable el trabajo de los actores y, claro está, la dirección artística así como la dirección escénica y dramaturgia.

Sé que no diré nada nuevo, pero tengo que hacerlo porque si no sería injusto, si digo que en nada desmerece todo el diseño de iluminación y escenografía que acompaña a esta labor actoral. Nada como un estudio, casi de carácter anatómico-forense, de las pulsiones y los movimientos de los personajes —y la tensión dramática de cada instante— para poder dar verdadero sentido a los elementos que aparecen y desaparecen del escenario y lograr la intensidad justa que requiere cada acción. Y cuando hablo de elementos no me refiero solamente a los tangibles (mobiliario, el cubo, los focos, etc) me refiero, y mucho, a otros inmateriales como al uso tan acertado de las proyecciones de imágenes, al juego de perspectivas, a la intensidad de las luces y a los colores que inundan o de pronto desaparecen. Y por encima de cualquier detalle de todos esos elementos destacaría el mérito que tiene haber logrado mantener ese desasosiego soterrado sin llegar a perder, salvo en los momentos concretos en que la desesperación estalla, la apariencia de normalidad que impregna toda la obra. No hay ningún elemento, si exceptuamos —ocasionalmente— el habitáculo donde se produce la espantosa mutación, que acapare nuestra atención por encima de el drama que se está desarrollando, y esto a mi juicio es algo realmente digno de admiración, pues se podría haber caído fácilmente en la tentación de incluir propuestas impactantes para realzar toda la fuerza visual que tendría una metamorfosis de este tipo en un ser humano. La Fura Dels Baus, demostrando (nuevamente) una de las capacidades escénicas más auténticas que tiene en toda su trayectoria, consigue de manera sencilla pero con gran fuerza estética, hacernos ver tal cambio sin caer en el recurso del efectismo inmediato.

En cuanto al “tempo” de la obra también hay que reconocer que ha sido llevado con un pulso maestro. Mientras que en otras propuestas, no sólo de ellos mismos, se tiende con cierta frecuencia (sea esta ya de forma premeditada o no) a romper bruscamente el ritmo para generar una sensación de incertidumbre, y así captar a toda costa la atención del espectador, en “Metamorfosis” todo el tiempo transcurre bien pautado. Nada se acelera o se ralentiza para así mantener al espectador en tensión porque sí, no. En esta propuesta la intensidad se consigue de manera uniforme, lo que no quiere decir que no sea creciente, porque la tensión no se genera en nada ajeno a la obra... está en la misma esencia de la representación, nace con ella, crece con ella... porque con esta versión de Kafka, como bien señala la propia Fura Dels Baus, se comprueba que ya no son necesarios grandes motivos para una transformación tan brutal, que la angustia que cada día envuelve más y más al ser humano en la sociedad puede ser suficiente para convertirnos en algo espeluznante. Y las proyecciones de determinados temores, la mezcla de imágenes grabadas con la acción que transcurre en ese preciso instante en el escenario... pero con diferentes perspectivas y en diferentes intervalos de tiempo, el habitáculo que ofrece como diferentes puntos de fuga (pero que a la vez es una celda sin horizonte), los personajes que viven durante unos instantes el tiempo real de los espectadores... para luego desaparecer y reaparecer en el tiempo de la representación que nos resulta ajeno pero que no lo es... todos esos juegos escénicos, todos esos recursos dosificados con exquisitez logran a la perfección que la tensión sea la propia del drama, que nada resulte extraño a pesar de estar ocurriendo una situación de lo más desconcertante. De ahí justamente nace la tensión.

En definitiva un espectáculo de gran factura artística en el que La Fura Dels Baus parece haberse metamorfoseado de forma sorprendente ante nuestros ojos, como el protagonista de esta obra... que sin dejar de resultarnos algo ajeno a nosotros nuestra intuición animal nos susurra que se trata de él... de ellos mismos. Este colectivo artístico demuestra, otra vez más, ser un valor firme y con mucho vigor en el panorama de las artes escénicas... a pesar de todos los años que llevan recorriendo y creando escenarios, o precisamente por ello... porque siempre logran dar una vuelta más de tuerca, porque aportan elementos que desarrollan otras formas de interpretación, descubren que los límites del hecho teatral pueden llegar más allá y nos empujan (no sólo físicamente, como hacen en muchas ocasiones) a reconsiderar la óptica del ser humano, y la visión que tenemos de nosotros, en todas y cada una de las representaciones que se realizan del mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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