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A
partir de la obra “La
Filosofía en el Tocador”
de El Marqués de Sade,
la Fura se adentra en el espinoso
mundo del sexo, que han abordado
de manera frontal y arriesgada.
Sin renunciar a su propia visión,
eso que ya se denomina el “estilo
furero”, en XXX la Fura
se convierte en una factoría
al servicio del mundo del sexo,
rescatando como hilo conductor
la iniciación sexual
de la joven Eugenia. La obra
traslada la acción al
momento actual y Eugenia, una
joven aspirante a actriz, se
presenta a un casting para una
empresa de pornografía.
La prueba se convierte en una
auténtico rito iniciatico
de tintes masoquistas (sado,
por supuesto), siguiendo aquella
máxima del Marqués
de que para llegar a la auténtica
liberación sexual, hay
que pasar por la humillación,
un instrumento fundamental de
inhibición.
Y la obra es
explícitamente el desgrane
de ese proceso, con escenas
de alto voltaje sexual, influenciada
por la estética del porno,
agitada en esa peculiar coctelera
en la que incluyen trapecios,
imágenes de vídeo,
unas dosis de cybersexo, artilugios
varios de la factoría
furera y mucho descaro interpretativo.
A decir verdad,
la obra es francamente impactante,
no sólo por la exposición
descarnada del sexo, o si queréis,
por el hecho de que tenga mucho
de porno, sino por la crudeza
de ciertas escenas, por el impacto
visual de otras, y por lo abrumador
de la obsesión sexual.
Y el análisis de ese
impacto es complicado porque
trasciende del juicio basado
en los índices de liberación
sexual personal hacia una realidad
visual y sensorial novedosa.
Dentro del componente moralizante,
que en un sentido contiene la
obra de Sade, XXX ha explorado
su vigencia y su puesta en escena
en la sociedad actual, donde
parece haberse alcanzado altas
cotas de aceptación de
la complejidad sexual, por lo
menos en su expresión
audiovisual y artística.
Sin embargo la Fura ha perseguido
la ruptura, hacer un espectáculo
sexual que puede sorprender
y porque no decirlo, escandalizar.
Lo que pasa es que no han perseguido
un escándalo puramente
visual, sino en forma de interrogantes
que lanzan al público
sobre su propia sexualidad,
y esa actitud mesiánica,
terapéutica y tremendamente
directa, provoca una violencia
en el espectador absolutamente
innecesaria. El hecho de declarar
públicamente las tendencias,
los gustos sexuales, las fantasías
eróticas y mucho menos
la incitación a ponerlas
en práctica en un teatro,
nunca debe ser forzado y provocado
en un contexto como el de XXX,
donde los actores son profesionales
que han aceptado un reto difícil,
que el público quiere
ver y participar en un grado
testimonial. Pero el hecho de
que saquen de manera casi forzada
a alguien de la grada, sea un
gancho o no, para animarle a
ser protagonista de un felación,
que queréis que os diga,
me parece violento y no creo
que aporte demasiado, ni a la
historia, ni al espectáculo
en si. Es una tendencia que
ha adoptado el teatro contemporáneo,
quizás con un fin de
crear un verdadero acto comunicativo
pleno, en el que exista la respuesta
del público ante los
mensajes que se transmiten desde
el escenario, pero una vez más
esa respuesta es coercitiva
y manipulada al antojo de los
que fuerzan esa “participación”.
Independientemente
del mal rato de la “toma
de contacto con el público”
(por cierto, ni se me pidió
participar, ni lo hubiera hecho
aunque se me pidiera), al final
me quedé con ese regusto
de escandalillo y sensaciones
cercanas a las que puede producir
una película de John
Waters, sobre todo después
de contemplar un final sobrecogedor
y digno de cualquier film del
citado provocador.
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