|
Una vez concluidos
los fastos por la boda entre
el Príncipe Felipe y
Dña Letizia Ortiz, aparte
de la relativa calma mediática,
llega el tiempo para la reflexión.
El heredero ya esta casado,
el pueblo feliz, la continuidad
de la institución asegurada
aún más y el papel
de la monarquía reforzado
en virtud de un agresivo marketing
que durante meses ha copado
periódicos, espacios
televisivos y tertulias radiofónicas.
Y decimos marketing, porque
ha habido pocas ocasiones para
el debate, para la reflexión
sobre la institución
y el derroche que en un amplio
sentido ha supuesto este enlace.
Muchos esgrimieron que en momentos
de tanta felicidad compartida
no cabía espacio para
la reflexión crítica,
pero parece injusto un planteamiento
tan zalamero y unívoco
como el que se ha brindado al
evento, repetimos, durante meses
y meses.
España
se constituyó en 1978
como una monarquía parlamentaria
en la que se reconoce la soberanía
popular, y en la que el pueblo
soberano aceptó unas
reglas del juego político
en el marco de la democracia,
es decir, los designios del
pueblo serían dirigidos,
por primera vez en muchos años,
por él mismo, y todos
los poderes del estado debían
estar sometidos a esta soberanía
popular y al imperio de la ley.
Pero como en los cómics
de Asterix se incluía
una salvedad, este sometimiento
afecta a la vida política,
económica, social, cultural...
y a todas las instituciones
menos en una, que resistía
heroicamente a esta corriente
democratizadora: la monarquía.
Al rey no se le elige, primero
se impone y luego se garantiza
la sucesión dinástica,
siempre con preeminencia para
el descendente varón,
en clara contradicción
con el Art. 14 que garantiza
la igualdad ante la ley de hombres
y mujeres. El rey no es responsable
de sus actos, no se le puede
juzgar por delito alguno, lo
que le otorga un papel, no ya
de primero entre iguales, sino
un status superior a cualquier
español, más aún
cuando es la única institución
exenta de control parlamentario.
Y además se obliga al
pueblo español al sostenimiento
económico de la Corona.
Un sistema de prebendas inconcebible
en un estado democrático,
si no fuera por la consideración
del delicado momento histórico
en el que se aprueba nuestra
constitución, y que seguramente
se justifica como el acuerdo
menos malo que podíamos
alcanzar. Luego se dice que
el rey alcanzó una legitimidad
de facto la noche del 23 F,
cuando se limitó a cumplir
con su cometido como Jefe del
Estado. No vamos a cuestionar
el mérito, pero si puntualizar
que en recientes irregularidades
en la utilización del
ejercito español, de
nuevo en contra de la voluntad
popular y de espaldas al parlamento,
el monarca no tuvo el mismo
arrojo.
El caso es
que nuestra joven democracia,
va entrando en la madurez de
los casi 26 años, en
los que el niño ya piensa
con claridad y esta capacitado
para tomar decisiones que atañen
a su futuro. De hecho ya se
han planteado algunas reformas
para adaptar la carta magna
a los nuevos tiempos, alianzas
políticas y realidades
sociales. ¿Por qué
no realizar esa reflexión
sobre la Corona?. Quizás
sea prematuro propugnar una
España republicana, como
reclaman algunos. Ese debate
está aún inmaduro
y muchas posiciones responden
más a una especie de
pose puesta de moda, que a un
convencimiento y conocimiento
de lo que se reclama, aunque
ello no debe restar legitimidad
a la reivindicación.
Pero si es cierto que muchos
de los preceptos que regulan
el estatus de la Corona en nuestro
Estado, son claramente antidemocráticos
y generan una sensación
de privilegios fastuosos, cuya
mejor muestra es la boda que
vivimos el pasado 22 de mayo.
Una boda más
irreal que ninguna y perdonen
el juego de palabras. Pero la
mayoría de los españoles
que pueden contraer matrimonio,
no lo hacen en las condiciones
y esplendor en que lo han hecho
estos magnos contrayentes. No
vamos a hablar ya del dispendio
y expolio que supone gastar
casi 20 millones de euros en
el enlace, fuera del alcance
de cualquier mortal (aunque
costeado por todos), sino de
la comodidad de una vida resuelta,
libre de hipotecas, exenta de
preocupaciones por traer y educar
retoños, en la que no
habrá disputas por el
reparto de las tareas domésticas,
ni ahogos económicos
de fin de mes para pagar las
facturas o permitirse disfrutar
medianamente de ocio y vacaciones.
Cuánta felicidad. Y muchos,
serviles ante esta tesitura
ajena en lo brillante, propia
en cuanto a su financiación.
Actos como este, rompen el tópico
repetido hasta la saciedad de
la cercanía de la monarquía
al pueblo español. No
hace falta realizar el experimento
de preguntar si en este aspecto
la gente del pueblo se siente
cercana a sus príncipes,
porque la respuesta es evidente.
Lo que no parece tan claro es
el control ante cualquier crítica
a un sistema arcaico y en algunos
aspectos profundamente injusto,
que parece imponerse en los
medios y por ende, en la sociedad.
|
|