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BULTOS SOSPECHOSOS

Cuatro verdades sobre el escándalo de Todas Putas.

LAS VERDADES

  1. El escándalo sobre Todas Putas (que este articulista se niega a rememorar una vez más) no tiene nada que ver con los derechos de la mujer.
    Ni Migoya, ni Tey, ni Zaplana, son ni lejanamente sospechosos de haber cometido un delito de apología de la violación. Punto. Fin de esa discusión.
  2. Si el libro lo hubiera escrito una mujer, todo el mundo hubiera entendido a la primera que se trata de una ironía, conocido recurso literario que consiste en comunicar una idea expresando la contraria. En los ochenta se explicaba en Bachillerato, aunque hoy en día cualquiera sabe.
  3. Desde el principio de los tiempos, cuando un estúpido se tropieza con una narración en primera persona, como El Violador, siempre confunde las actitudes y opiniones de los protagonistas con las de los autores. Y, como es ya sabido, no hay fuerza humana capaz de hacer ver a un estúpidos que está equivocado.
    O, dicho de otra, manera, si el relato no estuviera escrito en primera persona, no habría habido escándalo.
    O, dicho más claro aún, el escándalo ha sido tal porque España es un país de iletrados.
  4. El muy respetable asociacionismo feminista español está contaminado por algunas intrusas que sólo buscan es publicidad, a toda costa.

Este articulista se referirá a ellas, en adelante, como bultos sospechosos. Así, todo el mundo (ja) entenderá que no ataca a las feministas en general.

Para ilustrarlo con un paralelismo, recordemos que Tamayo y Sáez se hacían llamar socialistas. Pero sólo eran eso: bultos sospechosos. Y por si alguien se pierde, aclarar que en un hipotético Diccionario Sincero del Castellano, el término bulto sospechoso en el entorno feminista vendría ilustrado con una fotografía de Cristina Almeida.

ANTECEDENTES

Enero de 1999. Grabación con cámara oculta en el programa de Antena 3 Sorpresa, sorpresa: una adolescente, en su casa, se unta mantequilla (o paté, según las versiones) en los genitales y luego llama –¡Ricky, Ricky!- a su perro, con la intención de que el can vaya a lamerle con gula sus partes pudendas.

Por supuesto, todo eso nunca ocurrió. Todo fue un rumor presumiblemente lanzado por la propia cadena en desesperado intento de resucitar la audiencia del programa.

La radiobasura mañanera y los foros internáuticos avivaron el fuego. Y al frente de todos esa jauría, los bultos sospechosos, dispuestos a denunciar a Antena 3 por violar la intimidad de la niña.

¿Niña? ¿Qué niña?

Abril de 2001. Carlos, de Gran Hermano, le dice a su novia Fayna: “que te doy dos yoyas”. Automáticamente, un enfurecido grupo de bultos sospechosos, Cristina Almeida al frente, exigen a Tele 5 que Carlos abandone la famosa casa.

Altos técnicos del programa, presentes durante la supuesta agresión, manifestaron a este articulista que “aquello no pasó de un pelea en broma de enamorados” y que “ninguno de los presentes le dio mayor importancia”.

Lamentablemente, la cláusula de confidencialidad que incluían sus contratos con la productora del programa, impide citar sus nombres. Pero aseguran que Tele 5 obligó a Carlos a abandonar la casa en mitad de la noche “por las presiones políticas”.

Mayo de 2003. Coincidiendo de forma absolutamente casual con las elecciones, los bultos sospechosos se lanzan a denunciar que Miriam Tey, directora del Instituto de la Mujer, hace apología de la violación, en un descarado intento socialista de arañar votos del PP desprestigiando a algún alto cargo.

El broche final lo ponen las eurodiputadas del PSOE Valenciano y Rodríguez con la esperpéntica denuncia contra nada menos que el Estado español, por no destituir a Miriam Tey y a Eduardo Zaplana.

Así, los dos bultos se arriesgan al más estrepitoso de los ridículos imaginables en un político español –lo que ya es decir-, al denunciar las tropelías que comete no un alto cargo del PP, ni un editor, ni un escritor, sino ¡un personaje de ficción!, concretamente el protagonista del relato El Violador.

Este articulista desconoce si los eurobultos, una vez que la Comisión desestime la denuncia contra el Estado, pasarán por fin a denunciar personajes. Sugerencias para próximas víctimas: Humbert Humbert, Patrick Bateman o, teniendo en cuenta su cultura literaria, Barbazul.

CONCLUSIONES

1. Viva España.
Qué país: un partido regala una concejalía de Asuntos Sociales a una persona cuya única experiencia social es como Guerrillera de Cristo Rey, que embarcó a una hija en un matrimonio de conveniencia, y que manifestó públicamente su apoyo a un acosador convicto.

Y para luchar contra eso: oportunistas frustradas denunciando a personajes de cuento para lograr notoriedad.

Porque vaya y pase que los bultos sospechosos traten de hacerse oír denunciando tirando de leyendas urbanas y de telebasura, pero para pretender que la Comisión Europea emprenda acciones legales contra personajes de ficción hay que ser verdaderamente gilipollas. Me recuerda a esos consejos de guerra en que se arrestaba a un fusil por disparase en unas maniobras, o a una silla por romperse bajo el culo de un engordado generalote. Viva España.

2. A la mierda
Hasta los que defienden la soberana libertad de la literatura se apresuren a asegurar que Hernán Migoya no es misógino. ¡Y aunque lo fuera! ¿Con qué autoridad pretende nadie prohibir la libre publicación de una obra de ficción? ¿Cómo se atreven a considerar las opiniones íntimas de un autor un criterio decisivo para aceptar o condenar su obra?

Algunos escritores consagrados parecen no haberse dado cuenta de que Hernán Migoya no tiene ninguna necesidad de que vayan perdonándole la vida. Eso es como darle la razón a quienes piden su cabeza. A palabras necias, oídos sordos.

Lo triste es que ni siquiera Migoya se haya creído a sí mismo. ¡Qué alegría habría sido verle contestando el famoso “¡A la mierda!” de Fernando Fernán-Gómez a esos plumillas oportunistas que le preguntan si verdaderamente es misógino o si le parece bien la violación.

3. El dedo en la llaga.
Hernán Migoya ha hecho con Todas Putas lo que se espera de un artista independiente: remover la mierda de nuestras conciencias. ¿Por qué si no están tan alborotados los ignorantes? Ha metido el dedo en la llaga. Y eso duele, claro.

Cualquiera que lea El Violador sentirá dentro de él asco y rechazo, lo mismo que sentiría si tuviese enfrente a un violador orgulloso de serlo.

Da vergüenza tener que explicar esto a estas alturas, pero el asco y el rechazo que produce El Violador no constituye un delito, ni siquiera un defecto: es la mejor virtud del relato. Probablemente la única, todo hay que decirlo. Y no se habría conseguido con una aséptica tercera persona, que a determinados bultos sospechosos habría dejado más tranquilos. Pero es que setenta muertes al año no son para quedarse tranquilo. Son para vomitar.

4. Volverán banderas victoriosas
Los bultos sospechosos de la mal llamada izquierda española no han tenido empacho en arramblar con la mismísima libertad de expresión con la esperanza de desprestigiar al Partido Popular. Se dirá que el fin justifica los medios, pero ¿cuál era el fin? ¿Dejar claro que al PP se la traen al pairo los derechos de las mujeres? ¡Pues vaya una sorpresa! ¿Han oído hablar de Jesús Pedroche? ¿De Ismael Álvarez y Nevenka Fernández? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

¿Y cuáles han sido los medios para alcanzar dicho fin?: Pedir la censura de un libro de ficción por su contenido moral.

Izquierda de la buena.

Este articulista se confiesa despistado. Seguro que hay una férrea lógica de estado en la estrategia, pero le resulta imposible superar la contradicción que hay en luchar por unos derechos pisoteando otros. Y sobre todo, la libertad de expresión. ¡Como si no tuviese censores ya el PP en sus filas! Lo único que nos faltaba es que les den ideas.

Sabiendo de la tibieza moral de sus supuestos enemigos políticos, es de esperar que, después del escándalo de Todas Putas, los populares cobren nuevas fuerzas en sus cruzadas moralizantes: por ejemplo, prohibir que en las películas se fume, que ya están en ello.

Pues nada, colaboremos con el sacrosanto Gobierno. Vamos a darles más ideas: prohibido decir palabrotas, prohibido sexo extramatrimonial, y prohibido que los personajes cometan delitos. Y ya está. La única película española que pasaría la censura sería Raza, de Jaime de Andrade, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Y España volverá a ser lo que era: la Reserva Moral de Occidente.

Y ahora, gritad todos conmigo, izquierdistas de este país:

¡España! ¡UNA! ¡España! ¡GRANDE! ¡España!¡LIBRE!