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LAS
VERDADES
- El escándalo sobre
Todas Putas (que este articulista
se niega a rememorar una vez
más) no tiene nada
que ver con los derechos de
la mujer.
Ni Migoya, ni Tey, ni Zaplana,
son ni lejanamente sospechosos
de haber cometido un delito
de apología de la violación.
Punto. Fin de esa discusión.
- Si el libro lo hubiera escrito
una mujer, todo el mundo hubiera
entendido a la primera que
se trata de una ironía,
conocido recurso literario
que consiste en comunicar
una idea expresando la contraria.
En los ochenta se explicaba
en Bachillerato, aunque hoy
en día cualquiera sabe.
- Desde el principio de los
tiempos, cuando un estúpido
se tropieza con una narración
en primera persona, como El
Violador, siempre confunde
las actitudes y opiniones
de los protagonistas con las
de los autores. Y, como es
ya sabido, no hay fuerza humana
capaz de hacer ver a un estúpidos
que está equivocado.
O, dicho de otra, manera,
si el relato no estuviera
escrito en primera persona,
no habría habido escándalo.
O, dicho más claro
aún, el escándalo
ha sido tal porque España
es un país de iletrados.
- El muy respetable asociacionismo
feminista español está
contaminado por algunas intrusas
que sólo buscan es
publicidad, a toda costa.
Este articulista
se referirá a ellas,
en adelante, como bultos sospechosos.
Así, todo el mundo (ja)
entenderá que no ataca
a las feministas en general.
Para ilustrarlo
con un paralelismo, recordemos
que Tamayo y Sáez se
hacían llamar socialistas.
Pero sólo eran eso: bultos
sospechosos. Y por si alguien
se pierde, aclarar que en un
hipotético Diccionario
Sincero del Castellano, el término
bulto sospechoso en el entorno
feminista vendría ilustrado
con una fotografía de
Cristina Almeida.
ANTECEDENTES
Enero
de 1999. Grabación
con cámara oculta en
el programa de Antena 3 Sorpresa,
sorpresa: una adolescente, en
su casa, se unta mantequilla
(o paté, según
las versiones) en los genitales
y luego llama –¡Ricky,
Ricky!- a su perro, con la intención
de que el can vaya a lamerle
con gula sus partes pudendas.
Por supuesto,
todo eso nunca ocurrió.
Todo fue un rumor presumiblemente
lanzado por la propia cadena
en desesperado intento de resucitar
la audiencia del programa.
La radiobasura
mañanera y los foros
internáuticos avivaron
el fuego. Y al frente de todos
esa jauría, los bultos
sospechosos, dispuestos a denunciar
a Antena 3 por violar la intimidad
de la niña.
¿Niña?
¿Qué niña?
Abril
de 2001. Carlos, de
Gran Hermano, le dice a su novia
Fayna: “que te doy dos
yoyas”. Automáticamente,
un enfurecido grupo de bultos
sospechosos, Cristina Almeida
al frente, exigen a Tele 5 que
Carlos abandone la famosa casa.
Altos técnicos
del programa, presentes durante
la supuesta agresión,
manifestaron a este articulista
que “aquello no pasó
de un pelea en broma de enamorados”
y que “ninguno de los
presentes le dio mayor importancia”.
Lamentablemente,
la cláusula de confidencialidad
que incluían sus contratos
con la productora del programa,
impide citar sus nombres. Pero
aseguran que Tele 5 obligó
a Carlos a abandonar la casa
en mitad de la noche “por
las presiones políticas”.
Mayo
de 2003. Coincidiendo
de forma absolutamente casual
con las elecciones, los bultos
sospechosos se lanzan a denunciar
que Miriam Tey, directora del
Instituto de la Mujer, hace
apología de la violación,
en un descarado intento socialista
de arañar votos del PP
desprestigiando a algún
alto cargo.
El broche final
lo ponen las eurodiputadas del
PSOE Valenciano y Rodríguez
con la esperpéntica denuncia
contra nada menos que el Estado
español, por no destituir
a Miriam Tey y a Eduardo Zaplana.
Así,
los dos bultos se arriesgan
al más estrepitoso de
los ridículos imaginables
en un político español
–lo que ya es decir-,
al denunciar las tropelías
que comete no un alto cargo
del PP, ni un editor, ni un
escritor, sino ¡un personaje
de ficción!, concretamente
el protagonista del relato El
Violador.
Este articulista
desconoce si los eurobultos,
una vez que la Comisión
desestime la denuncia contra
el Estado, pasarán por
fin a denunciar personajes.
Sugerencias para próximas
víctimas: Humbert Humbert,
Patrick Bateman o, teniendo
en cuenta su cultura literaria,
Barbazul.
CONCLUSIONES
1. Viva España.
Qué país: un partido
regala una concejalía
de Asuntos Sociales a una persona
cuya única experiencia
social es como Guerrillera de
Cristo Rey, que embarcó
a una hija en un matrimonio
de conveniencia, y que manifestó
públicamente su apoyo
a un acosador convicto.
Y para luchar
contra eso: oportunistas frustradas
denunciando a personajes de
cuento para lograr notoriedad.
Porque vaya
y pase que los bultos sospechosos
traten de hacerse oír
denunciando tirando de leyendas
urbanas y de telebasura, pero
para pretender que la Comisión
Europea emprenda acciones legales
contra personajes de ficción
hay que ser verdaderamente gilipollas.
Me recuerda a esos consejos
de guerra en que se arrestaba
a un fusil por disparase en
unas maniobras, o a una silla
por romperse bajo el culo de
un engordado generalote. Viva
España.
2. A la mierda
Hasta los que defienden la soberana
libertad de la literatura se
apresuren a asegurar que Hernán
Migoya no es misógino.
¡Y aunque lo fuera! ¿Con
qué autoridad pretende
nadie prohibir la libre publicación
de una obra de ficción?
¿Cómo se atreven
a considerar las opiniones íntimas
de un autor un criterio decisivo
para aceptar o condenar su obra?
Algunos escritores
consagrados parecen no haberse
dado cuenta de que Hernán
Migoya no tiene ninguna necesidad
de que vayan perdonándole
la vida. Eso es como darle la
razón a quienes piden
su cabeza. A palabras necias,
oídos sordos.
Lo triste es
que ni siquiera Migoya se haya
creído a sí mismo.
¡Qué alegría
habría sido verle contestando
el famoso “¡A la
mierda!” de Fernando Fernán-Gómez
a esos plumillas oportunistas
que le preguntan si verdaderamente
es misógino o si le parece
bien la violación.
3. El dedo
en la llaga.
Hernán Migoya ha hecho
con Todas Putas lo que se espera
de un artista independiente:
remover la mierda de nuestras
conciencias. ¿Por qué
si no están tan alborotados
los ignorantes? Ha metido el
dedo en la llaga. Y eso duele,
claro.
Cualquiera
que lea El Violador sentirá
dentro de él asco y rechazo,
lo mismo que sentiría
si tuviese enfrente a un violador
orgulloso de serlo.
Da vergüenza
tener que explicar esto a estas
alturas, pero el asco y el rechazo
que produce El Violador no constituye
un delito, ni siquiera un defecto:
es la mejor virtud del relato.
Probablemente la única,
todo hay que decirlo. Y no se
habría conseguido con
una aséptica tercera
persona, que a determinados
bultos sospechosos habría
dejado más tranquilos.
Pero es que setenta muertes
al año no son para quedarse
tranquilo. Son para vomitar.
4. Volverán
banderas victoriosas
Los bultos sospechosos de la
mal llamada izquierda española
no han tenido empacho en arramblar
con la mismísima libertad
de expresión con la esperanza
de desprestigiar al Partido
Popular. Se dirá que
el fin justifica los medios,
pero ¿cuál era
el fin? ¿Dejar claro
que al PP se la traen al pairo
los derechos de las mujeres?
¡Pues vaya una sorpresa!
¿Han oído hablar
de Jesús Pedroche? ¿De
Ismael Álvarez y Nevenka
Fernández? ¿Hola?
¿Hay alguien ahí?
¿Y cuáles
han sido los medios para alcanzar
dicho fin?: Pedir la censura
de un libro de ficción
por su contenido moral.
Izquierda de
la buena.
Este articulista
se confiesa despistado. Seguro
que hay una férrea lógica
de estado en la estrategia,
pero le resulta imposible superar
la contradicción que
hay en luchar por unos derechos
pisoteando otros. Y sobre todo,
la libertad de expresión.
¡Como si no tuviese censores
ya el PP en sus filas! Lo único
que nos faltaba es que les den
ideas.
Sabiendo de
la tibieza moral de sus supuestos
enemigos políticos, es
de esperar que, después
del escándalo de Todas
Putas, los populares cobren
nuevas fuerzas en sus cruzadas
moralizantes: por ejemplo, prohibir
que en las películas
se fume, que ya están
en ello.
Pues nada,
colaboremos con el sacrosanto
Gobierno. Vamos a darles más
ideas: prohibido decir palabrotas,
prohibido sexo extramatrimonial,
y prohibido que los personajes
cometan delitos. Y ya está.
La única película
española que pasaría
la censura sería Raza,
de Jaime de Andrade, Caudillo
de España por la Gracia
de Dios. Y España volverá
a ser lo que era: la Reserva
Moral de Occidente.
Y ahora, gritad
todos conmigo, izquierdistas
de este país:
¡España!
¡UNA! ¡España!
¡GRANDE! ¡España!¡LIBRE!
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