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DE MADRID AL CIELO

 

Hace poco una amiga venezolana, residente muchos años en París, me comentaba que el cielo de Madrid era increíble. La verdad es que estoy acostumbrado a recibir elogios desmesurados acerca de mi ciudad de adopción, así que un poco de manera inconsciente le contesté que eso era por contraste, porque lo que hay en el suelo tiene poco de increíble.

El caso es que poco después recordé lo que se decía en los tiempos de la movida, aquel pomposo "de Madrid al cielo" y me hizo pensar un poco más. Y entonces llegué a la conclusión de que tanto mi amiga como yo teníamos razón.

Efectivamente, Madrid tiene un cielo excepcional. Sobre todo en esos atardeceres otoñales en los que si miras hacia el norte te quedas embobado con esa orgía de rojos que luce. Me imagino que habrá una explicación científica para ese fenómeno, pero yo voy a dar una de otro tipo.

Madrid es una ciudad peleada con la estética. Nadie tiene la necesidad de sentir esta población como algo propio y, por lo tanto, no hay un verdadero impulso por engalanarla. Todo el mundo está de paso y es verdad que nadie es extranjero en ella, pero no es menos cierto que nadie se siente como en casa en este lugar.

Este entorno es ideal para los desarraigados, para los que no quieren buscar una identidad. Nada hay que merezca la pena ser mirado en la superficie. Las cosas que hay en Madrid o son feas, o están descuidadas, o presentan un aspecto excesivamente correcto.

No hay más remedio, entonces, que mirar al cielo. Todos es tan hostil abajo que debemos dirigir nuestros ojos hacia arriba, y divagar. Precisamente, son esas evocaciones las que hacen hermoso el espectáculo. Es decir, la belleza está en la manera de observar, y no en lo observado.

"De Madrid al cielo", sí. Pero porque en el suelo no hay nada que alimente nuestros sueños.