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Que las manos
santísimas tocan los
bajos fondos de los colegiales
no es noticia nueva.
Tocamientos,
lo llaman. Los monaguillos tocan
la campanilla y los curas su
badajo. Tanta obsesión
por controlar y reprimir el
sexo ajeno les hace llevar el
pingajo increcentto debajo de
la sotana. Ocultar las erecciones.
Luego se lavan con agua bendita
y quedan purificados.
Los Obispos
de la iglesia católica
perdonan a sus pecadores. Se
rodean de pieles frescas y vírgenes
para dejar en ella la huella
de sus anillos. Niños
y niñas venir a la catequesis
que Dios os acoja en su seno.
Los senos de las monjas: magreados.
Los vientres obscenos de los
prelados y vicarios y hombres
de la Iglesia.
Los menores
marcados con los dedos lascivos
de viejos verdes llevarán
oculto su tatuaje. La vergüenza
de su carne. La culpa de su
consentimiento sobre sus hombros.
Aunque nieguen con los ojos
y con la voz y con los brazos.
La fuerza de los adultos que
dominan hasta los pensamientos.
La hipocresía
ha llegado a lo alto de esa
gran montaña que forma
LA MENTIRA .
Una cruzada
contra el amor libre (¿de
qué otra forma podría
ser, si no, el amor?) contra
el hallazgo del placer en las
mujeres. Contra la elección
de tu pareja con independencia
de género y número.
El argumento
utilizado clamaría al
cielo si existiera más
allá de la contaminación
y de las nubes salvajes cargadas
de tormentas verbales y tocables.
Tocamientos dice Fraga, ese
gran franquista que sigue en
pie de guerra. Nimiedades, también
argumenta. Como un Obispo que
defiende a los de su calaña.
Sin embargo,
hay padres que continúan
llevando a sus hijos a que se
formen bajo el manto clerical:
colegios religiosos o parareligiosos,
sacristías y templos,
campamentos o colonias, ejercicios
espirituales… Hay padres,
que follan a sus hijos y se
quedan tan campantes. Ni la
ley les condena.
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