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DE TRAICIONES Y SUEÑOS

20/02/05

Mientras escribo estas líneas, los españoles estamos votando si queremos ser civilizados europeos o cafres africanos, como hemos sido hasta ahora. En caso de votar “SÍ” (pronúnciese como un gemido, con una í muy larga y una s muy siseante), nos situaremos, por primera vez, a la cabeza de Europa. Seremos la locomotora continental, pero no a la prosaica manera germana, esto es, económica, sino a la más lírica, que es el estilo de España: seremos la cabeza espiritual de Europa, seremos nosotros quienes les demos la constitución al votar ssssiiií en el día de hoy, ya sólo pueden seguirnos. Ahora bien, en caso de que elijamos “NO” (pronúnciese seco y ceñudo, cortante, no estamos para fiestas ni sutilezas), una vez más habremos dado la espalda a la modernidad, porque España es diferente y persevera en su particularidad, aunque ésta sea brutal y salvaje, o puede que precisamente por eso. Porque, ¿no es así como nos lo han planteado nuestros queridos políticos? ¿no se trata de decir sí o no a Europa?

Pues parece ser que no, que esto iba de otra cosa. Resulta que había un texto, que regalaban con el periódico (qué no regalan, todo va a parar al mismo sitio), y que resultaba ser un “TRATADO por el que se establece una CONSTITUCIÓN para EUROPA”. Era sobre eso que debíamos opinar, pero sin leerlo, que nuestras cabecitas no dan para tanto y, además, nuestros partidos ya nos dicen lo que debemos votar, es decir, ssssiiií. Que para qué pensar, si ya lo hacen ellos por nosotros, y están precisamente para servirnos, para eso les pagamos. A fin de cuentas, no importa de qué fuera este referéndum o consulta popular, sólo debe importarnos lo que ellos nos dicen, que votemos ssssiiií, para mayor gloria de España y de sus gobernantes.

En ésta ocasión, y no es novedad, me siento insultado. Porque me dicen que no tengo que leer el Tratado, porque me dicen lo que tengo que votar, porque me plantean el problema en términos engañosos y me reprenden por advertirlo. Ésta semana, mi admirado Toni Gasset programó una de esas películas que quedan para siempre en la memoria, y que era muy adecuada para esta situación. Una casa de locos, se titulaba, y no era otra cosa que una metáfora de lo que es Europa, un sanatorio, pero un sanatorio alegre. Y yo pienso, aquellos europeos que compartían piso en Barcelona, como lo hacen tantos y tantos, ¿necesitan una Constitución? ¿O quizá obraban como si ya estuvieran sujetos a una? No quiero decir que Europa esté mejor sin ella, es necesaria, pero ¿es ésta? ¿Ésta es la que queremos los que compartimos éste piso viejo y moderno? Creo que ésta es la que quieren los políticos y los grandes empresarios, y nadie más. Europa es otra cosa, como ésta campaña debió ser otra cosa. Esta Constitución no refleja lo que somos los europeos, los que verdaderamente estamos construyendo el proyecto de una Europa unida, y que no son los políticos, sino los ciudadanos: quienes viajamos y vivimos en otros países y recibimos a otros europeos y nos interesamos por sus ciudades y sus territorios, por su pasado y su presente, los que no pensamos ya tan localmente, y sentimos un poco “de otra manera”, y no nos resulta tan raro ver un rubiales requemado, los que miramos hacia el futuro y no vemos fronteras sino un único continente de ciudadanos libres, suficientemente iguales, y respetuosos con todos aquellos que, no hace tanto, eran nuestros enemigos. Y un apunte local: España será mucho más europea no cuando altere sus horarios de comidas, o de sueño, ni siquiera cuando se vuelva educada y menos sucia, sino, por ejemplo, cuando deje de pensar en Gibraltar como un trozo de tierra robado por la pérfida Albión.

Esta campaña ha revelado muchas cosas. Nada nuevo, por otro lado, pero creo que se han dado tanta prisa que, al final, se han perjudicado. Me refiero a los políticos, todos ellos. Cuando el voto joven llevó a ZP a la Moncloa, le pedimos, casi con lágrimas en los ojos, “Zapatero, no nos falles”. Pero yo siento que nos ha fallado (ya tantas veces), que ha abogado por una Constitución en la que no cree (o, por la ideología que suponemos a su partido, no debería creer) solamente para ceñirse laureles junto a sus colegas europeos. La traición del Partido Popular duele menos, porque ellos sí creen en ella (de hecho la hicieron), porque en su código está el desprecio a la ciudadanía y, aunque no lo dicen con palabras, lo dicen con hechos. ZP, me siento dolido, porque no eres el Quijote que necesitábamos, porque me has hecho ver que aún soy un ingenuo.