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Mientras escribo
estas líneas, los españoles
estamos votando si queremos
ser civilizados europeos o cafres
africanos, como hemos sido hasta
ahora. En caso de votar “SÍ”
(pronúnciese como un
gemido, con una í muy
larga y una s muy siseante),
nos situaremos, por primera
vez, a la cabeza de Europa.
Seremos la locomotora continental,
pero no a la prosaica manera
germana, esto es, económica,
sino a la más lírica,
que es el estilo de España:
seremos la cabeza espiritual
de Europa, seremos nosotros
quienes les demos la constitución
al votar ssssiiií en
el día de hoy, ya sólo
pueden seguirnos. Ahora bien,
en caso de que elijamos “NO”
(pronúnciese seco y ceñudo,
cortante, no estamos para fiestas
ni sutilezas), una vez más
habremos dado la espalda a la
modernidad, porque España
es diferente y persevera en
su particularidad, aunque ésta
sea brutal y salvaje, o puede
que precisamente por eso. Porque,
¿no es así como
nos lo han planteado nuestros
queridos políticos? ¿no
se trata de decir sí
o no a Europa?
Pues parece
ser que no, que esto iba de
otra cosa. Resulta que había
un texto, que regalaban con
el periódico (qué
no regalan, todo va a parar
al mismo sitio), y que resultaba
ser un “TRATADO por el
que se establece una CONSTITUCIÓN
para EUROPA”. Era sobre
eso que debíamos opinar,
pero sin leerlo, que nuestras
cabecitas no dan para tanto
y, además, nuestros partidos
ya nos dicen lo que debemos
votar, es decir, ssssiiií.
Que para qué pensar,
si ya lo hacen ellos por nosotros,
y están precisamente
para servirnos, para eso les
pagamos. A fin de cuentas, no
importa de qué fuera
este referéndum o consulta
popular, sólo debe importarnos
lo que ellos nos dicen, que
votemos ssssiiií, para
mayor gloria de España
y de sus gobernantes.
En ésta
ocasión, y no es novedad,
me siento insultado. Porque
me dicen que no tengo que leer
el Tratado, porque me dicen
lo que tengo que votar, porque
me plantean el problema en términos
engañosos y me reprenden
por advertirlo. Ésta
semana, mi admirado Toni Gasset
programó una de esas
películas que quedan
para siempre en la memoria,
y que era muy adecuada para
esta situación. Una casa
de locos, se titulaba, y no
era otra cosa que una metáfora
de lo que es Europa, un sanatorio,
pero un sanatorio alegre. Y
yo pienso, aquellos europeos
que compartían piso en
Barcelona, como lo hacen tantos
y tantos, ¿necesitan
una Constitución? ¿O
quizá obraban como si
ya estuvieran sujetos a una?
No quiero decir que Europa esté
mejor sin ella, es necesaria,
pero ¿es ésta?
¿Ésta es la que
queremos los que compartimos
éste piso viejo y moderno?
Creo que ésta es la que
quieren los políticos
y los grandes empresarios, y
nadie más. Europa es
otra cosa, como ésta
campaña debió
ser otra cosa. Esta Constitución
no refleja lo que somos los
europeos, los que verdaderamente
estamos construyendo el proyecto
de una Europa unida, y que no
son los políticos, sino
los ciudadanos: quienes viajamos
y vivimos en otros países
y recibimos a otros europeos
y nos interesamos por sus ciudades
y sus territorios, por su pasado
y su presente, los que no pensamos
ya tan localmente, y sentimos
un poco “de otra manera”,
y no nos resulta tan raro ver
un rubiales requemado, los que
miramos hacia el futuro y no
vemos fronteras sino un único
continente de ciudadanos libres,
suficientemente iguales, y respetuosos
con todos aquellos que, no hace
tanto, eran nuestros enemigos.
Y un apunte local: España
será mucho más
europea no cuando altere sus
horarios de comidas, o de sueño,
ni siquiera cuando se vuelva
educada y menos sucia, sino,
por ejemplo, cuando deje de
pensar en Gibraltar como un
trozo de tierra robado por la
pérfida Albión.
Esta campaña
ha revelado muchas cosas. Nada
nuevo, por otro lado, pero creo
que se han dado tanta prisa
que, al final, se han perjudicado.
Me refiero a los políticos,
todos ellos. Cuando el voto
joven llevó a ZP a la
Moncloa, le pedimos, casi con
lágrimas en los ojos,
“Zapatero, no nos falles”.
Pero yo siento que nos ha fallado
(ya tantas veces), que ha abogado
por una Constitución
en la que no cree (o, por la
ideología que suponemos
a su partido, no debería
creer) solamente para ceñirse
laureles junto a sus colegas
europeos. La traición
del Partido Popular duele menos,
porque ellos sí creen
en ella (de hecho la hicieron),
porque en su código está
el desprecio a la ciudadanía
y, aunque no lo dicen con palabras,
lo dicen con hechos. ZP, me
siento dolido, porque no eres
el Quijote que necesitábamos,
porque me has hecho ver que
aún soy un ingenuo.
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