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Es
preocupante ver cuánta
gente está convencida
de que vivir hoy en un estado
democrático es algún
tipo de garantía para
sus derechos del mañana.
La democracia
es tan antigua como el Partenón,
pero mucho más frágil.
Su existencia no ha sido ni
mucho menos continuada. Sólo
hace un cuarto de siglo que
terminó en nuestro país
una de las dictaduras más
longevas de la tierra. Llevamos
mucho menos años de democracia
que los que pasamos bajo el
yugo del genocida. ¿Por
qué estamos tan confiados?
No olvidemos que el asesino
murió en su cama. La
democracia nos llegó
casi como un regalo de Navidad.
No fue un logro de la ciudadanía.
Supongo que
mucha gente piensa que hay una
línea tangible que separa
la democracia de la tiranía.
Una línea que está
a la vista, señalizada,
para que podamos identificar
al que la cruza. Bueno, pues…
Lamento comunicar que no es
así. La democracia se
pierde a poquitos, como se pierde
la dignidad.
Se empieza
tolerando que los partidos se
financien de forma irregular,
que los diputados y concejales
se den al transfuguismo, que
constructores corruptos se aúpen
hasta la alcaldía de
grandes ciudades… Y se
acaban cerrando periódicos
y prohibiendo partidos políticos
con más de cuatrocientos
mil votantes, que se dice pronto,
es el 1% de toda la población
española.
Bajo el gobierno
de Aznar se ha perdido gran
parte de lo que deberíamos
entender por democracia: “predominio
del pueblo en el gobierno político
de un estado”, según
la Real Academia. Se ha mentido
a la ciudadanía acerca
del vertido del Prestige, se
ha ocultado información
sobre la macroestación
de Sol, se ha permitido y premiado
el transfuguismo en la Asamblea
de Madrid, se ha involucrado
al Ejército en una guerra
prohibida por la OTAN, rechazada
por varios estados de la Unión
Europea y basada en mentiras
insostenibles; se ha permitido
que el sector de la televisión
digital se convierta en un monopolio
y que el cine español
se ahogue por el incumplimiento
flagrante de la ley; se han
permitido todo tipo de conflictos
de intereses en empresarios
dedicados a la política,
se ha permitido y maquillado
–retocando el IPC y bajando
un 3% el IRPF mínimo:
el chocolate del loro- una espeluznante
subida de precios tras la imposición
del euro, y se ha llegado a
pedir al Ejército que
se prepare para realizar ataques
preventivos fuera de nuestras
fronteras.
Y todavía
hay quien sigue tranquilo, porque
no hemos cruzado la línea.
A lo mejor la cruzamos hace
tanto tiempo, que ya la hemos
perdido de vista.
No sólo
en España es así.
En Francia, el voto masivo a
Chirac sólo fue una muestra
del miedo al totalitarismo de
Le Pen. Unas ideas radicales
que ya han tenido gran seguimiento
en Austria y Suiza, y también
en Holanda, aunque el asesinato
de Pym Fortuyn dio un severo
revés a su partido. Y
también ha habido un
magnicidio en Suecia. Otro.
No puede considerarse casualidad
que cayese la mayor defensora
de la integración en
la Zona Euro.
Vivimos momentos
de una crispación social
desconocida en el último
cuarto de siglo en Europa, y
la participación de supuestos
Estados de Derecho en guerras
ilegales al servicio de multinacionales
petroleras tiene mucho que ver
en la radicalización
de la política.
Las iniciativas
sociales, culturales y humanitarias
no son una prioridad para los
gobiernos. El aumento del voluntariado
no debe interpretarse como una
concienciación social:
son los mismos progresistas
de siempre, que se han decidido
a actuar porque las cosas están
demasiado mal.
Los gobiernos
temen a los artistas y los intelectuales,
llegando incluso a promover
su propia versión de
la cultura: Operación
Triunfo, cómo recuerda
a Orwell. La ironía ya
no ayuda. Opinar en contra (de
lo que sea) está mal
visto. La crítica es
molesta, porque en el Estado
del Bienestar, nadie debería
quejarse.
Vivir a costa
de la guerra siempre tiene sus
consecuencias. La primera es
el fin de la democracia.
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