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EL IMPUESTO POR COPIA PRIVADA

 

El 1 de septiembre de 2003 entraron en vigor los impuestos por copia privada que gravan los CD-R y DVD-R. La virulenta polémica que desataron las nuevas tasas viene a demostrar lo necesarias que eran.

Los argumentos de los despechados compradores vienen a resumirse en una frase parecida a ésta: “¿Por qué tengo yo que pagar por derechos de autor cuando sólo uso los CD para copiar datos propios?”.
Respuesta: “Porque en eso consiste la democracia. Todos pagamos por todos”.

Pretender que cada persona sólo pague por aquello que necesita es abogar por la anarquía. Aquí, el que suscribe, no fuma y prácticamente no bebe, pero nunca se ha parado a pensar qué parte de sus impuestos se destina a pagar los tratamientos de la cirrosis o el enfisema ajenos.

Pero no es ése el problema de fondo. Lo que ocurre es que en España existe una ley de derechos de autor como Dios manda; tan buena que, lógicamente, tenía que acabar chocando con la pacatería y la codicia de la ingente clase iletrada de este país.

En la España de hoy –que, no nos engañemos, sigue siendo en gran medida, la España de Franco- los intelectuales están vistos como una clase molesta. A muchos empresarios y políticos les encantaría aplicar la ley de fugas a más de un poeta, músico o escritor. Muy poca gente sabe valorar en su justa medida la labor de los artistas en nuestra sociedad. Las subvenciones, las exposiciones patrocinadas, los museos públicos, no tienen nada que ver en eso. El escaparatismo no demuestra aprecio por el arte.

Se trata de darse cuenta de lo necesaria que nos resulta la expresión artística. La ajena y la propia. La emética eclosión de la vena neofolclórica entre las clases iletradas demuestra la desesperada necesidad de salsa rosa para cubrir la ensalada de mierda que nos comemos a diario.

Nuestro Estado del Bienestar se asienta sobre la esclavitud de países enteros, sobre el saqueo legal de pueblos soberanos, cuando no sobre la invasión descarada de territorios ricos en materias primas.

Nuestra sociedad es culpable. Por eso sus individuos, incapaces de resolver el dilema moral que eso les plantea, se refugian en la canción romántica. Mientras caen las bombas, las coplillas hablan de amor, y todos soñamos con ser estrellas del pop. Es hipocresía pura, pero nos sirve para no pegarnos un tiro.

Necesitamos a los artistas para que nos digan lo que pasa, para que nos enseñen a protestar, y para que nos calmen la conciencia antes de que estalle de tanta culpa por no haber hecho lo suficiente. Necesitamos su ironía para no morirnos de asco cada vez que les vemos la cara a nuestros dirigentes. Y, sin embargo, les olvidamos día a día, y pretendemos que trabajen gratis. Que su trabajo nos les dé ni para comer.

Nos hemos acostumbrado a tontos lujos que nos van a costar la vida. Cuando los conquistadores llegaban a América, cambiaban a los indios el oro por cuentas. Ahora, prácticamente nos regalan la tecnología punta, pero no nos llega para pagar el piso. A este paso, tendremos que alimentarnos de CD: al fin y al cabo, tasas incluidas, sigue costando menos que un café o un tomate.