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El
pasado 30 de mayo se certificó
en el BOE la defunción
del Conservatorio Profesional
de Música “Padre
Antonio Soler” de San
Lorenzo de El Escorial, un prestigioso
centro de enseñanza con
más de 20 años
de historia, y que ha recibido
el premio al mejor conservatorio
de España.
El ataque comenzó
hace años, cuando el
Ministerio decidió acabar
con los Cursos Internacionales
de Verano, evento de gran repercusión
mundial al que acudían
los más reputados profesores.
Después
vinieron todo tipo de recortes
presupuestarios, y por fin,
la puntilla. Así se consigue
que, en toda la Comunidad de
Madrid, sólo haya un
centro de enseñanza de
Grado Superior de música:
el Conservatorio de Atocha,
lo más parecido a un
feudo que existe en la enseñanza
musical.
Un solo centro
de Grado Superior para todas
las especialidades, que tiene
que cubrir nada más que
a 5 millones de personas.
A muchos vecinos
ha sorprendido la decisión,
prácticamente la última
tomada por el supuesto melómano
Alberto Ruiz-Gallardón
como Presidente de la Comunidad
de Madrid, en mitad de un silencio
cobarde y cuasi-prevaricador
dos días antes de las
elecciones. Cómo no van
a sorprenderse, cuando hace
ya años que conviven
con las obras de un faraónico
auditorio de música,
discutiblemente encajado a menos
de 100 metros del Monasterio,
puerta con puerta con el Euroforum
que acoge cada verano los cursos
de la Universidad Complutense.
¿A santo
de qué se cierra un Conservatorio
justo cuando se abre un auditorio?
¿No es una contradicción,
cuando hace sólo un par
de años Gallardón
afirmaba querer convertir San
Lorenzo de El Escorial en el
“Salzburgo español”?
La respuesta
parece estar en el rumor que
agita últimamente los
mentideros escurialenses: al
parecer, el Ayuntamiento del
Real Sitio pretende convertir
la sede del Conservatorio -la
histórica Casa de Oficios,
integrada en el entorno arquitectónico
del Monasterio- nada menos que
en un hotel de lujo. Es de suponer
que destinado a albergar a las
ínclitas, ilustres y
esclarecidas vacas sagradas
de la música que acudirían
a dar conciertos al auditorio.
Parece bastante
lógico en un país
gobernado por mercaderes: la
cultura se convierte en turismo,
el arte en negocio, y el ocio
en parques temáticos.
El templo en
mercado.
Nada es suficiente
para el alcalde de San Lorenzo:
José Luis Fernández-Quejo,
“Pepón”,
cuya furia constructora es comparable,
para que se hagan una idea,
a la furia excavadora de Álvarez
del Manzano.
Baste señalar
las inacabables obras de remozado
de la zona céntrica del
pueblo. En el más puro
estilo capitalino: apología
del bolardo y el granito. Para
regocijo de las canteras, al
edil no se le ocurrió
otra cosa que renovar todos
los adoquines de la calle Floridablanca,
a la que se asoman el Coliseo
de Carlos III y las Casas de
Oficios, y una de las más
visitadas por el turismo.
Como todo el
mundo sabe, el adoquín
es uno de los materiales de
construcción más
endebles, por lo que hay que
cambiarlo constantemente. De
hecho, esta es la segunda vez
que se cambian los mismos…
en menos de diez años.
Y como todo
el mundo dice saber en el pueblo,
los nuevos adoquines salieron
de una cantera cuyos dueños,
vaya por dónde, son parientes
de Pepón.
¿Rumores
de pueblo? Lo que no es sólo
vox populi es que Pepón
tiene pendiente un proceso judicial
por prevaricación, en
relación con una edificación
ilegal, pero aun así
consiguió renovar su
mayoría absoluta el pasado
mayo, y ya ha conseguido que
se otorgue la licencia para
edificar sobre las cenizas del
monte Abantos, una ex-zona verde
no urbanizable de la localidad
que ardió en 1999 por
culpa de un “pirómano”
(dentro de poco la Real Academia
lo aceptará como sinónimo
de “constructor”).
Sobre esas
mismas cenizas, recién
extinguido el incendio, que
obligó a desalojar a
docenas de familias de San Lorenzo,
el mismo Alberto Ruiz-Gallardón
juró que jamás
permitiría que se construyese.
Un favor más que el Real
Sitio recibe de el inefable
“melómano”
(dentro de poco la Real Academia
lo aceptará como sinónimo
de “maldito mentiroso”).
A muchos escurialenses
aliviaría el que en la
Comunidad de Madrid llegasen
a soplar vientos distintos porque,
en su visita de campaña
a San Lorenzo, Esperanza Aguirre
propuso el verdadero remate:
duplicar los carriles de la
M-600, una apacible carretera
flanqueada de verde que une
la Autopista A-6 con el pueblo,
en un trayecto de unos 10 kilómetros,
pasando frente al Valle de los
Caídos y la contigua
quinta “El Campillo”,
donde, casualidad, celebraron
el banquete de bodas Ana Aznar
y Alejandro Agag.
Su argumento
era “no puede ser que
se tarde en llegar al Escorial
lo mismo que hace quince o veinte
años”.
Que este articulista
sepa, no hay un solo municipio
de la periferia de la capital
al que se tarde en llegar menos
de lo que se tardaba hace veinte
años, a no ser a las
tantas de la mañana.
Mientras tanto, y puestos a
comparar, el tren de Cercanías
sigue tardando lo mismo que
hace veinte años, y que
este articulista sepa, ningún
político ha abierto la
boca para quejarse.
Sin embargo,
se entiende que lo que Mari
Espe quiere es que, a costa
de unos centenares de árboles
de nada y de machacar aún
más las pocas hectáreas
de dehesas que nos quedan, los
pijos madrileños que
votan lo que votan puedan llegar
al Escorial en media horita
-que hay que ver lo que tardaron
cuando la boda de la niña-,
a pasar el fin de semana en
sus chalecitos del monte Abantos
o en el hotelazo con vistas
al Monasterio.
Y, de paso,
un saludo romano a la tumba
del Generalísimo, qué
menos.
Gracias a Pepón,
a Albertito, a Mari Espe y a
Jose Mari, San Lorenzo de El
Escorial conseguirá hacer
honor a su nombre: Escoria.
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