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Toda negociación
se basa en un conflicto: dos
entidades quieren conseguir
algo de la otra, y pretender
conseguirlo al mejor precio.
Toda negociación
supone que las dos entidades
están dispuestas a renunciar
a algo por su objetivo.
Uno de los
casos más apasionantes
para estudiar la psicología
de la negociación es
el secuestro, por cuanto el
precio del objetivo se mide
en vidas humanas, y los secuestradores
manejan estas vidas para rebajar
el precio de su objetivo, o
incluso conseguirlo gratis:
“Dame lo que te pido o
estos inocentes morirán”.
Se sabe que
la contundencia con que los
secuestradores enuncian sus
requerimientos es, en parte,
retórica, puesto que
en 9 de cada 10 casos realmente
están dispuestos a negociar,
lo que significa, recordemos,
renunciar a algo a cambio del
objetivo.
Lo más
importante, pues, para casi
todo negociador es conseguir
que la balanza entre objetivo
conseguido y precio pagado sea
satisfactoria.
Y digo casi
porque hay excepciones. El caso
de Chechenia es un claro ejemplo.
Examinemos
la situación sin dejarnos
llevar por las emociones, en
términos de objetivos
y precios:
De un lado,
tenemos un comando terrorista
que ha conseguido elevar el
precio de su oferta, usando
más de un millar de rehenes,
y cuyo objetivo es lograr la
retirada de las tropas rusas
de Chechenia.
Dado que su
objetivo es inalcanzable, necesita
un reclamo de gran fuerza (las
vidas de mil y pico inocentes)
para sentar a negociar a la
parte contraria.
Y la parte contraria es Vladimir
Putin, como representante del
gobierno ruso. Su objetivo es
–o debería ser-
salvar las vidas de los rehenes.
Pero el precio es demasiado
alto: retirar sus tropas sería
una derrota política
y económica intolerable.
En circunstancias
normales, aquí comenzaría
una negociación. Así,
de hecho, parecía al
principio, puesto que los secuestradores
liberaron a una pequeña
parte de los rehenes.
Este gesto, a todas luces insuficiente,
está sin embargo cargado
de significado: si bien el precio
no se ha rebajado realmente
-puesto que en términos
morales una sola vida humana
sería aún un precio
altísimo-, expresa sin
ambages una voluntad de renuncia,
de negociación. Los secuestradores
están comunicando a Putin
su voluntad de rebajar sus ambiciones
a cambio de que él rebaje
las suyas.
La respuesta
de Putin ya la conocemos. Es
la respuesta de un psicópata.
Un psicópata no reacciona
ante la psicología de
la negociación: no está
dispuesto a renunciar a nada.
Quiere su objetivo sin pagar.
Pero, lo más importante:
su objetivo no es el de una
persona sana (en este caso,
salvar a los rehenes). El objetivo
de un psicópata ante
un conflicto es hacer desaparecer
el conflicto. No resolverlo,
sino regresar a una situación
anterior, en la que el conflicto
no existía.
Es una pretensión
enfermiza, por supuesto, pero
en eso consiste la psicopatía.
Aplicando la
fórmula psicópata
al secuestro de Chechenia, tenemos
a centenares y centenares de
inocentes muertos, un precio
inexcusable, inconcebible, en
cualquier negociación.
Sólo un loco podría
plantear algo así.
Y sin embargo,
Putin sale indemne políticamente,
como ya lo hizo años
atrás, con el secuestro
del teatro, situación
ante la que no se dignó,
siquiera, interrumpir sus vacaciones.
¿Cómo se explica
que un enfermo mental, incapaz
de enfrentarse a una situación
sociopolítica básica
como la negociación,
dirija una de las grandes potencias
mundiales? ¿Y lo que
es peor, que las democracias
occidentales le apoyen y expresen
su condolencia? (Palabra inadecuada,
puesto que a Putin nada le duele
tras la masacre).
La explicación
es sencilla y, a la vez, terrible:
La democracia, la legalidad,
es incapaz de identificarse
con los objetivos del desesperado.
Siempre preferirá la
frialdad de quien firma una
sentencia de muerte, que la
insensatez de quien mata porque
no tiene otra salida. El comando
checheno está formando
por asesinos sanguinarios, merecedores
del más severo de los
castigos. Putin, sin embargo,
merece el más doloroso
de los infiernos. Porque los
chechenos, criminales sin escrúpulos,
locos iluminados, tarados convencidos
de su carácter heroico,
por lo menos ofrecieron una
baza a la negociación,
a pesar de que desde el momento
en que iniciaron el secuestro
sabían que no había
más salida que la muerte.
Putin no. Putin, que tenía
otras alternativas -indignas
todas, cierto: pero alternativas,
al fin y al cabo-, optó
sin dudar por la más
rentable: matar. Matar sin dudarlo.
Para él todo el precio
era poco.
Putin sabía
que mil inocentes muertos no
pesarían sobre su cabeza,
sino sobre la de los asesinos.
¿Justifica eso a los
asesinos? No, claro. Pero ¿en
qué convierte esa conciencia
a Putin? ¿Cómo
perdonar a quien jamás
pensó en otra alternativa
más que en la de entrar
a sangre y fuego en Chechenia,
matando a quien hiciera falta,
consciente de que la legalidad
estaba de su parte? ¿Qué
legalidad es esta en la que
nos basamos? ¿Qué
ideales valen la muerte de mil
inocentes? ¿Qué
economía merece esta
tragedia? ¿Qué
terroristas están tan
locos como para organizar estas
situaciones sin una razón?
Días
atrás, recién
conocida la noticia del secuestro,
la presunta periodista Susana
Moneo(*), se
permitió decir que los
chechenos habían llevado
a cabo está acción
“tal vez animados por
los éxitos de Al Qaeda
en otras partes del mundo”.
Que Dios ampare
a esta pobre mujer. Que Dios
la ampare, porque la razón,
obviamente, no la asiste.
¿En
qué mente de cuadrúpedo
cabe asociación tan insensata?
¿Qué inteligencia
de mosquito hay que tener para
pensar que acción tan
desesperada y brutal se toma
por simple imitación?
¿Qué es la situación
política internacional
para Susana Moneo: un videojuego?
¿Moros y cristianos?
¿No
sería más bien
Putin el que, animado por los
éxitos de otros genocidas
por omisión, decidió
prescindir de la más
mínima humildad, sabiendo
los apoyos que iba a recabar?
Es Putin, admitámoslo,
quien podía elegir. Y
si lo que eligió es el
ejemplo de sus colegas demócratas,
Occidente debería ir
planteándose cambiar
de nombre para su régimen
político.
(*)
Directora de Información
y sustituta veraniega de Federico
Jiménez Losantos al frente
del programa despertador La
Mañana, de COPE
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