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GOOD BYE FRANCO

19 de Marzo de 2005

La estatua ha dejado su pedestal. El egregio porte del otrora nuestro caudillo por la Gracia de Dios, ha recorrido erguido, firme, desafiante a lomos de su brioso corcel las calles de Madrid. Su último paseo lo ha hecho cubierto con una sábana, como si de una mortaja que se resiste a hundirse en la tierra se tratase y sin más honores que el parpadeo de las luces de la grúa municipal, porque en definitiva se trataba de eso, de un pésimo estacionamiento.

La rigidez de su cuello le ha impedido volver la cabeza para ver a los cuatro fieles que le despiden con lágrimas y a las fuerzas del orden público que como en sus buenos tiempos le escoltan, pero ahora hacia algún recóndito almacén ministerial, donde deberá consolarse con los torpes cuidados de algún funcionario hastiado y la esporádica visita extraoficial de algún político con acceso, no sabemos si con ánimo de mofa o de loa.

Mientras, en las afueras, la derecha moderna, la que quiere ocupar con “c” el espacio de del centro, llora por su ausencia. Acebes no puede evitar ejercitar una nueva, acrobática y desconocida torsión de su boca mientras el lacrimal se le humedece. Zaplana ve en el justo descanso del caudillo fuera de las inclemencias del tiempo, un acto de radicalidad de un PSOE incapaz de respetar a una figura histórica de la magnitud del Generalísimo. Hasta Don Mariano parece escocido con este repentino gesto de los revoltosos socialistas que ahora les ha dado por revolver el pasado, con su hedor concentrado por el paso del tiempo y con el sonrojo y la vergüenza que debe provocar a algunos, Don Mariano. Sólo Piqué, desde Catalunya, ha sido capaz de lanzar un simple razonamiento acorde con esa modernidad, europeidad y espíritu de centro que preconiza el partido en el que milita: “todos los signos que choquen contra la constitución deben ser retirados”. Así, sin complejidades sintácticas, sin derroches de emotividad, sin alardes retóricos, vamos que ni Gallardón lo hubiese expresado mejor.

Sin embargo sus jefes siguen empeñados en guiñar el ojo a los nostálgicos, que para eso muchos de ellos, reconvertidos a su pesar en demócratas, se acercan religiosamente cada cuatro años para depositar una ridícula gaviota en una estúpida urna. “Si levantara la cabeza José Antonio...” deben pensar muchos. “Y que bien hablaba cuando decía que el ser rotas, es el más noble destino de todas las urnas”. Pues después de todas estas humillaciones democráticas, ahora tienen que soportar como con nocturnidad, alevosía y sin el más mínimo respeto, alejan al Caudillo de nuestra ciudad.

No deja de llamar la atención que haya tenido que ser el ministerio de Fomento el que tomó la decisión. Un ministerio de Fomento socialista. Un ministerio de verbo con complemento obligado, complemento que bien pudiese ser “de la decencia” a juzgar por esta actuación. Con su decisión ha desaparecido el rostro carca, paternalista, autoritario y represor de un personaje siniestro que amargó a este país durante cuarenta por imponer de manera sanguinaria, su visión de España y de la historia, destruyendo la incipiente democracia de la República. Por mucho que pataleen los nostálgicos, los nietos ignorantes de la historia y los políticos que se dicen demócratas, la consigna ministerial es una más que benévola ubicación para el pequeño dictador. Aunque, quién sabe, lo mismo alguno quiera rescatar la estatua ecuestre para el centro de su jardín donde en las mañanas de la primavera que se acerca, el sol imprima sus rayos en el rostro de Franco... Pretendientes no le faltará.