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La estatua
ha dejado su pedestal. El egregio
porte del otrora nuestro caudillo
por la Gracia de Dios, ha recorrido
erguido, firme, desafiante a
lomos de su brioso corcel las
calles de Madrid. Su último
paseo lo ha hecho cubierto con
una sábana, como si de
una mortaja que se resiste a
hundirse en la tierra se tratase
y sin más honores que
el parpadeo de las luces de
la grúa municipal, porque
en definitiva se trataba de
eso, de un pésimo estacionamiento.
La rigidez
de su cuello le ha impedido
volver la cabeza para ver a
los cuatro fieles que le despiden
con lágrimas y a las
fuerzas del orden público
que como en sus buenos tiempos
le escoltan, pero ahora hacia
algún recóndito
almacén ministerial,
donde deberá consolarse
con los torpes cuidados de algún
funcionario hastiado y la esporádica
visita extraoficial de algún
político con acceso,
no sabemos si con ánimo
de mofa o de loa.
Mientras, en
las afueras, la derecha moderna,
la que quiere ocupar con “c”
el espacio de del centro, llora
por su ausencia. Acebes no puede
evitar ejercitar una nueva,
acrobática y desconocida
torsión de su boca mientras
el lacrimal se le humedece.
Zaplana ve en el justo descanso
del caudillo fuera de las inclemencias
del tiempo, un acto de radicalidad
de un PSOE incapaz de respetar
a una figura histórica
de la magnitud del Generalísimo.
Hasta Don Mariano parece escocido
con este repentino gesto de
los revoltosos socialistas que
ahora les ha dado por revolver
el pasado, con su hedor concentrado
por el paso del tiempo y con
el sonrojo y la vergüenza
que debe provocar a algunos,
Don Mariano. Sólo Piqué,
desde Catalunya, ha sido capaz
de lanzar un simple razonamiento
acorde con esa modernidad, europeidad
y espíritu de centro
que preconiza el partido en
el que milita: “todos
los signos que choquen contra
la constitución deben
ser retirados”. Así,
sin complejidades sintácticas,
sin derroches de emotividad,
sin alardes retóricos,
vamos que ni Gallardón
lo hubiese expresado mejor.
Sin embargo
sus jefes siguen empeñados
en guiñar el ojo a los
nostálgicos, que para
eso muchos de ellos, reconvertidos
a su pesar en demócratas,
se acercan religiosamente cada
cuatro años para depositar
una ridícula gaviota
en una estúpida urna.
“Si levantara la cabeza
José Antonio...”
deben pensar muchos. “Y
que bien hablaba cuando decía
que el ser rotas, es el más
noble destino de todas las urnas”.
Pues después de todas
estas humillaciones democráticas,
ahora tienen que soportar como
con nocturnidad, alevosía
y sin el más mínimo
respeto, alejan al Caudillo
de nuestra ciudad.
No deja de
llamar la atención que
haya tenido que ser el ministerio
de Fomento el que tomó
la decisión. Un ministerio
de Fomento socialista. Un ministerio
de verbo con complemento obligado,
complemento que bien pudiese
ser “de la decencia”
a juzgar por esta actuación.
Con su decisión ha desaparecido
el rostro carca, paternalista,
autoritario y represor de un
personaje siniestro que amargó
a este país durante cuarenta
por imponer de manera sanguinaria,
su visión de España
y de la historia, destruyendo
la incipiente democracia de
la República. Por mucho
que pataleen los nostálgicos,
los nietos ignorantes de la
historia y los políticos
que se dicen demócratas,
la consigna ministerial es una
más que benévola
ubicación para el pequeño
dictador. Aunque, quién
sabe, lo mismo alguno quiera
rescatar la estatua ecuestre
para el centro de su jardín
donde en las mañanas
de la primavera que se acerca,
el sol imprima sus rayos en
el rostro de Franco... Pretendientes
no le faltará. |
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