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Uno mira el
panorama nacional y se da cuenta
de que este país no trata
como debiera a aquellas personas
que dan la cara por él.
Una vez enterrados, y ya en
el umbral del olvido, caemos
en la cuenta: “¡Joder,
qué malos somos! ¡Cómo
lo hemos tratado!”. Si
el tiempo hace justicia, esto
es lo que ha de ocurrir con
el sr. Urdaci. Pobre, me lo
imagino sentado en su despacho
entre tanto papel y tanto video
de masacres, mentiras, insultos,
odios, crímenes... Es
como si lo viera: pensando qué
podría aportar él
para este país, para
este pueblo suyo, para su España,
una y grande; seguro que un
día llegó a la
conclusión de que no
nos haría sufrir más.
Ay, Dios, qué corazón.
Desde entonces, desde aquella
tarde de agobios y dolor por
el sufrimiento ajeno, ya no
volvió a ser el mismo.
Alfredo, ¡siempre pensando
en los demás! Así
fue como se metamorfoseó
en el X-MEN de la bondad, en
el gurú de las buenas
intenciones. Así fue
como en un esfuerzo sobrehumano
comenzó a lanzar pequeños
embustes piadosos para que nosotros,
tus espectadores sin rostro,
tus admiradores desconocidos,
no sufriéramos.
A partir de
aquel día, cuando la
muchedumbre abucheaba a una
mujer, tu convertías
esos gritos en aplausos, en...
en ovaciones. Porque tu bien
sabes que a tus fieles espectadores
nos rompería el alma
ver cómo una mujer así,
que además es ministra,
lo pasa tan mal. Pobre, cuánto
no te habrá costado renunciar
a tu honestidad profesional
en pos de no herir nuestra sensibilidad.
Simplemente heroico. Es solo
un ejemplo de tantos. Como en
aquella ocasión en la
que muchos hombres enfadados
con sus jefes salieron a las
calles en huelga. Al final fuiste
tú quien pagaste los
platos rotos, pues hasta un
juez te condenó a reconocer
tu engaño. Pero no importa,
Alfredo, todos sabemos el porqué
actuaste de esta manera, hasta
aquellos que te condenaron seguro
que también lo saben;
ésos seguro que no sabrían
qué hacer con un corazón
tan grande cómo el tuyo.
Yo no hubiera soportado el ver
a tantas personas por las calles
quejándose por sus eternas
jornadas laborales, sus contratos
basura, la discriminación
que sufren las mujeres... y
gracias a ti, a tu poder de
ahorrar dolor, conseguiste eliminar
de tus noticias dos tercios
de los allí presentes.
Qué hazaña.
¡Y que
al final hayas tenido que tragarte
toda la mierda! No me lo puedo
quitar de la cabeza: qué
mal tratamos a nuestras personalidades,
a nuestros mitos, a ti, todo
un hidalgo del siglo XXI. Que
me digan quién ama la
bandera más que tú,
quién vela más
por su pueblo hasta el punto
de hacer añicos su profesión.
Ay, Alfredo, ya hemos disfrutado
de tu último telediario.
Solo queremos que sepas que
para aquellos que te hemos comprendido
siempre seguirás vivo
en nuestras pantallas. ¡Pero
si nos has dado hasta una Reina
de España!
Y ahora a
sufrir, a aguantar a estos socialistas
que dicen que nos van a contar
toda la verdad en los informativos.
¡Qué desagradables!
¡Con todas las cosas feas
que pasan en el mundo! Ay, Dios.
Solo nos queda resignarnos,
pensar en esos días de
paz en que disfrutábamos
de tus noticias de cuentos de
hadas, en esos días en
que, tras ver tu telediario,
podríamos pegarnos a
la tele para disfrutar de Ana
y los siete junto a un par de
coca-colas. Qué tiempos
aquellos...
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