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Malditas palabras:
Terrorismo: Muralla: Frontera:
Atentado: Ejecución:
Víctima…
Y más y más y
más…
Maldita historia
cíclica. Malditos los
que no leen la historia. Los
que la leen y la repiten o la
interpretan en su beneficio.
Los que venden masacres. Los
que venden la muerte ajena.
Los que lloran sólo por
la propia.
Maldita migraña
social, socialmente inhumana.
Hasta el moño.
Y podría decir hasta
las tetas, pero el moño
está más alto.
Maldita Torre
de Babel, Muro de las lamentaciones,
cúpulas doradas, plaza
de San Pedro.
Y mientras, hay quienes, como
yo, no entendemos nada. El hilo
de pesca se nos enreda entre
los pies y a un tiempo nos oprime
la boca. Censura y autocensura:
un cerco que se nos cierra.
Y mientras… Locos universales
suben escaleras de sangre y
de poder. Qué les importa,
si chorrean las suelas de sus
botas cuando el empeine reluce.
Qué les importa si previamente
otros les limpian la propia
caspa de sus impecables trajes
de marca.
Siento que
una locura colectiva nos envuelve.
Conmoción
por unos muertos cercanos, los
de tu ciudad. Pero hay ciudades
y pueblos y aldeas que reciben
asesinados cada día con
la impotencia llenándoles
los bolsillos. “Siempre
pierden los mismos” dice
la generación de Los
niños de la guerra.
Pierden los oficinistas y trabajadores
de Nueva York por la avaricia
de Bush, y de los petroleros,
y de los fabricantes de armas
(hay que darles salida). Pierden
los obreros, estudiantes, emigrantes
de Madrid por el ansia de grandeza
de Aznar y su hipocresía.
Pierden los judíos de
las calles de Jerusalén
por el nazismo exterminador
del gobierno israelí
con Sharon a la cabeza arrasando
con tanques campos de refugiados
como campos de concentración.
Pierde el pueblo palestino su
tierra y su dignidad con palabras
de venganza por las directrices
de un Yassin ejecutado sin juicio…
Oriente Medio
hoy es el ojo del huracán
que nos engulle en el desconcierto.
¿Qué hacer? Nosotros,
los que llevamos siempre
los números de la pedrea
que cae de un cielo prepotente
y despiadado.
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