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Siempre se
ha dicho que, en tiempos de
los romanos, la península
estaba cubierta de árboles
y que una ardilla podría
haberla recorrido de un extremo
al otro sin bajarse. Ni que
decir tiene que la ardilla,
hoy, se habría pegado
un solemne batacazo en nuestro
suelo desertizado, justo antes
de que una familia tradicional
y dominguera le pase por encima
para ir a hacerse la paellita
a un paraje natural todavía
no arrasado. Los niños
tendrán luego por sobremesa
el apedreo a las hermanas de
la viajera frustrada, como han
hecho en el Retiro, donde no
queda ni una, dando fe este
hecho de la barbarie que aún
nos guía en nuestro país
europeo y plural. Lo cierto
es que, pese a todo, el paisaje
boscoso y romano no nos resulta
familiar en absoluto, estamos
más acostumbrados a las
interminables llanuras desnudas
de la Meseta que tanto gustaban
a nuestros noventayochistas
y por las que deambuló
don Alonso Quijano hace ya cuatrocientos
años, viendo gigantes
y ejércitos que los demás
no eran capaces de ver y que
ahí siguen, esperando
a que otro vuelva a fijar la
vista en ellos y, así,
recobren la vida que mantienen
en suspenso.
Hay, sin embargo,
modernos gigantes contra los
que algunos claman y que no
son sino molinos. Muchas montañas
y llanuras se han visto erizadas
de altas espigas blancas que
con un fuerte susurro alteran
lo que desde hace tiempo habían
sido horizontes vacíos
y silenciosos. Llevamos años
exigiendo soluciones para la
carestía de energía,
que dentro de poco nos costará
la salud y quizá la existencia
con sus humos y vertidos fuliginosos,
y hemos encontrado una que no
satisface a todos. Claro que
era de esperar, nada gusta por
igual a una especie tan variopinta
como la humana que tiene un
cerebro capaz de evaluar de
múltiples formas un mismo
suceso y ofrecer incontables
interpretaciones diferentes.
Eso ha llevado a nuestra época
a contaminarse de una enfermedad
que ya aterraba a Platón
hace 2500 años, la opinión.
Ésta es más bien
un síntoma, pero lo bastante
grave como para ponernos en
guardia. Porque opinar está
bien, es indicio de libertad,
pero tampoco debemos olvidar
que no todas las opiniones tienen
el mismo peso ni el mismo valor.
Las personas tienen el derecho
inalienable de expresar sus
opiniones, pero este derecho
no se transfiere a las opiniones
mismas, las cuales quedan expuestas
a la crítica, el descrédito
y el desprecio. Pensemos en
las opiniones de Hitler y descubriremos
que sólo nos provocan
justísimo desprecio (excepto,
quizá, para ciertos chalados
que, por cierto, sólo
son valientes con los ancianos
y los desvalidos).
Los molinos
tienen enemigos, pero encuentro
que los hay con razones y sin
ellas. Algunos viven cerca de
ellos y padecen un suplicio
comparable al que se padece
en las grandes ciudades con
los ruidos. Su bramido les vuelve
locos. Otros observan como las
aspas golpean y matan a las
aves que no consiguen verlas.
Ambas quejas me parecen lícitas,
porque todos tenemos derecho
a estar tranquilos en nuestras
propias casas, cómo no
(recordadlo, amigos del botellón,
amigos del claxon, fabricantes
de camiones de basura). Los
molinos deben irse a otra parte.
Por otro lado, quizá
bastaría con pintar las
aspas de un color brillante
para que las aves pudieran verlas,
y ordenar los molinos dejando
pasillos. Sin embargo, hay una
crítica que me irrita
de verdad porque la considero
vana opinión por no suficientemente
pensada, y es aquella que sostiene
que los gigantes destruyen el
paisaje y que éste es
un bien que a todos pertenece.
Vaya por delante que el paisaje
es un bien y que pertenece a
todos. Pero donde yo discrepo
es en el punto en el que los
gigantes lo destruyen. El paisaje,
como la energía, no se
destruye, sino que se transforma.
Se transformó la isla
de Manhattan cubierta de árboles
en un bosque bien diferente
que atrae a millones de visitantes
cada año para observar
su belleza (sobre todo de noche).
Aquella ardilla prerromana vio
un paisaje que hoy nos resulta
ajeno por completo, porque el
paisaje se ha ido humanizando
progresivamente desde que los
primeros humanos hicieron su
aparición. Los gigantes
que dominan las cumbres en el
norte de Burgos, unos de los
más atacados, se dice
que estropean un panorama natural.
Pero no ver la humanización
de esos terrenos es muestra
de miopía; las cumbres,
a esa altitud, deberían
estár coronadas con bosquetes
de abedules, pero en el pasado
los ganaderos y pastores los
talaron y quemaron para crear
los ricos pastos de montaña
a los que en verano subían
reses y rebaños; hay
caminos, redes eléctricas,
antiguas minas, senderos y pistas,
cabañas y otras construcciones...
El hombre lleva en la península
mucho tiempo, tanto que ha pisado
cada centímetro de terreno
y convertido la pradera en sembrado
y el bosque en prado. El paisaje
del que hablan es el suyo, el
de sus recuerdos o su añoranza,
y es comprensible que deseen
mantenerlo intacto, pero el
beneficio que todos podemos
obtener no puede pararse en
sentimentalismos. Y no estamos
hablando de un beneficio económico,
es mucho más; esos molinos
son la garantía o parte
de la garantía de nuestro
futuro colectivo.
El paisaje,
todo el globo, es humano. Hemos
alcanzado y transformado casi
todo el planeta. No sé
si debemos mostrar orgullo por
ello, si es motivo de orgullo,
pero quizá un poco sí.
Tenemos defectos, cometemos
errores, pero también
tenemos la capacidad de resolverlos
(bueno, quizá Bush no).
Somos asimismo capaces de crear
belleza, y de encontrarla, no
sólo en lo que creamos,
también en lo que es
netamente natural... y el paisaje
es creación nuestra,
sólo que lo hemos olvidado.
Quizá podamos encontrarla
en los campos de blancas espigas,
entre los gigantes o molinos
que vuelven a erguirse en nuestra
geografía.
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