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LA HUMANIZACIÓN DEL PAISAJE

05/05

Siempre se ha dicho que, en tiempos de los romanos, la península estaba cubierta de árboles y que una ardilla podría haberla recorrido de un extremo al otro sin bajarse. Ni que decir tiene que la ardilla, hoy, se habría pegado un solemne batacazo en nuestro suelo desertizado, justo antes de que una familia tradicional y dominguera le pase por encima para ir a hacerse la paellita a un paraje natural todavía no arrasado. Los niños tendrán luego por sobremesa el apedreo a las hermanas de la viajera frustrada, como han hecho en el Retiro, donde no queda ni una, dando fe este hecho de la barbarie que aún nos guía en nuestro país europeo y plural. Lo cierto es que, pese a todo, el paisaje boscoso y romano no nos resulta familiar en absoluto, estamos más acostumbrados a las interminables llanuras desnudas de la Meseta que tanto gustaban a nuestros noventayochistas y por las que deambuló don Alonso Quijano hace ya cuatrocientos años, viendo gigantes y ejércitos que los demás no eran capaces de ver y que ahí siguen, esperando a que otro vuelva a fijar la vista en ellos y, así, recobren la vida que mantienen en suspenso.

Hay, sin embargo, modernos gigantes contra los que algunos claman y que no son sino molinos. Muchas montañas y llanuras se han visto erizadas de altas espigas blancas que con un fuerte susurro alteran lo que desde hace tiempo habían sido horizontes vacíos y silenciosos. Llevamos años exigiendo soluciones para la carestía de energía, que dentro de poco nos costará la salud y quizá la existencia con sus humos y vertidos fuliginosos, y hemos encontrado una que no satisface a todos. Claro que era de esperar, nada gusta por igual a una especie tan variopinta como la humana que tiene un cerebro capaz de evaluar de múltiples formas un mismo suceso y ofrecer incontables interpretaciones diferentes. Eso ha llevado a nuestra época a contaminarse de una enfermedad que ya aterraba a Platón hace 2500 años, la opinión. Ésta es más bien un síntoma, pero lo bastante grave como para ponernos en guardia. Porque opinar está bien, es indicio de libertad, pero tampoco debemos olvidar que no todas las opiniones tienen el mismo peso ni el mismo valor. Las personas tienen el derecho inalienable de expresar sus opiniones, pero este derecho no se transfiere a las opiniones mismas, las cuales quedan expuestas a la crítica, el descrédito y el desprecio. Pensemos en las opiniones de Hitler y descubriremos que sólo nos provocan justísimo desprecio (excepto, quizá, para ciertos chalados que, por cierto, sólo son valientes con los ancianos y los desvalidos).

Los molinos tienen enemigos, pero encuentro que los hay con razones y sin ellas. Algunos viven cerca de ellos y padecen un suplicio comparable al que se padece en las grandes ciudades con los ruidos. Su bramido les vuelve locos. Otros observan como las aspas golpean y matan a las aves que no consiguen verlas. Ambas quejas me parecen lícitas, porque todos tenemos derecho a estar tranquilos en nuestras propias casas, cómo no (recordadlo, amigos del botellón, amigos del claxon, fabricantes de camiones de basura). Los molinos deben irse a otra parte. Por otro lado, quizá bastaría con pintar las aspas de un color brillante para que las aves pudieran verlas, y ordenar los molinos dejando pasillos. Sin embargo, hay una crítica que me irrita de verdad porque la considero vana opinión por no suficientemente pensada, y es aquella que sostiene que los gigantes destruyen el paisaje y que éste es un bien que a todos pertenece. Vaya por delante que el paisaje es un bien y que pertenece a todos. Pero donde yo discrepo es en el punto en el que los gigantes lo destruyen. El paisaje, como la energía, no se destruye, sino que se transforma. Se transformó la isla de Manhattan cubierta de árboles en un bosque bien diferente que atrae a millones de visitantes cada año para observar su belleza (sobre todo de noche). Aquella ardilla prerromana vio un paisaje que hoy nos resulta ajeno por completo, porque el paisaje se ha ido humanizando progresivamente desde que los primeros humanos hicieron su aparición. Los gigantes que dominan las cumbres en el norte de Burgos, unos de los más atacados, se dice que estropean un panorama natural. Pero no ver la humanización de esos terrenos es muestra de miopía; las cumbres, a esa altitud, deberían estár coronadas con bosquetes de abedules, pero en el pasado los ganaderos y pastores los talaron y quemaron para crear los ricos pastos de montaña a los que en verano subían reses y rebaños; hay caminos, redes eléctricas, antiguas minas, senderos y pistas, cabañas y otras construcciones... El hombre lleva en la península mucho tiempo, tanto que ha pisado cada centímetro de terreno y convertido la pradera en sembrado y el bosque en prado. El paisaje del que hablan es el suyo, el de sus recuerdos o su añoranza, y es comprensible que deseen mantenerlo intacto, pero el beneficio que todos podemos obtener no puede pararse en sentimentalismos. Y no estamos hablando de un beneficio económico, es mucho más; esos molinos son la garantía o parte de la garantía de nuestro futuro colectivo.

El paisaje, todo el globo, es humano. Hemos alcanzado y transformado casi todo el planeta. No sé si debemos mostrar orgullo por ello, si es motivo de orgullo, pero quizá un poco sí. Tenemos defectos, cometemos errores, pero también tenemos la capacidad de resolverlos (bueno, quizá Bush no). Somos asimismo capaces de crear belleza, y de encontrarla, no sólo en lo que creamos, también en lo que es netamente natural... y el paisaje es creación nuestra, sólo que lo hemos olvidado. Quizá podamos encontrarla en los campos de blancas espigas, entre los gigantes o molinos que vuelven a erguirse en nuestra geografía.