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En toda ciudad
hay ciertos tipos populares,
personajes que forman parte
del paisaje urbano tanto como
los monumentos, que forman parte
de la tradición común
tanto como el barquillero o
el fabricante de botijos (más
específicamente, ésos
que lucen el miembro de la benemérita);
personajes puede que contrahechos,
siempre con el rostro desencajado,
mostrando cicatrices más
interiores que exteriores; personajes
provinentes de ignotos pozos
de marginalidad o que han caído
en ellos accidentalmente (recordándonos
de paso que ninguno está
a salvo de un traspiés);
personajes que, en definitiva,
nos muestran que el hombre es
frágil, la sociedad cruel,
y la naturaleza traicionera,
y que pese a todo ello podemos
encontrar consuelo en una sonrisa
y una muestra de afecto. Famosos
eran los tipos populares del
XIX santanderinos, cantados
por José María
de Pereda y su plano costumbrismo,
«El Pulga» y «Pichucas
el del muelle» (que ha
legado a la posteridad la expresión
despectiva «ser más
tonto que Pichucas»),
pero como ellos los sigue habiendo,
en la ciudad de mis paisanos
y en otras, los hubo ayer y
los habrá mañana.
Hay uno que compra cada día
una botella de agua, la vacía,
la corta por la mitad, llena
la improvisada hucha de dinero
y se lanza a la consecución
de monedas de euro (antes eran
de a ciento, sólo acepta
lo que pide, de a ciento o,
desde el cambio europeo, de
a euro; no acepta otra participación
en su manía). Hay otro
que se disfraza con lo que pilla
en la basura y ofrece caramelos
a los niños, o estuches
para lápices que, fuera
de su mente, son carátulas
vacías de obsoletas cintas
de vídeo; éste
es más sórdido
que el otro, cuenta con denuncias
por pederastia (aunque yo lo
recuerdo más bien inofensivo,
los crueles niños le
escupíamos desde las
escaleras del colegio, que no
se atrevía a subir; sin
moco, pues aún no sabíamos).
Pero no todos
son ricos excéntricos,
supuestos villanos o borrachuzos
impenitentes; los hay que son,
sencillamente, parte entreñable
del alma urbana, personas a
quienes la vida no trató
bien o no gozaron de buena fortuna
o de afecto incondicionado cuando
lo precisaron. Personas cuya
única extravagancia es
no hallarse sumidos en la monotonía
cotidiana del trabajar para
vivir tranquilo y un poquito
de ocio y preparar el terreno
para una aceptable jubilación.
De ellos, cuyos rostros nos
son tan familiares, apenas sabemos
nada; se rumorea sobre su vida,
su pasado, cómo llegaron
a ese desconsuelo plácido;
sabemos muchas veces de dónde
sacan el dinero para vivir,
y dónde viven; pero desconocemos
qué hacen tras los muros
de su hogar, si lloran o permanecen
risueños también
cuando están solos, y
cómo es su casa, si limpia
y ordenada o vacía y
desconchada.
Intenté
escribir un articulejo sobre
el querido «Nene»,
personaje o tipo popular santanderino,
que hace poco nos dejó.
Quise decir mucho sobre él,
pero en seguida me di cuenta
de que ya estaba dicho, y mucho
mejor, en el emilio que me fue
enviado al exilio madrileño
por mi amigo Miki Arriola, quizá
quien más afecto sentía
por el «Nene» o
«Perro» o «Niño»
(tenía muchos nombres).
Esto le ocurre muchas veces
a los aspirantes a escritores,
que se sienten inmensos por
sus «cualidades»
pero muchas veces deben admitir
que los sentimientos puros siempre
acabarán venciendo a
su supuesta y más deseada
que obtenida pericia lingüística.
Por eso, y con tu permiso, tomo
prestadas tus palabras y las
reproduzco aquí:
«A las
duras y a las maduras. De las
cosas feas también se
debe hablar.
»Pues
no es broma, no. Ese pequeño
ser que tanto nos ha aportado,
sea amplia parte de nuestro,
cada vez mas triste, vocabulario,
sean unas simples risas una
de tantas noches de alcohol
y drogas, nos ha dejado para
siempre.
»Personalmente
creo que nos seguirá
vigilando desde lo alto (o lo
bajo, o lo medio, o lo que fuere)
señalándonos con
ese dedo índice amenazador,
como para hacerle un piquete
de ojos a San Pedro en las mismas
puertas, si es que no le deja
entrar en el bar nebuloso que
regenta, a tomarse un chupito
de avellana de esos que le privan,
por no llevar zapatos, no medir
lo suficiente, o llevar calcetines
blancos con tomates. Pues mejor.
Ojalá no te dejen entrar
Nene Perro, y así te
vuelves con los que ya te echamos
en falta.
»Realmente
creo que es la única
persona que he conocido en mi
vida de la que jamás
he oído hablar mal, ni
siquiera regular. Y es que es
realmente imposible que nadie
lo hiciera, pues de la que se
te cuelga del cuello notas al
instante el enorme peso que,
pienso, no solamente viene de
su prominencia estomacal sino
también de un alma (o
lo que sea eso que llevamos
dentro) realmente bonita y verdaderamente
cálida como unas bravas
de La Rana Verde.
»No
sé qué pensaréis
vosotros que estáis lejos
y metidos en vuestros asuntos,
pero yo estuve con él
hace bien poco y de verdad que
desde hace tres días
apenas me sale nuestro “¡neneee!”
de la boca.
»No
os pido que recéis por
él porque sinceramente
no creo que lo vaya a oír,
pero sí estaría
bien que cada uno recuerde un
momento de nuestro Nene. Y es
que cada uno tiene alguna historia
con el Nene. Ahí estaba
su gracia. Cada uno le llamaba
a su manera y le trataba como
le parecía. Él,
en cambio, trataba a todos igual.
No vi nunca que no cediese su
dedo cómplice a quien
le incitase, incluso después
de haberle quemado a lo perra
varias veces él te venía
otra vez a prestarte su más
preciado tesoro, su dedo índice.
Y es que no sé si habéis
visto la pintura de La Creación,
ésa en la que se da a
entender que la vida se creó
con el dedo índice de
Dios; pues que cada uno saque
sus conclusiones. La mía
es que, aún siendo más
ateo que el mayor de ellos,
por una vez, creo que un cuadro
de este tipo nos muestra una
clara realidad: el Nene va a
llegar al cielo y le va a decir
a Dios: “¡Neneeee!”.
Con saludo de índices
incluido, claro. Entonces Dios
le mirará, se descojonará
un rato y, tras invitarle a
un trago de ese licor de avellana
dirá: “¡Ese
Neneee!”. A partir de
aquí todo empezará
a ir mejor, puesto que Dios
no va a dejar nunca que el Niño
Perro se vaya de su lado; contrato
indefinido. Y ya se sabe, cuatro
ojos ven mas que dos, con lo
cual el mundo estará
mucho mejor vigilado porque
Dios se ha hecho de un fiel
servidor, un pequeño
Sancho Panza, llegado de la
lejana Tierruca».
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