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NOS HA DEJADO EL NENE

05/05

En toda ciudad hay ciertos tipos populares, personajes que forman parte del paisaje urbano tanto como los monumentos, que forman parte de la tradición común tanto como el barquillero o el fabricante de botijos (más específicamente, ésos que lucen el miembro de la benemérita); personajes puede que contrahechos, siempre con el rostro desencajado, mostrando cicatrices más interiores que exteriores; personajes provinentes de ignotos pozos de marginalidad o que han caído en ellos accidentalmente (recordándonos de paso que ninguno está a salvo de un traspiés); personajes que, en definitiva, nos muestran que el hombre es frágil, la sociedad cruel, y la naturaleza traicionera, y que pese a todo ello podemos encontrar consuelo en una sonrisa y una muestra de afecto. Famosos eran los tipos populares del XIX santanderinos, cantados por José María de Pereda y su plano costumbrismo, «El Pulga» y «Pichucas el del muelle» (que ha legado a la posteridad la expresión despectiva «ser más tonto que Pichucas»), pero como ellos los sigue habiendo, en la ciudad de mis paisanos y en otras, los hubo ayer y los habrá mañana. Hay uno que compra cada día una botella de agua, la vacía, la corta por la mitad, llena la improvisada hucha de dinero y se lanza a la consecución de monedas de euro (antes eran de a ciento, sólo acepta lo que pide, de a ciento o, desde el cambio europeo, de a euro; no acepta otra participación en su manía). Hay otro que se disfraza con lo que pilla en la basura y ofrece caramelos a los niños, o estuches para lápices que, fuera de su mente, son carátulas vacías de obsoletas cintas de vídeo; éste es más sórdido que el otro, cuenta con denuncias por pederastia (aunque yo lo recuerdo más bien inofensivo, los crueles niños le escupíamos desde las escaleras del colegio, que no se atrevía a subir; sin moco, pues aún no sabíamos).

Pero no todos son ricos excéntricos, supuestos villanos o borrachuzos impenitentes; los hay que son, sencillamente, parte entreñable del alma urbana, personas a quienes la vida no trató bien o no gozaron de buena fortuna o de afecto incondicionado cuando lo precisaron. Personas cuya única extravagancia es no hallarse sumidos en la monotonía cotidiana del trabajar para vivir tranquilo y un poquito de ocio y preparar el terreno para una aceptable jubilación. De ellos, cuyos rostros nos son tan familiares, apenas sabemos nada; se rumorea sobre su vida, su pasado, cómo llegaron a ese desconsuelo plácido; sabemos muchas veces de dónde sacan el dinero para vivir, y dónde viven; pero desconocemos qué hacen tras los muros de su hogar, si lloran o permanecen risueños también cuando están solos, y cómo es su casa, si limpia y ordenada o vacía y desconchada.

Intenté escribir un articulejo sobre el querido «Nene», personaje o tipo popular santanderino, que hace poco nos dejó. Quise decir mucho sobre él, pero en seguida me di cuenta de que ya estaba dicho, y mucho mejor, en el emilio que me fue enviado al exilio madrileño por mi amigo Miki Arriola, quizá quien más afecto sentía por el «Nene» o «Perro» o «Niño» (tenía muchos nombres). Esto le ocurre muchas veces a los aspirantes a escritores, que se sienten inmensos por sus «cualidades» pero muchas veces deben admitir que los sentimientos puros siempre acabarán venciendo a su supuesta y más deseada que obtenida pericia lingüística. Por eso, y con tu permiso, tomo prestadas tus palabras y las reproduzco aquí:

«A las duras y a las maduras. De las cosas feas también se debe hablar.

»Pues no es broma, no. Ese pequeño ser que tanto nos ha aportado, sea amplia parte de nuestro, cada vez mas triste, vocabulario, sean unas simples risas una de tantas noches de alcohol y drogas, nos ha dejado para siempre.

»Personalmente creo que nos seguirá vigilando desde lo alto (o lo bajo, o lo medio, o lo que fuere) señalándonos con ese dedo índice amenazador, como para hacerle un piquete de ojos a San Pedro en las mismas puertas, si es que no le deja entrar en el bar nebuloso que regenta, a tomarse un chupito de avellana de esos que le privan, por no llevar zapatos, no medir lo suficiente, o llevar calcetines blancos con tomates. Pues mejor. Ojalá no te dejen entrar Nene Perro, y así te vuelves con los que ya te echamos en falta.

»Realmente creo que es la única persona que he conocido en mi vida de la que jamás he oído hablar mal, ni siquiera regular. Y es que es realmente imposible que nadie lo hiciera, pues de la que se te cuelga del cuello notas al instante el enorme peso que, pienso, no solamente viene de su prominencia estomacal sino también de un alma (o lo que sea eso que llevamos dentro) realmente bonita y verdaderamente cálida como unas bravas de La Rana Verde.

»No sé qué pensaréis vosotros que estáis lejos y metidos en vuestros asuntos, pero yo estuve con él hace bien poco y de verdad que desde hace tres días apenas me sale nuestro “¡neneee!” de la boca.

»No os pido que recéis por él porque sinceramente no creo que lo vaya a oír, pero sí estaría bien que cada uno recuerde un momento de nuestro Nene. Y es que cada uno tiene alguna historia con el Nene. Ahí estaba su gracia. Cada uno le llamaba a su manera y le trataba como le parecía. Él, en cambio, trataba a todos igual. No vi nunca que no cediese su dedo cómplice a quien le incitase, incluso después de haberle quemado a lo perra varias veces él te venía otra vez a prestarte su más preciado tesoro, su dedo índice. Y es que no sé si habéis visto la pintura de La Creación, ésa en la que se da a entender que la vida se creó con el dedo índice de Dios; pues que cada uno saque sus conclusiones. La mía es que, aún siendo más ateo que el mayor de ellos, por una vez, creo que un cuadro de este tipo nos muestra una clara realidad: el Nene va a llegar al cielo y le va a decir a Dios: “¡Neneeee!”. Con saludo de índices incluido, claro. Entonces Dios le mirará, se descojonará un rato y, tras invitarle a un trago de ese licor de avellana dirá: “¡Ese Neneee!”. A partir de aquí todo empezará a ir mejor, puesto que Dios no va a dejar nunca que el Niño Perro se vaya de su lado; contrato indefinido. Y ya se sabe, cuatro ojos ven mas que dos, con lo cual el mundo estará mucho mejor vigilado porque Dios se ha hecho de un fiel servidor, un pequeño Sancho Panza, llegado de la lejana Tierruca».