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NUESTRO HOMBRE DEL FUTURO

01/06

La vida es sueño, escribió Calderón de la Barca. La vida será juego, dice el homo ludens, asumiendo lo que vendrá. ¿Juego? Claro, soy importante ejecutivo de importante compañía, pero todo es de mentiritas: ustedes son las visitas, yo les sirvo humeante té, es invierno, y hablamos de cosas serias e importantes como si fuéramos la gente grande de antes. Que, si nos vieran, dirían que somos unos niños, que no hemos crecido, así Peter Pan. Muy bien, lo lúdico. Es decir, no exaltamos el ocio como el disfrute de no hacer nada, tal cual Paul Lafargue en su libro “El derecho a la pereza”. No. Le damos contenido a ese ocio, lo hacemos creativo, lo lúdico ha de reinventarse una y otra vez. Sólo que, antes de proseguir, un detallito: ¿cómo se hace para vivir sin trabajar? Muy sencillo. Me lo permite la automatización y el haberme tocado pertenecer a uno de los enclaves futuros donde no haya hambre.

Así, pues, no son planes para para hoy, cuando las necesidades no dan tregua, sino para los sobrevivientes de un mañana: aceptar la vida como algo regalado, que ni vale la pena tomar en serio, como monedita que corre y dejamos ir. La vida, sin causa ni finalidad algunas, sin otra justificación que ésta: ha de terminar porque comenzó, y para eso comenzó: para terminar. Es como el perro tratando de morderse la cola, que da vueltas y vueltas sin jamás alcanzarla. Así se dispuso y nosotros le bailamos al son que nos toca.

A pesar de todo, tiene su lado positivo: devaluada la vida, devaluada la muerte. Para ésta, de todos modos, contamos con tratamiento lúdico, los abuelos lo enseñaron. Para comenzar, hay que hacer como en México. Llamarla Pelona (o doña NOOjos, como la he bautizado) con irreverencia. Y anunciarle que va a ser comida como pan y calavera de azúcar, que a sus muertos los haremos bajar en días de celebración. Con esas precauciones, doña NOOjos queda conjurada. Como siempre, no hay que dejarse llevar por delante. Valga el consejo... pues al homo ludens no se le ha quitado el miedo que le tiene a la muerte.

OK, prosigamos si estamos de acuerdo. Y si no, también. Insisto en que la vida lúdica no es simplemente el juego, sino una actitud filosófica, o casi, al menos un comportamiento sabio. Que se construye desde la humildad. Yo, uno al seno de la especie humana, soy poca cosa. Y la especie humana, que alguna vez creyó ocupar el centro del universo, al seno de éste, es poca cosa. Así que soy una poca cosa de una poca cosa. Perfecto. Y esta actitud, lejos de devaluarme, me protege: no pretendo lo que no puedo, estoy al abrigo de inútiles ansiedades.

Vuelvo la espalda a la sociedad dando un paso fuera de ella; y doy la cara al cosmos desde dentro de él. Epicúreo antes que estoico, quedo, por propia decisión, fuera de la partida. Fuera, si se trata de valores sociales consagrados. Y dentro, si se trata de seguir el ejemplo de la lacónica Mamacita Naturaleza. Ella no da explicaciones, no le preocupa justificarse ni pierde su tiempo. Es, simplemente. Así, el homo ludens, de cara al cosmos y de espalda a la sociedad de hoy, anticipando la de mañana.

Por lo demás, su principal trabajo consiste en cantarse y celebrarse a sí mismo, como el poeta Walt Whitman. Para vivir lo más plenamente posible, controla su salud, se diría un tanto hipocondríaco. Y un tanto bon vivant. Y un tanto narcisista. Y un tanto anarquista y un tanto pragmático, está convencido de lo siguiente: la gran lección es que no hay lección, y lo único absoluto es que todo es relativo; ninguna ciencia suplirá los silencios de Mamacita Naturaleza, a la cual el hombre continuará ligado. El disfrute del homo ludens está en competir por el placer de competir midiendo sus fuerzas entre sus semejantes, no en derrotar al adversario, no en demostrar a un público que él gana.

Vivir nunca es aburrimiento, es la invención de nuevos juegos; y tampoco es irresponsabilidad -en el peor sentido de la palabra-; solamente que no se comparte la seriedad de las personas serias que ejecutan en serio tareas serias. Sabiendo que no lo son, sabiéndose una nada, o casi, el homo ludens ratifica su decisión de seguir adelante porque el valor de la vida consiste en vivirla, y nada hay dentro o fuera de ella que supere a la vida misma, aun cuando sea barata, regalada, nada seria: no tenemos otra cosa que esa pobre cosa. Por lo demás, todo es gastable, todo es perecedero, todo tiene su tiempo de existir y su tiempo de extinguirse. Tal vez sea necesario insistir en la distinción entre irresponsable como tipo que todo le importa un carajo e irresponsable como lúdico. No, al primero; sí, al segundo. No derramaré petróleo en el mar y trataré al prójimo, que es mi compañero de juegos, como a mí mismo; cuidaré de las otras especies, especialmente las que se encuentran en vías de extinción, como de mí mismo; y con causa: corro el peligro de ser, yo, el hombre, una de ellas.

Y lo haré sin creerme el rey de la creación, sin soberbia hacia las otras especies, menos evolucionadas; sin pensar que robótica, ingeniería genética, clonación, electrónica, informática, cibernética, astronáutica, cirugía de trasplantes, energía nuclear, etcétera, y armas de destrucción masiva, consagran al hombre como amo del sistema solar o le otorgan el derecho de dar rumbo a la evolución sustituyendo a Mamacita Naturaleza. Todo eso es parte de un juego: irresponsable en el mejor sentido, responsable en el mejor sentido. Y ese juego se acompasa a la vieja receta: vivir y dejar vivir.

Es una moral paralela al universo; percibo la fugacidad y la asumo: soy objeto entre objetos, inteactúo, y la muerte es parte del juego. ¿Implica esta actitud la espera de que el tiempo hará lo suyo sacando del medio a doña NOOjos, o bien, sin poderlo precisar, que algo importante de verdad suceda, algo que revele los porqué y los para qué?

Tal vez el juego sea el modo de sobrellevar la espera.

 

 

Marcos Winocur