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La vida es sueño, escribió
Calderón de la Barca.
La vida será juego, dice
el homo ludens, asumiendo lo
que vendrá. ¿Juego?
Claro, soy importante ejecutivo
de importante compañía,
pero todo es de mentiritas:
ustedes son las visitas, yo
les sirvo humeante té,
es invierno, y hablamos de cosas
serias e importantes como si
fuéramos la gente grande
de antes. Que, si nos vieran,
dirían que somos unos
niños, que no hemos crecido,
así Peter Pan. Muy bien,
lo lúdico. Es decir,
no exaltamos el ocio como el
disfrute de no hacer nada, tal
cual Paul Lafargue en su libro
“El derecho a la pereza”.
No. Le damos contenido a ese
ocio, lo hacemos creativo, lo
lúdico ha de reinventarse
una y otra vez. Sólo
que, antes de proseguir, un
detallito: ¿cómo
se hace para vivir sin trabajar?
Muy sencillo. Me lo permite
la automatización y el
haberme tocado pertenecer a
uno de los enclaves futuros
donde no haya hambre.
Así,
pues, no son planes para para
hoy, cuando las necesidades
no dan tregua, sino para los
sobrevivientes de un mañana:
aceptar la vida como algo regalado,
que ni vale la pena tomar en
serio, como monedita que corre
y dejamos ir. La vida, sin causa
ni finalidad algunas, sin otra
justificación que ésta:
ha de terminar porque comenzó,
y para eso comenzó: para
terminar. Es como el perro tratando
de morderse la cola, que da
vueltas y vueltas sin jamás
alcanzarla. Así se dispuso
y nosotros le bailamos al son
que nos toca.
A pesar de
todo, tiene su lado positivo:
devaluada la vida, devaluada
la muerte. Para ésta,
de todos modos, contamos con
tratamiento lúdico, los
abuelos lo enseñaron.
Para comenzar, hay que hacer
como en México. Llamarla
Pelona (o doña NOOjos,
como la he bautizado) con irreverencia.
Y anunciarle que va a ser comida
como pan y calavera de azúcar,
que a sus muertos los haremos
bajar en días de celebración.
Con esas precauciones, doña
NOOjos queda conjurada. Como
siempre, no hay que dejarse
llevar por delante. Valga el
consejo... pues al homo ludens
no se le ha quitado el miedo
que le tiene a la muerte.
OK, prosigamos
si estamos de acuerdo. Y si
no, también. Insisto
en que la vida lúdica
no es simplemente el juego,
sino una actitud filosófica,
o casi, al menos un comportamiento
sabio. Que se construye desde
la humildad. Yo, uno al seno
de la especie humana, soy poca
cosa. Y la especie humana, que
alguna vez creyó ocupar
el centro del universo, al seno
de éste, es poca cosa.
Así que soy una poca
cosa de una poca cosa. Perfecto.
Y esta actitud, lejos de devaluarme,
me protege: no pretendo lo que
no puedo, estoy al abrigo de
inútiles ansiedades.
Vuelvo la espalda
a la sociedad dando un paso
fuera de ella; y doy la cara
al cosmos desde dentro de él.
Epicúreo antes que estoico,
quedo, por propia decisión,
fuera de la partida. Fuera,
si se trata de valores sociales
consagrados. Y dentro, si se
trata de seguir el ejemplo de
la lacónica Mamacita
Naturaleza. Ella no da explicaciones,
no le preocupa justificarse
ni pierde su tiempo. Es, simplemente.
Así, el homo ludens,
de cara al cosmos y de espalda
a la sociedad de hoy, anticipando
la de mañana.
Por lo demás,
su principal trabajo consiste
en cantarse y celebrarse a sí
mismo, como el poeta Walt Whitman.
Para vivir lo más plenamente
posible, controla su salud,
se diría un tanto hipocondríaco.
Y un tanto bon vivant. Y un
tanto narcisista. Y un tanto
anarquista y un tanto pragmático,
está convencido de lo
siguiente: la gran lección
es que no hay lección,
y lo único absoluto es
que todo es relativo; ninguna
ciencia suplirá los silencios
de Mamacita Naturaleza, a la
cual el hombre continuará
ligado. El disfrute del homo
ludens está en competir
por el placer de competir midiendo
sus fuerzas entre sus semejantes,
no en derrotar al adversario,
no en demostrar a un público
que él gana.
Vivir nunca
es aburrimiento, es la invención
de nuevos juegos; y tampoco
es irresponsabilidad -en el
peor sentido de la palabra-;
solamente que no se comparte
la seriedad de las personas
serias que ejecutan en serio
tareas serias. Sabiendo que
no lo son, sabiéndose
una nada, o casi, el homo ludens
ratifica su decisión
de seguir adelante porque el
valor de la vida consiste en
vivirla, y nada hay dentro o
fuera de ella que supere a la
vida misma, aun cuando sea barata,
regalada, nada seria: no tenemos
otra cosa que esa pobre cosa.
Por lo demás, todo es
gastable, todo es perecedero,
todo tiene su tiempo de existir
y su tiempo de extinguirse.
Tal vez sea necesario insistir
en la distinción entre
irresponsable como tipo que
todo le importa un carajo e
irresponsable como lúdico.
No, al primero; sí, al
segundo. No derramaré
petróleo en el mar y
trataré al prójimo,
que es mi compañero de
juegos, como a mí mismo;
cuidaré de las otras
especies, especialmente las
que se encuentran en vías
de extinción, como de
mí mismo; y con causa:
corro el peligro de ser, yo,
el hombre, una de ellas.
Y lo haré
sin creerme el rey de la creación,
sin soberbia hacia las otras
especies, menos evolucionadas;
sin pensar que robótica,
ingeniería genética,
clonación, electrónica,
informática, cibernética,
astronáutica, cirugía
de trasplantes, energía
nuclear, etcétera, y
armas de destrucción
masiva, consagran al hombre
como amo del sistema solar o
le otorgan el derecho de dar
rumbo a la evolución
sustituyendo a Mamacita Naturaleza.
Todo eso es parte de un juego:
irresponsable en el mejor sentido,
responsable en el mejor sentido.
Y ese juego se acompasa a la
vieja receta: vivir y dejar
vivir.
Es una moral
paralela al universo; percibo
la fugacidad y la asumo: soy
objeto entre objetos, inteactúo,
y la muerte es parte del juego.
¿Implica esta actitud
la espera de que el tiempo hará
lo suyo sacando del medio a
doña NOOjos, o bien,
sin poderlo precisar, que algo
importante de verdad suceda,
algo que revele los porqué
y los para qué?
Tal vez el
juego sea el modo de sobrellevar
la espera.
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