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La naftalina
me huele a antiguo, a pasado,
a posguerra. El PP lo tiene
presente. Lo esnifa en verborrea
a diario. Los polvos malignos
del Franquismo. Por eso les
huele a naftalina el homenaje
a los antifranquistas, a los
presos, torturados… del
anterior régimen.
Es cierto que
los hombres y mujeres que lucharon
contra el Golpe de Estado de
1936 huelen a vejez: llevan
toda la vida esperando un mínimo
reconocimiento. Una restitución
de su honra. Una dignidad. En
otros países serían
héroes. En este: “rencorosos”
“abre-heridas” “antipatriotas”.
No quiso el
PP participar del homenaje a
las “víctimas del
franquismo”. Cómo
iba a hacerlo. Los verdugos
no se apiadan de sus víctimas.
Porque no nos olvidemos de donde
nace y viene el partido pepero.
Tengo a flor de piel que Fraga
fue ministro de interior de
Franco, que proclamó
“la calle es mía”,
que siguió ordenando
disparar a los obreros concentrados
en una iglesia de Vitoria. Cinco
muertos que huelen a desmemoria.
Y que él se instaló
en Galicia y nadie lo mueve:
Galicia es suya.
Y así,
uno tras otro, llevan en su
currículum: de casta
le viene al galgo. Y nadie les
hace pagar con la misma moneda.
Las justificaciones
son peregrinas. Se les llenan
las bocas de palabras robadas:
libertad, reconciliación,
concordia… Han manifestado
que el homenaje propuesto por
la oposición huele a
naftalina, que hay que olvidar
la historia.
Para ellos,
está claro que no es
historia la conmemoración
del 20-N y legalizan una marcha
al Valle de los Caídos
con corte de autopista y despliegue
policial. Ese monumento fascista
que sigue en pie, que continúa
siendo gusto de devoción
de los recalcitrantes nostálgicos
del dictador.
A mí
no me hubiera gustado que el
PP estuviera presente en el
acto. Ni que me llamaran “víctima”.
Es palabra con connotaciones
católicas, y me huele
a piedad, a compasión…
Si existiera “justicia”
me convencería más.
Pero prefiero las frases escuchadas
desde la cuna: poner las cosas
en su sitio, a cada cual lo
que se merece. Ya está
bien de bailar con la más
fea.
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