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Aunque muchos
no lo recuerden, no es la primera
vez que en democracia vivimos
momentos de crispación
política exacerbada.
Cuando ganó el Partido
Popular las elecciones en 1996,
las huestes de Prisa hicieron
lo posible por perturbar el
ambiente político, en
un intento descarado por desgastar
a un Gobierno que, sin embargo,
salió reforzado y, a
la larga, mostró que
se bastaba y se sobraba para
desgastarse con sus nefastas
elecciones. El actual Gobierno
padece actividades semejantes,
aunque en esta ocasión
tiene a Prisa de su lado y a
la entente PP-COPE-El Mundo
en su contra. De momento parece
que capea el temporal con relativa
fortuna, y seguirá así
mientras los datos económicos
sean favorables, como pasó
con el anterior Gobierno. Lo
que vaya a ocurrir a largo plazo,
aún está por ver.
En momentos
de tensión surgen actitudes
normalmente reprimidas, que
no quiere decir que sean las
actitudes naturales de la persona
o el grupo. Todos tenemos impulsos
que logramos reprimir con éxito,
gracias a lo cual la sociedad
funciona; ese es el signo de
la civilización. Ahora
bien, aunque sintamos el impulso
de patear la cabeza de quien
nos planta el sobaco rezumante
de humanidad en pleno rostro
en las angosturas del metro,
eso no quiere decir que nuestra
naturaleza sea agresiva, o que
sea la agresividad lo que defina
nuestro carácter. La
tensión puede llegar
a transformarnos y hacernos
explotar en un momento dado,
como podemos aplastar una botella
y esparcir su contenido sin
que ese sea su comportamiento
habitual. Además, los
humanos tenemos la fortuna de
ser flexibles, y una vez desaparecida
la presión volvemos a
nuestro estado natural.
Por ello creo
que no hay razones para preocuparse
en exceso ante esta nueva fase
de crispación política.
Llegará un momento en
el que la presión desaparecerá
y volveremos a la tranquilidad
habitual, eso que muchos comentaristas
políticos denominan sociedad
anestesiada. Pero, mientras
llega ese momento, podemos observar
ciertas actitudes en nuestros
congéneres. Se dice que
en momentos de crisis puede
salir lo mejor de nosotros,
pero también lo peor;
creo que, ahora, estamos viendo
lo peor de cada casa y de cada
uno. Aparece o brilla más
la figura del sectario, aquel
que se comporta como un hooligan
de la política, con su
partido a muerte haga lo que
haga, diga lo que diga y aunque
deje de hacer o de decir. Como
sea. Los hay más papistas
que el papa, como Jiménez
Losantos, tan radical en sus
proclamas derechistas que llega
a dañar gravemente al
partido que cree apoyar. O el
cineasta Almodóvar, que
cumple una función semejante
cuando acusa al PP de pretender
un golpe de estado, dañando
gravemente al PSOE en su imagen
(y perjudicándose a sí
mismo). Lo malo es que, como
dicen las abuelas, todo se pega
menos la hermosura, y el sectarismo
se extiende.
No es raro
hoy que los votantes, afines
y militantes de un partido le
exijan mayor agresividad, mayor
sectarismo. Cada partido tiene
su propio dóberman especialmente
dotado para inflamar a la propia
hinchada tanto como a la ajena
(Acebes – Blanco), señalando
taxativamente los errores y
defectos del contrario, que
empieza a verse más como
enemigo. Cada partido tiene
sus medios de comunicación
en los cuales se hace sombra
al contrario (personalmente,
prefiero dejar la expresión
“enemigo” para otros
ámbitos) o directamente
se difama, miente y manipula
en su contra. Al sectario esto
no le parece mal, es más,
lo prefiere. Y exige que se
difame, mienta y manipule más
aún, nunca calma su sed.
Parece que destila odio, aunque
no es así, porque el
odio es un sentimiento más
profundo y el sectario sólo
padece sentimientos superficiales.
El sectario terminará
por olvidar, aunque en condiciones
semejantes se reproducirán
los mismos patrones de comportamiento,
aunque es posible que lo haga
en la dirección contraria.
Porque el sectario es chaquetero
también, a veces. Conviene
aclarar que el sectario es leal,
sí, pero sólo
al último que le ha favorecido.
Para ciertas cosas tiene mala
memoria, así que los
antiguos favores se le olvidan.
Tiene poca caché para
los favores, así que
debe vaciarla de vez en cuando
para dejar sitio.
El sectario
es, en definitiva, una víctima.
Una criatura mecida por las
circunstancias, un niño
perdido necesitado de orientación
que, sin embargo, suele considerarse
libre e independiente; suele
decir de sí mismo que
es un librepensador, cuando
no tiene una sola idea propia
en la mente. ¿Cómo
es posible, cabe preguntarse,
que en una sociedad en la que
el conocimiento es gratuito
y abundante, puedan proliferar
este tipo de personajes? Seguro
que se pueden hacer estudios
profundos y sesudos al respecto,
pero me temo que la respuesta
no necesita más que intuición:
porque es más fácil
dejarse llevar. Y esto es tan
triste.
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