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SECTARIOS

06/06

Aunque muchos no lo recuerden, no es la primera vez que en democracia vivimos momentos de crispación política exacerbada. Cuando ganó el Partido Popular las elecciones en 1996, las huestes de Prisa hicieron lo posible por perturbar el ambiente político, en un intento descarado por desgastar a un Gobierno que, sin embargo, salió reforzado y, a la larga, mostró que se bastaba y se sobraba para desgastarse con sus nefastas elecciones. El actual Gobierno padece actividades semejantes, aunque en esta ocasión tiene a Prisa de su lado y a la entente PP-COPE-El Mundo en su contra. De momento parece que capea el temporal con relativa fortuna, y seguirá así mientras los datos económicos sean favorables, como pasó con el anterior Gobierno. Lo que vaya a ocurrir a largo plazo, aún está por ver.

En momentos de tensión surgen actitudes normalmente reprimidas, que no quiere decir que sean las actitudes naturales de la persona o el grupo. Todos tenemos impulsos que logramos reprimir con éxito, gracias a lo cual la sociedad funciona; ese es el signo de la civilización. Ahora bien, aunque sintamos el impulso de patear la cabeza de quien nos planta el sobaco rezumante de humanidad en pleno rostro en las angosturas del metro, eso no quiere decir que nuestra naturaleza sea agresiva, o que sea la agresividad lo que defina nuestro carácter. La tensión puede llegar a transformarnos y hacernos explotar en un momento dado, como podemos aplastar una botella y esparcir su contenido sin que ese sea su comportamiento habitual. Además, los humanos tenemos la fortuna de ser flexibles, y una vez desaparecida la presión volvemos a nuestro estado natural.

Por ello creo que no hay razones para preocuparse en exceso ante esta nueva fase de crispación política. Llegará un momento en el que la presión desaparecerá y volveremos a la tranquilidad habitual, eso que muchos comentaristas políticos denominan sociedad anestesiada. Pero, mientras llega ese momento, podemos observar ciertas actitudes en nuestros congéneres. Se dice que en momentos de crisis puede salir lo mejor de nosotros, pero también lo peor; creo que, ahora, estamos viendo lo peor de cada casa y de cada uno. Aparece o brilla más la figura del sectario, aquel que se comporta como un hooligan de la política, con su partido a muerte haga lo que haga, diga lo que diga y aunque deje de hacer o de decir. Como sea. Los hay más papistas que el papa, como Jiménez Losantos, tan radical en sus proclamas derechistas que llega a dañar gravemente al partido que cree apoyar. O el cineasta Almodóvar, que cumple una función semejante cuando acusa al PP de pretender un golpe de estado, dañando gravemente al PSOE en su imagen (y perjudicándose a sí mismo). Lo malo es que, como dicen las abuelas, todo se pega menos la hermosura, y el sectarismo se extiende.

No es raro hoy que los votantes, afines y militantes de un partido le exijan mayor agresividad, mayor sectarismo. Cada partido tiene su propio dóberman especialmente dotado para inflamar a la propia hinchada tanto como a la ajena (Acebes – Blanco), señalando taxativamente los errores y defectos del contrario, que empieza a verse más como enemigo. Cada partido tiene sus medios de comunicación en los cuales se hace sombra al contrario (personalmente, prefiero dejar la expresión “enemigo” para otros ámbitos) o directamente se difama, miente y manipula en su contra. Al sectario esto no le parece mal, es más, lo prefiere. Y exige que se difame, mienta y manipule más aún, nunca calma su sed. Parece que destila odio, aunque no es así, porque el odio es un sentimiento más profundo y el sectario sólo padece sentimientos superficiales. El sectario terminará por olvidar, aunque en condiciones semejantes se reproducirán los mismos patrones de comportamiento, aunque es posible que lo haga en la dirección contraria. Porque el sectario es chaquetero también, a veces. Conviene aclarar que el sectario es leal, sí, pero sólo al último que le ha favorecido. Para ciertas cosas tiene mala memoria, así que los antiguos favores se le olvidan. Tiene poca caché para los favores, así que debe vaciarla de vez en cuando para dejar sitio.

El sectario es, en definitiva, una víctima. Una criatura mecida por las circunstancias, un niño perdido necesitado de orientación que, sin embargo, suele considerarse libre e independiente; suele decir de sí mismo que es un librepensador, cuando no tiene una sola idea propia en la mente. ¿Cómo es posible, cabe preguntarse, que en una sociedad en la que el conocimiento es gratuito y abundante, puedan proliferar este tipo de personajes? Seguro que se pueden hacer estudios profundos y sesudos al respecto, pero me temo que la respuesta no necesita más que intuición: porque es más fácil dejarse llevar. Y esto es tan triste.