|
Diciembre de
2001. La crisis del “corralito”
estalla en Argentina. De pronto,
el mundo torna sus ojos hacia
una parte del mundo sobre la
que no había pensado
mucho. Mejor dicho, detiene
su mirada en una problemática
que le parece ajena, aunque
no podría serle más
propia.
Diciembre de
2003. En Argentina crece un
8% el PIB, el doble de lo que
presagiaban los presupuestos
más optimistas. La inflación
se queda en un civilizado 4%,
lo que contrasta con el 30%
que esperaban algunos. ¿Todo
bien?. ¿Se está
saliendo del túnel?.
Un día
cualquiera de diciembre de 2003
el que esto escribe cogió
un taxi en Buenos Aires. El
taxista le dijo que estaba muy
contento. Que hace dos años
era vendedor de seguros, que
ganaba poco y mal y que le habían
echado a la calle de improviso.
Que entonces compró una
licencia de taxi y que ganaba
más y mejor que antes.
Valga esta anécdota para
reseñar lo que ha pasado
en la Argentina en estos dos
últimos años.
La gente se ha puesto las pilas
y ha sido capaz de adaptarse
a la situación. Ha rebajado
sus expectativas porque ha sufrido
una importante cura de humildad.
Pero el problema de fondo no
está resuelto.
El capitalismo
económico sigue siendo
un sistema intrínsecamente
cruel y sigue manifestando su
virulencia en todos los países
en los que se aplica. La crisis
del “corralito”
afectó principalmente
a los que tenían unos
ahorrillos en el banco. Pero
los que no tenían nada
siguieron sin tener nada. Y
sin posibilidades reales de
poder tener algo que no sea
su propia dignidad. Porque se
ha vinculado el éxito
económico a unas cifras
que difícilmente reflejan
el estado de un país.
¿El PIB refleja que en
la calle Florida de Buenos Aires
hay mendigos y una sucursal
de Harrod’s?. No, porque
al sistema le da igual el matiz,
sólo quiere el balance.
Y si no reparamos en el matiz
el concepto de justicia desaparece.
En los 90 hubo
una burbuja que proporcionó
a los que estaban en ella una
cierta tranquilidad. Esa táctica
puramente capitalista se repite
hoy de la misma manera. Como
consecuencia de ello se respira
en Argentina un cierto optimismo.
Pero no es real. Es un artificio
de las jerarquías económicas
para generar eso que se llama
“confianza de los mercados”.
Y, aunque parezca mentira, el
truco funciona. Sirve para que
las grandes fortunas continúen
haciendo lucrativos negocios
y para que la clase media deje
de molestar con reivindicaciones
sociales. Eso sólo queda
para los “piqueteros”,
que no tienen muy buena prensa
entre la pequeña burguesía.
Mientras, los
campos siguen muy verdes, las
vacas muy gordas y las parcelas
muy grandes. Y en cualquier
lugar, en cualquier circunstancia,
los niños siguen llorando.
Parece como si supieran que
del país que les van
a dejar sus padres sólo
van a poder aprovechar algunos
despojos.
|